LECTIO DIVINA. IV Domingo de Cuaresma. “Señor, abre mis ojos”
1. LECTIO – ¿Qué dice la Palabra?
Las lecturas nos hablan de la mirada y de la luz.
En la primera lectura (1 Sam 16), Dios corrige a Samuel:
«El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón».
La elección de David revela que los criterios de Dios no coinciden con los nuestros.
El Salmo 22 nos da confianza:
«El Señor es mi pastor… Tu bondad y tu misericordia me acompañan».
La luz de Dios no humilla, guía.
San Pablo (Ef 5, 8-14) nos recuerda nuestra identidad:
«Antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz».
El fruto de la luz es bondad, justicia y verdad.
En el Evangelio (Jn 9), Jesús cura al ciego de nacimiento.
El hombre «fue, se lavó y volvió con vista».
Mientras él progresa en la fe, los que creen ver se van cerrando.
La luz revela el corazón.
2. MEDITATIO – ¿Qué me dice a mí?
¿Dónde estoy yo en este Evangelio?
¿En el ciego que reconoce su necesidad?
¿O en quienes creen verlo todo claro?
A veces nuestra ceguera no es física, sino interior:
- juzgar por apariencias,
- aferrarnos a prejuicios,
- defender nuestras seguridades,
- resistirnos a revisar nuestros esquemas.
El ciego no discute. Confía. Obedece. Se deja conducir.
Los fariseos, en cambio, discuten todo, menos su propia mirada.
¿Me dejo iluminar por Cristo?
¿Permito que su Palabra revise mis juicios?
¿Acepto que quizá no veo tan bien como creo?
Caminar como hijo de la luz implica coherencia concreta:
bondad en el trato,
justicia en las decisiones,
verdad en el corazón.
3. ORATIO – ¿Qué le digo al Señor?
Señor Jesús,
tú que eres la luz del mundo,
abre mis ojos.
Líbrame de la ceguera del orgullo.
Purifica mi manera de mirar.
Enséñame a ver como tú ves.
Que no me quede en las apariencias.
Que no juzgue sin comprender.
Que no me cierre a tu verdad.
Hazme hijo de la luz.
4. CONTEMPLATIO – ¿Qué me hace gustar y vivir?
Permanezco en silencio ante Cristo.
Imagino que Él se acerca, toca mis ojos,
me envía a “lavarme”,
y regreso viendo con una mirada nueva.
Contemplo su luz suave, que no hiere,
que no humilla,
que simplemente revela y salva.
Dejo que su mirada penetre mi corazón.
5. ACTIO – ¿A qué me compromete?
Hoy puedo:
- Evitar un juicio precipitado sobre alguien.
- Escuchar antes de opinar.
- Reconocer una limitación propia.
- Hacer un gesto concreto de bondad.
Caminar como hijo de la luz no es una teoría; es una decisión diaria.
Oración final
Señor,
si hay en mí zonas oscuras, ilumínalas.
Si hay cegueras que no reconozco, sáname.
Que tu luz me transforme
y haga de mi vida un reflejo de tu bondad. Amén.
