31 de diciembre – 7º día de la Octava de Navidad
Llegamos al final del año con la Palabra de Dios como compañía, como espejo y como sostén. No es solo un día de balances humanos, de recuerdos mezclados con nostalgia o gratitud. Es un día para escuchar una invitación muy clara que hoy nos hace la Iglesia: permanecer en Cristo. En eso se juega verdaderamente nuestra paz, nuestra identidad y nuestro futuro.
San Juan, en la primera lectura, nos advierte contra todo lo que intenta sustituir a Cristo, desplazarlo del centro, reducir su presencia a algo secundario o meramente emocional. Podríamos decirlo así: el gran peligro no es solo equivocarnos fuera, sino vaciarnos por dentro. Cuando el corazón se queda sin referencia firme, sin raíz y sin centro, fácilmente se dispersa, se enfría, se pierde. Por eso san Juan recuerda algo decisivo: “La unción que habéis recibido permanece en vosotros.” Es decir, Dios no se ha retirado de nuestra vida. El Espíritu nos ha sido dado. No caminamos solos. No estamos espiritualmente huérfanos.
Por eso el Evangelio de hoy vuelve al corazón de la Navidad: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.” No fue una visita fugaz. No fue un gesto bonito de Dios que después se desentendió. Cristo permanece. Su presencia nos acompaña, nos sostiene, nos sigue ofreciendo gracia sobre gracia. Esa es nuestra verdadera seguridad al cerrar un año: Dios sigue estando. Dios no abandona su obra. Dios continúa escribiendo historia de salvación en la nuestra.
Y el salmo se convierte entonces en nuestra respuesta: “Cantad al Señor, bendecid su nombre… entremos en su presencia dándole gracias.” Terminar el año agradeciendo no es ingenuidad ni optimismo barato. Es fe. Agradecemos porque reconocemos que, aun en lo que no entendimos, en lo que dolió, en lo que nos superó, Dios estuvo. Agradecemos porque también hubo luz, personas, gestos, caminos, consuelos, oportunidades, perdones, comienzos nuevos. Agradecemos porque no dependemos solo de nuestras fuerzas: dependemos de una fidelidad que no falla.
Quizá este último día del año podríamos hacer una pregunta sencilla y profunda a la vez: — ¿He permanecido en Cristo o he vivido disperso, centrado en otras cosas, apoyándome más en mis cálculos que en su gracia?
— ¿Quiero permanecer más en Él en el nuevo año que empieza?
Permanecer no significa quietud pasiva. Permanecer significa confianza, fidelidad, perseverancia. Significa volver al Evangelio como casa. Significa apoyarnos en su Palabra, alimentarnos de la Eucaristía, cuidar la comunión, vivir más desde Él y menos desde nuestros miedos o autosuficiencias.
Hoy, al cerrar el año, no presentamos a Dios un listado perfecto; le presentamos nuestra verdad: lo vivido, lo amado, lo que nos dolió, lo que nos sostuvo, lo que aún esperamos. Y dejamos que sobre todo resuene esta certeza luminosa de Juan:
“La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”
Que María, que supo permanecer fiel al pie de todas las etapas de la vida, nos acompañe. Que nos enseñe a confiar, a guardar, a esperar. Y que este final de año no sea solo cierre, sino entrega; no sea solo recuerdo, sino decisión; no sea solo mirada atrás, sino renovación del corazón.
Que el año termine en gratitud
y el nuevo comience en confianza.
Que no vivamos apoyados en lo incierto,
sino arraigados en Cristo,
porque quien permanece en Él no se pierde,
se encuentra.
Que el Señor nos conceda esta gracia.
Amén.
