Homilía – 26 de diciembre. Fiesta de San Esteban, protomártir
Apenas hemos contemplado el rostro tierno del Niño de Belén, cuando la liturgia nos sitúa hoy ante una escena dura, desconcertante y profundamente reveladora: el martirio de san Esteban, el primer testigo que derramó su sangre por Cristo. La Iglesia, sabia madre, no se ha equivocado en esta aparente contradicción. Coloca junto a la dulzura de la cuna la seriedad de la cruz; junto a los villancicos, el testimonio hasta el extremo; junto a la ternura del Niño, la fidelidad del discípulo. Porque la Navidad no es un cuento dulce: es la irrupción real de Dios en la historia, y quien lo acoge de verdad no sale indemne. La Encarnación abre camino a la Pasión; el amor verdadero nunca es inocuo, siempre cuesta algo.
San Esteban aparece ante nosotros como el fruto inmediato de la Navidad. Mientras Isaías anunciaba al Emmanuel y los pastores adoraban al Niño, Esteban proclama que ese Niño es el Señor glorioso, sentado a la derecha del Padre. Él ha comprendido lo esencial: si Dios se ha hecho hombre por nosotros, nosotros no podemos vivir a medias por Él. Si Dios se ha entregado sin reservas, la única respuesta coherente es una vida entregada. La primera lectura lo muestra lleno del Espíritu Santo, con la mirada elevada hacia Dios, viendo “los cielos abiertos” mientras el mundo lo apedrea. Esteban no responde con violencia, sino con perdón; no clama venganza, sino misericordia; no maldice, sino bendice. Así se reconoce un corazón tocado por la Navidad: porque quien ha contemplado la mansedumbre del Niño no puede vivir en dureza; quien ha mirado el amor desarmado de Dios no puede responder al mal con más mal.
Jesús en el Evangelio nos lo había anunciado con absoluta claridad: “Os entregarán… seréis odiados… pero el que persevere hasta el final se salvará.” El seguimiento de Cristo no garantiza éxitos ni protecciones humanas; garantiza algo mayor: la fidelidad de Dios. San Esteban no muere derrotado, muere victorioso. Lo expulsan de la ciudad, pero entra en el cielo. Lo silencian los hombres, pero lo recibe la Palabra eterna. Lo lapidan los violentos, pero lo sostiene la mirada del Señor que se pone en pie para acogerlo. La Iglesia contempla hoy esta escena con profunda emoción: Esteban se parece a su Señor. Muere como Él, perdonando como Él, confiando como Él. Navidad ya empieza a mostrar su rostro pascual.
Esta fiesta es, por tanto, una llamada a revisar nuestra fe. ¿Qué Navidad estamos celebrando? San Esteban nos recuerda que creer no es decorar el corazón, es configurarlo con Cristo; es amar hasta el final; no es quedar bien con todos, es permanecer firmes incluso cuando seguir a Cristo incomoda, cuestiona o cuesta. Hoy la persecución, además de tener forma de lapidación y crueldad sangrienta; existen otras: el desprecio, la burla, la indiferencia, la presión cultural, la tibieza interior, el miedo a dar testimonio. El mundo sigue necesitando cristianos como Esteban: personas llenas de Espíritu Santo, capaces de mirar más arriba que los cálculos humanos, dispuestas a perdonar cuando sería más fácil endurecerse, capaces de amar cuando sería más fácil retirarse.
Y en medio de esta escena hay un detalle estremecedor que llena de esperanza: mientras Esteban muere, a sus pies está Saulo… el que después será Pablo. Cuando Esteban cae, Dios siembra. Cuando los hombres intentan apagar la fe, Dios la expande. La sangre del mártir riega el futuro de la Iglesia. Cuántas veces también nuestra vida cristiana —fidelidades silenciosas, sufrimientos ofrecidos, gestos de amor perseverante— estarán sosteniendo fe futura que quizá nunca veremos. Nada de lo vivido por amor a Cristo se pierde. Todo queda en Dios.
Celebrar a san Esteban el día después de Navidad es aceptar una verdad hermosa y exigente: el Niño que adoramos en el pesebre es el mismo Señor al que seguiremos en la cruz, el mismo que nos conducirá a la gloria. La Navidad sin entrega se vuelve superficial; la entrega sin Navidad sería imposible. Solo quien sabe que Dios está con él puede vivir y morir como Esteban.
Pidamos hoy esa gracia: no una fe cómoda, sino una fe fiel; no una alegría frágil, sino una alegría arraigada en Cristo; no una Navidad sentimental, sino una Navidad que transforme la vida. Que el Espíritu Santo que llenó a Esteban nos llene también a nosotros. Que aprendamos a mirar al cielo mientras caminamos en la tierra. Que sepamos perdonar, amar, permanecer.
Y que un día, cuando también para nosotros se cierre la historia, podamos escuchar, como Esteban, la acogida del Señor que no abandona nunca a los suyos.
Amén.
