UN MODO DISTINTO

HOMILÍA – 18 DE DICIEMBRE (Adviento, ciclo A)

En estos días finales del Adviento, la liturgia nos introduce en el corazón mismo de la promesa. Ya no hablamos en abstracto del Mesías que ha de venir, sino que la Palabra comienza a mostrar cómo viene Dios, por dónde entra en la historia y qué tipo de salvación inaugura. Y lo hace, sorprendentemente, no desde el poder ni desde la evidencia, sino desde la fragilidad de una genealogía y la obediencia silenciosa de un justo.

La primera lectura nos presenta la promesa hecha a David: de su linaje brotará un rey cuyo reino no se apoyará en la fuerza ni en la violencia, sino en la justicia y la rectitud. No se trata solo de un anuncio político o histórico, sino de una afirmación teológica decisiva: Dios es fiel a su palabra, incluso cuando la historia parece haberla desmentido. Tras siglos de infidelidad, exilio y ruina, el Señor no retira su promesa. La renueva. La purifica. La lleva a cumplimiento de un modo inesperado.

El Evangelio de ayer nos mostraba, precisamente ese cumplimiento sorprendente. La genealogía de Jesús es en realidad una confesión de fe. En ella aparecen luces y sombras, grandezas y fracasos, fidelidades y pecados. Dios no elige una historia ideal; elige la historia real. Y al hacerlo, nos revela algo esencial: la salvación no consiste en borrar el pasado, sino en asumirlo y redimirlo desde dentro.

En el centro de esta historia se encuentra José, figura discreta y decisiva. José no pronuncia una sola palabra en el Evangelio, pero su obediencia habla con fuerza. Cuando descubre que María espera un hijo que no es suyo, se encuentra ante una situación humanamente incomprensible. Todo parece desmoronarse: sus planes, su honor, su futuro. Y, sin embargo, José no actúa desde el orgullo herido ni desde la rigidez de la ley, sino desde una justicia más profunda, capaz de abrirse a la novedad de Dios.

El ángel le revela entonces el núcleo del misterio: “Lo engendrado en ella viene del Espíritu Santo”. No se trata solo de aceptar un hecho extraordinario, sino de acoger un modo nuevo de actuar de Dios, que desborda la lógica humana. José cree, no porque entienda, sino porque confía. Y al hacerlo, se convierte en custodio del misterio, en servidor silencioso del plan de salvación.

El nombre que se da al niño lo dice todo: Jesús, “Dios salva”. No un salvador abstracto, no una idea religiosa, sino un Dios que entra en la carne, en la historia, en lo concreto. Y junto a ese nombre, otro título fundamental: Emmanuel, “Dios con nosotros”. No un Dios lejano que observa, sino un Dios que acompaña, que permanece, que no se desentiende de la fragilidad humana.

En este 18 de diciembre, cuando el Adviento se vuelve casi Navidad, la Palabra nos invita a una conversión muy concreta: aprender a reconocer a Dios cuando actúa de un modo distinto al esperado. Muchas veces aguardamos soluciones claras, intervenciones visibles, respuestas inmediatas. Pero Dios suele venir de otro modo: en lo discreto, en lo silencioso, en lo que exige confianza más que comprensión.

José nos enseña que la fe madura no consiste en tenerlo todo claro, sino en obedecer incluso cuando el camino se oscurece, confiando en que Dios es fiel a sus promesas. Y esa fidelidad no defrauda. Porque cuando Dios promete, cumple; y cuando cumple, lo hace de un modo que salva de verdad, aunque desarme nuestras seguridades.

A pocos días de la Navidad, esta Palabra nos invita a abrir espacio al Emmanuel, a dejarnos sorprender por un Dios que viene para transformarlo todo. Y a responder, como José, con una fe silenciosa, obediente y fecunda.