Homilía — sábado de la VI Semana de Pascua. “El Padre os quiere”
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos prepara ya para vivir con hondura la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo. Jesús va llevando a sus discípulos a una fe más madura, más confiada, más interior. Y hoy nos deja una frase que deberíamos guardar en el corazón: “El Padre os quiere”.
A veces necesitamos volver a lo esencial. Dios nos quiere. El Padre nos ama. Nuestra vida no está sostenida por el azar, ni abandonada a su suerte, ni perdida en medio de las preocupaciones. Estamos en manos de un Padre que nos conoce, nos escucha y nos atrae hacia su Hijo.
En el Evangelio, Jesús dice: “Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa”. La oración cristiana nace de esta confianza. No rezamos ante un Dios lejano, frío o indiferente. Rezamos al Padre, unidos a Jesús, sostenidos por el Espíritu. Pedir en el nombre de Jesús no significa repetir una fórmula al final de nuestras oraciones. Significa orar unidos a su corazón, con sus sentimientos, con su confianza filial, con su deseo de cumplir la voluntad del Padre.
Muchas veces comenzamos rezando desde nuestras necesidades y eso está bien, porque el Señor quiere que llevemos la vida entera a la oración. Pero, poco a poco, cuando rezamos en el nombre de Jesús, nuestros deseos se van purificando. Aprendemos a pedir mejor. Aprendemos a confiar más. Aprendemos a decir: “Padre, que se haga tu voluntad; enséñame a vivir esto contigo”.
Y entonces nace la alegría completa. No una alegría superficial, dependiente de que todo salga como queremos, sino la alegría honda de sabernos amados, escuchados y acompañados por Dios.
La primera lectura nos presenta a Apolo, un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, lleno de entusiasmo para hablar de Jesús. Apolo tenía dones, pasión y deseo de anunciar. Pero todavía necesitaba crecer. Entonces Priscila y Aquila lo toman consigo y le explican con más exactitud el camino de Dios.
Qué enseñanza tan hermosa. Nadie está terminado en la fe. Nadie lo sabe todo. Todos necesitamos seguir aprendiendo, dejarnos acompañar, permitir que otros nos ayuden a conocer mejor a Cristo. La humildad es indispensable para que la fe crezca. Apolo no pierde su entusiasmo por dejarse formar; al contrario, su misión se vuelve más fecunda. Después, con la fuerza de la Escritura, demuestra que Jesús es el Mesías.
También nuestra comunidad necesita esta actitud: reconocer los dones, acompañarlos, purificarlos, ponerlos al servicio del Evangelio. La Iglesia crece cuando unos ayudan a otros a caminar mejor hacia Dios, cuando corregimos con delicadeza, cuando enseñamos con paciencia, cuando acogemos sin apagar el ardor de nadie.
El salmo nos invita a la alabanza: “Todos los pueblos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo”. La fe, cuando se vive de verdad, se convierte en alabanza. Quien descubre que el Padre lo quiere, que Cristo lo salva y que el Espíritu lo guía, no puede vivir encerrado en la tristeza. Puede tener problemas, lágrimas y cansancios, pero en el fondo del corazón nace una música nueva: la certeza de que Dios reina y nos ama.
Queridos hermanos, hoy pidamos tres gracias sencillas: confianza para rezar al Padre, humildad para dejarnos formar y alegría para anunciar a Cristo.
Que esta Eucaristía nos haga sentir profundamente amados por el Padre. Que aprendamos a pedir en el nombre de Jesús. Y que, como Apolo, sepamos poner nuestros dones al servicio del Evangelio, para que otros descubran que Jesús es el Mesías, el Salvador, el camino que nos lleva al corazón de Dios.
Amén.
