Homilía — sábado de la V Semana de Pascua
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este sábado de Pascua nos presenta una Iglesia en camino, guiada por el Espíritu, atenta a las llamadas de Dios y dispuesta a llevar el Evangelio allí donde alguien necesita ayuda, luz y esperanza.
En la primera lectura, Pablo recorre diversas ciudades anunciando a Cristo. Las comunidades se fortalecen en la fe y crecen día a día. Pero lo más hermoso es ver cómo el Espíritu Santo va guiando sus pasos. Pablo tiene planes, deseos, proyectos; quiere predicar en unos lugares, intenta ir a otros, pero el Espíritu le va cerrando unos caminos y abriendo otros. Hasta que, en una visión, escucha esta súplica: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”.
Esta frase es una llamada preciosa para la Iglesia de todos los tiempos. También hoy hay muchas “Macedonias” que nos dicen: ven y ayúdanos.
La misión cristiana comienza cuando somos capaces de escuchar esas llamadas. A veces Dios nos habla en la oración, en la Palabra, en los acontecimientos, en una necesidad concreta, en el rostro de alguien que sufre. Y nos invita a salir de nosotros mismos, a no quedarnos encerrados en nuestras comodidades, a caminar donde el Evangelio puede ser luz.
El salmo nos invita a servir al Señor con alegría: “Aclama al Señor, tierra entera; servid al Señor con alegría”. La misión nace de la alegría de sabernos amados. Anunciamos porque hemos recibido. Servimos porque primero hemos sido sostenidos por la misericordia. Vamos hacia los demás porque Cristo ha venido primero hacia nosotros.
En el Evangelio, Jesús nos habla con gran realismo: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros”. Ser discípulo de Jesús, vivir el Evangelio puede traer incomprensión. Elegir la verdad, la misericordia, la fidelidad, la justicia y el perdón puede hacernos ir contra corriente. Jesús no engaña a sus discípulos: seguirle supone pertenecer a Él, vivir con sus criterios, amar con su amor.
Y añade: “No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo”. Esta elección no nos aparta de la humanidad; nos envía a ella con un corazón nuevo. El cristiano vive en el mundo, trabaja, ama, sufre, lucha y comparte la vida de todos; pero está llamado a no dejarse dominar por los criterios que apagan el Evangelio: el egoísmo, la apariencia, la indiferencia, la violencia, la mentira, el desprecio al débil.
Jesús nos ha escogido para llevar su luz. Nos ha llamado para que nuestra vida sea distinta, sencilla, humilde y transparente. Una vida que, incluso en medio de la dificultad, hable de Dios.
Pidamos en esta Eucaristía un corazón misionero. Un corazón fuerte en la fe, alegre en el servicio y dócil al Espíritu Santo. Que sepamos escuchar también nosotros ese clamor: “ven y ayúdanos”, y responder con generosidad, llevando a Cristo donde haya oscuridad, cansancio o necesidad.
Que el Señor fortalezca nuestras comunidades, como fortalecía aquellas primeras Iglesias. Y que nuestra vida, elegida por Cristo, sea testimonio humilde de su amor en medio del mundo.
Amén.
