¿SOY YO?

MIÉRCOLES SANTO

En este Miércoles Santo la liturgia nos sitúa ya en el umbral inmediato de la Pasión. Todo se vuelve más tenso, más oscuro, más decisivo. El Evangelio nos presenta uno de los momentos más dolorosos del camino de Jesús: Judas va a los sumos sacerdotes y pregunta: “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”. Y ellos se ajustan con él en treinta monedas de plata. Es una escena breve, pero estremecedora, porque muestra hasta qué punto el corazón humano puede enfriarse: llegar a poner precio a una persona, y no a cualquier persona, sino al Maestro, al Amigo, al Hijo de Dios.

Hay en esta página del Evangelio una tristeza muy profunda. Judas no entrega sólo a Jesús; entrega también algo de sí mismo. Cada traición no rompe únicamente una relación con el otro, sino que hiere por dentro al que traiciona. Y eso hace de este día una llamada muy seria a la verdad del corazón. Porque sería fácil escuchar este Evangelio pensando sólo en Judas como un personaje lejano, oscuro, irrepetible. Pero la liturgia no nos pone esta palabra para que señalemos a otro con el dedo, sino para que entremos dentro de nosotros mismos y nos preguntemos qué cosas pueden ir enfriando nuestra fidelidad al Señor.

A veces nadie traiciona a Cristo de un día para otro. Antes de la caída visible suele haber un largo desgaste interior: una fe vivida con rutina, una oración abandonada, un corazón que se acostumbra a negociar con la verdad, pequeños egoísmos consentidos, heridas no curadas, intereses que van ocupando el lugar del amor. Judas no aparece aquí como un extraño; aparece como uno de los Doce, uno de los cercanos, uno de los que habían caminado con Jesús. Y eso hace todavía más seria la advertencia. También se puede estar cerca del Señor por fuera y lejos de Él por dentro.

La primera lectura del profeta Isaías ilumina este drama desde otro ángulo. El Siervo de Dios dice: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”. Es una palabra impresionante, porque nos muestra que Jesús entra libremente en el sufrimiento. No lo sorprende el rechazo. No se echa atrás cuando descubre la dureza del corazón humano. No responde con violencia ni con resentimiento. Permanece. Soporta. Se entrega. Y lo hace sostenido por una confianza invencible: “El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes”. Mientras Judas se encierra en la lógica del dinero y de la traición, Jesús permanece en la lógica de la obediencia y de la fidelidad.

Ésa es una de las claves más hermosas de este día. Frente a la infidelidad del discípulo, brilla todavía más la fidelidad del Señor. Frente a la oscuridad del corazón humano, resplandece la constancia del amor de Cristo. Jesús sabe lo que está ocurriendo. Sabe lo que se está tramando. Sabe quién lo va a entregar. Y, sin embargo, no deja de amar. En la cena pascual, cuando anuncia: “Uno de vosotros me va a entregar”, no convierte la mesa en un tribunal. No humilla a Judas delante de todos. No responde con odio. Su palabra está herida de tristeza, pero no vacía de amor. Incluso en ese momento, Jesús sigue hablando como quien quiere tocar todavía la conciencia del amigo que se pierde.

Y ahí el Evangelio se vuelve especialmente delicado. Los discípulos comienzan a preguntar uno tras otro: “¿Soy yo acaso, Señor?”. Ésa sí es una buena pregunta para este Miércoles Santo. No una pregunta de desconfianza enfermiza, sino de humildad. No la pregunta del que se hunde en la culpa, sino la del que sabe que el mal no siempre está sólo fuera, en otros, en el mundo, en los enemigos declarados de Dios. También puede abrirse paso dentro de nosotros, en formas pequeñas o grandes de infidelidad. “¿Soy yo acaso, Señor?” significa: Señor, muéstrame la verdad de mi corazón; hazme ver dónde me aparto de ti; dónde te cambio por otras cosas; dónde negocio con tu Evangelio; dónde mi fe se vuelve apariencia y no entrega real.

El salmo responsorial pone voz al corazón herido de Cristo: “En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre”. Es el justo perseguido, el inocente humillado, el hombre rodeado por la incomprensión y la hostilidad. Pero incluso ahí no desaparece la confianza. El sufrimiento no tiene la última palabra. La Pasión no es el triunfo del mal, sino el lugar donde el amor de Dios se manifiesta más radicalmente. Jesús va a la cruz no porque el Padre lo abandone, sino porque quiere entrar hasta el fondo en la noche humana para abrir desde dentro un camino de salvación.

Por eso el Miércoles Santo no es sólo el día de la traición de Judas. Es también el día de la paciencia de Cristo. El día en que contemplamos hasta qué punto el Señor soporta nuestra pobreza sin retirar su amor. Y esto es una gran esperanza para nosotros. Porque, si somos sinceros, todos tenemos algo que purificar en nuestra relación con Él. Todos tenemos incoherencias, tibiezas, miedos, medias entregas. Todos tenemos zonas donde aún no dejamos reinar del todo al Señor. Pero precisamente por eso estamos entrando en la Pascua: no para exhibir méritos, sino para dejarnos salvar.

Este día nos invita a llegar al Triduo Santo con un corazón más verdadero. Sin máscaras. Sin autosuficiencia. Sin compararnos con nadie. Sólo poniéndonos delante del Señor y dejándonos mirar por Él. No para quedar aplastados por la culpa, sino para abrirnos a la conversión. Judas sale a la noche porque se cierra. Pedro llorará porque, aun cayendo, dejará abierta una grieta para la misericordia. La gran diferencia no está sólo en haber fallado o no, sino en dejar o no dejar que el amor de Cristo nos alcance precisamente en nuestra fragilidad.

En este Miércoles Santo, la Iglesia nos llama a velar el corazón. A vigilar lo pequeño. A cuidar la fidelidad cotidiana. A no cambiar al Señor por nuestras treinta monedas: el orgullo, la comodidad, el interés, la vanidad, el resentimiento, la indiferencia. Porque siempre que algo ocupa el lugar de Dios, el alma empieza a vender lo que no tiene precio.

Y, al mismo tiempo, nos invita a contemplar a Jesús, el Siervo fiel, el Inocente que no se echa atrás, el Señor que permanece amando incluso cuando ya siente de cerca la traición. Mirándolo a Él entendemos que la salvación no nace de nuestra fuerza, sino de su fidelidad. No nace de que nosotros nunca fallemos, sino de que Él nunca deja de amar.