XV Domingo del Tiempo Ordinario.

Queridos hermanos:

La imagen que hoy nos ofrece el Evangelio es sencilla y luminosa: «Salió el sembrador a sembrar.» Jesús no comienza hablando de una cosecha inmediata, ni de una tierra perfecta, ni de un campo cuidadosamente preparado. Habla de un sembrador que sale y esparce la semilla con una generosidad sorprendente.

Esta parábola responde a una pregunta que también nosotros podemos hacernos: ¿por qué la Palabra de Dios no produce siempre el mismo fruto? ¿Por qué algunas personas la acogen con alegría y otras parecen permanecer cerradas? ¿Por qué incluso en nosotros hay días en que el Evangelio toca el corazón y otros en que pasa casi sin dejar huella?

Jesús mira la realidad con profundidad. Sabe que no todos los corazones están en el mismo momento. Hay tierra endurecida, tierra sin profundidad, tierra ocupada por zarzas y tierra buena. Y, aun así, el sembrador siembra. Esta es una de las enseñanzas más hermosas del Evangelio de hoy: Dios no se cansa de sembrar. Su Palabra llega a lugares fáciles y a lugares difíciles, a corazones disponibles y a corazones distraídos, a vidas ordenadas y a vidas llenas de piedras. Dios sigue ofreciendo su gracia.

El profeta Isaías nos ayuda a comprender la fuerza de esa Palabra: como la lluvia empapa la tierra y la hace germinar, así la Palabra que sale de la boca de Dios no vuelve vacía. A veces actúa despacio, como el agua que va penetrando la tierra. A veces parece escondida, como la semilla bajo el surco. A veces tarda en mostrar fruto, pero lleva dentro una fuerza que no depende de nuestra impaciencia.

Esto es muy importante para nuestra vida cristiana y para nuestra vida parroquial. Estamos llamados a sembrar. Padres que educan a sus hijos en la fe, catequistas que acompañan, abuelos que rezan por la familia, cristianos que ofrecen una palabra de esperanza, personas que sirven en silencio, vecinos que hacen el bien sin ruido. Todo eso es semilla del Reino.

Y conviene recordar algo esencial: la semilla no es nuestra. El Evangelio que anunciamos, la esperanza que compartimos, la caridad que intentamos vivir, todo procede de Dios. Nosotros sembramos; Dios hace crecer. Esta certeza nos libra de dos tentaciones: la ansiedad por ver resultados inmediatos y el desánimo cuando el fruto tarda. La misión del sembrador es salir, confiar y sembrar con generosidad.

San Pablo nos dice que la creación entera gime esperando la manifestación de los hijos de Dios. También el mundo de hoy espera signos de vida nueva. Espera cristianos que no vivan encerrados en la queja, sino dispuestos a sembrar bien. Espera familias que transmitan fe, comunidades que acojan, parroquias que anuncien, creyentes que sepan poner esperanza donde otros solo ven cansancio.

Pero la parábola también nos invita a mirar nuestra propia tierra. ¿Qué está pasando en mi corazón? ¿Qué durezas impiden que la Palabra entre? ¿Qué superficialidades hacen que mi fe tenga poca raíz? ¿Qué preocupaciones ahogan lo que Dios intenta hacer crecer? El Evangelio no nos acusa; nos llama a trabajar la tierra. La tierra buena no aparece por casualidad. Se prepara con escucha, oración, conversión y fidelidad diaria.

En esta Eucaristía, el Señor vuelve a sembrar. Siembra su Palabra en nosotros y nos entrega el Pan de vida para que podamos dar fruto. Pidámosle un corazón más profundo, menos ocupado por zarzas, más disponible a su gracia. Y pidámosle también una parroquia sembradora: generosa, paciente y confiada.

Que la semilla del Reino caiga hoy en nuestra vida y dé fruto: en nuestras familias, en nuestro pueblo, en nuestra comunidad y en todos aquellos lugares donde Dios nos envía a sembrar.

Amén.