Homilía para las Témporas de Acción de Gracias y Petición
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia nos invita a celebrar una jornada profundamente humana y hondamente espiritual: las Témporas de Acción de Gracias y Petición. Es un día para detener el paso, mirar atrás con gratitud, mirar dentro con humildad y mirar adelante con esperanza. En esta celebración se unen tres movimientos del alma creyente: agradecer, pedir y reconciliarse. Tres gestos que definen la verdadera fe, porque solo quien sabe agradecer aprende a pedir, y solo quien se deja perdonar puede vivir en paz.
El Deuteronomio nos lanza una advertencia que atraviesa los siglos: “Guárdate de olvidarte del Señor tu Dios… No sea que digas: mi fuerza y el poder de mi mano me han producido esta riqueza.”
Estas palabras son un espejo de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de logros humanos, tecnología, progreso y poder, pero corremos el riesgo de creer que todo es fruto de nuestro esfuerzo. Cuando el hombre olvida que todo lo ha recibido, se convierte en esclavo de sí mismo.
Dios no nos quita la libertad —nos la regaló para siempre—, pero somos nosotros quienes, al usarla mal, construimos nuestras propias ruinas. “Dios nunca nos ha quitado la libertad de elección —decía un sabio—, somos nosotros los que creamos nuestra historia, los que nos precipitamos en la fosa.”
La gratitud es, pues, un acto de verdad. Reconocer que todo viene de Dios no disminuye nuestra dignidad, la eleva. Nos recuerda que la vida no es conquista, sino don.
Recordemos aquellas palabras de un campesino al recoger su cosecha: “Padre, esto no lo ha hecho solo mi trabajo; esto es de Dios.” En esa sencilla confesión está la sabiduría del Evangelio. Porque solo quien reconoce la mano de Dios en lo pequeño puede recibirlo todo como gracia.
Y cuando el corazón se llena de gratitud, desaparecen la soberbia y la queja. El agradecido no posee: comparte; no se lamenta: confía.
El Evangelio nos enseña hoy el arte de la oración: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.”
Jesús no nos invita a pedir como quien exige, sino como quien confía. Pedir es abrir el corazón, es reconocer que necesitamos que dependemos.
Y al mismo tiempo, pedir no es querer que Dios resuelva mágicamente nuestros problemas, sino que transforme nuestro corazón para afrontarlos con fe.
Por eso, la verdadera oración no se mide por las respuestas visibles, sino por la confianza interior que despierta un deseo de crecer espiritualmente.
El sufrimiento no es un castigo, sino una escuela. Dios no nos libra siempre de la cruz, pero nunca nos deja solos bajo ella. En la oscuridad, su silencio también educa, fortalece, purifica.
Cuando una persona, o una nación, pierde su raíz espiritual, puede tener prosperidad, pero está vacía. “Un árbol no se sostiene con las raíces podridas.” La súplica confiada —personal y comunitaria— es la savia que mantiene viva la fe de un pueblo.
San Pablo nos recuerda hoy el centro de toda esperanza: “Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo.”
Hermanos, la acción de gracias más grande que podemos ofrecer es aceptar la reconciliación que Dios nos brinda. No podemos dar gracias con un corazón endurecido ni pedir con un alma cerrada. La gratitud y el perdón caminan siempre juntos.
Vivimos en una cultura que presume de libertad, pero muchas veces está presa de su egoísmo. Se han levantado ideologías que prometieron redención sin Dios, y terminaron vaciando el alma humana. Frente a esos discursos, los cristianos no respondemos con otra ideología, sino con la experiencia de un encuentro: el encuentro con Dios hecho carne.
Nuestra fe no es una teoría, ni una moral, ni un sistema de ideas: es una relación viva, transformadora, personal. En Cristo hemos sido hechos criaturas nuevas. En Él, la historia —también la herida— puede recomenzar.
Y cuando comprendemos esto, la gratitud se vuelve adoración, y la súplica, esperanza.
En unos momentos presentaremos el pan y el vino. Son signos pobres, pero cargados de sentido: representan el trabajo de nuestras manos y el fruto de la tierra, la alegría y el dolor, la vida y el tiempo.
Hoy traemos al altar nuestras cosechas, nuestras familias, nuestras luchas y nuestros sueños. Pero también nuestros pecados, nuestras sombras, nuestras divisiones. Todo lo que somos debe convertirse en ofrenda.
Dar gracias no es un sentimiento vago, sino un compromiso concreto. Quien agradece de verdad se convierte en servidor. Si Dios nos ha bendecido con bienes, los compartimos; si nos ha dado fe, la testimoniamos; si nos ha perdonado, perdonamos.
La Eucaristía —que significa literalmente acción de gracias— nos enseña que solo quien se da, agradece de verdad.
Conclusión orante
Queridos hermanos, las Témporas nos devuelven al corazón del Evangelio:
recordar con gratitud, pedir con confianza, vivir reconciliados. Que esta celebración sea un canto humilde y sincero al Dios que nos ha creado, sostenido y salvado.
Señor, Dios de la vida y del tiempo,
fuente de todo bien y esperanza de todo corazón,
te damos gracias por los dones visibles e invisibles
con que colmas nuestras vidas.
Gracias por el trabajo de nuestras manos,
por la tierra fecunda, por el amor que nos sostiene,
por la fe que nos une, por las pruebas que nos purifican.
Perdona, Señor, nuestras ingratitudes,
nuestro olvido, nuestro orgullo.
Devuélvenos la mirada humilde del hijo que confía,
del servidor que ama, del creyente que espera.
Haznos hombres y mujeres de corazón agradecido,
de oración perseverante,
de vida reconciliada y fecunda.
Y a ti, María, Madre agradecida y confiada,
te consagramos nuestra súplica y nuestro canto:
enséñanos a guardar todo en el corazón
y a decir, cada día, “Proclama mi alma la grandeza del Señor”
