VAMOS A MATARLO

Viernes de la 2ª Semana de Cuaresma.

La Palabra de hoy tiene un tono dramático. Se repite una misma escena en dos momentos distintos de la historia de la salvación.

En el libro del Génesis, los hermanos de José lo ven acercarse y dicen: «Ahí viene el soñador; vamos a matarlo.»

En el Evangelio, los labradores dicen al ver llegar al hijo del dueño: «Este es el heredero; venid, lo matamos.»

La historia se repite. Cuando Dios envía a alguien con una promesa, con una palabra, con un sueño que desinstala, el corazón humano puede reaccionar con violencia interior.

José era el hijo preferido. Soñaba. Hablaba de futuro. Sus hermanos, en lugar de acoger la promesa, se dejaron dominar por la envidia. El problema no era el sueño; era el corazón incapaz de soportarlo.

La envidia nace cuando el bien del otro me duele. Cuando la gracia del otro la percibo como amenaza. Cuando el don del hermano me incomoda.

Y la envidia, si no se purifica, termina justificando lo injustificable. Los hermanos de José comienzan con palabras duras y terminan vendiéndolo. El pecado casi nunca empieza siendo extremo; empieza con un sentimiento no vigilado.

Sin embargo, el salmo introduce una perspectiva distinta: «Recordad las maravillas que hizo el Señor.»

La historia de José no termina en el pozo. Dios transforma la traición en camino de salvación. El mal no tiene la última palabra cuando Dios está presente.

El Evangelio eleva el drama. Jesús cuenta la parábola de los viñadores homicidas. El dueño envía siervos. Los maltratan. Envía a su hijo. Lo matan.

Aquí ya no estamos ante una historia fraterna, sino ante el misterio del rechazo a Cristo.

Dios envía. El hombre rechaza. Dios confía. El hombre se apropia. Dios entrega. El hombre elimina.

La parábola desenmascara una actitud profunda: querer la viña sin el dueño. Querer los dones sin reconocer al que los concede. Querer la herencia sin aceptar al heredero.

Eso también ocurre en nuestra vida espiritual.

Podemos querer los beneficios de la fe: consuelo, seguridad, identidad religiosa. Pero cuando la Palabra nos corrige, nos exige, nos llama a cambiar, aparece resistencia.

El rechazo al Hijo no siempre es explícito. A veces es más sutil. Es cuando seleccionamos el Evangelio según nos conviene. Es cuando escuchamos, pero no obedecemos. Es cuando Dios deja de ser Señor y se convierte en referencia cultural.

Jesús concluye con una frase decisiva:

«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.»

Lo rechazado por el hombre se convierte en fundamento por designio de Dios. La cruz, signo de fracaso aparente, se transforma en salvación.

La Cuaresma nos invita a revisar qué hacemos con el “soñador” cuando se acerca a nosotros.

— ¿Rechazo lo que me incomoda?
— ¿Siento envidia ante el bien del otro?
— ¿Resisto la corrección del Evangelio?
— ¿Intento administrar mi vida como si fuera exclusivamente mía?

El pecado de los hermanos de José fue dejar que la envidia dominara el corazón.
El pecado de los viñadores fue apropiarse de lo que no les pertenecía.

El pecado comienza cuando olvidamos que la vida es don.

Hoy el Señor nos llama a una conversión profunda: purificar la mirada. Alegrarnos del bien ajeno. Reconocer que todo es gracia. Aceptar que Cristo no viene a quitarnos la viña, sino a enseñarnos a vivirla según el corazón del Padre.

José fue vendido, pero terminó salvando a sus hermanos. Jesús fue rechazado, pero su entrega se convirtió en redención.

Dios sigue escribiendo salvación incluso a través de nuestras resistencias.

Que esta Cuaresma nos ayude a no rechazar al Hijo cuando se acerca a nuestra historia. Que no apaguemos los sueños de Dios por miedo o envidia. Que no queramos la viña sin el dueño. Solo quien acoge al Hijo entra en la herencia verdadera.