Homilía: sábado de la VIII semana del Tiempo Ordinario
La Palabra de Dios nos llama hoy a permanecer en el amor de Dios, tener sed de Él y dejar que nuestra vida se convierta en alabanza; a vivir sostenidos por la gracia, con un corazón sincero, confiado y abierto a la verdad de Dios.
La carta de Judas nos ofrece una exhortación breve y luminosa: “Manteneos en el amor de Dios, aguardando a que nuestro Señor Jesucristo os dé la vida eterna”. Permanecer en el amor de Dios es vivir dentro de esa presencia que levanta la esperanza. Es cuidar la oración, alimentar la fe, puesta nuestra mirada en la vida eterna. El cristiano no camina hacia el vacío ni hacia la oscuridad; camina hacia la gloria de Dios. Por eso la liturgia pone en nuestros labios la alabanza: “Sea la gloria y majestad, el poder y la autoridad, desde siempre, ahora y por todos los siglos
Y esta gloria es un don. Judas proclama que Dios “puede preservarnos de tropiezos y presentarnos ante su gloria sin mancha”. Qué consuelo tan grande: nuestra santidad está sostenida por la fidelidad de Dios. Él puede guardarnos, levantarnos, purificarnos y conducirnos. Tenemos luchas, fragilidades y caídas, pero no caminamos abandonados a nosotros mismos. La gracia trabaja silenciosamente en nuestro interior para reconciliarnos, limpiarnos y llenarnos de luz. Por eso podemos alabar incluso desde nuestra pobreza, porque sabemos que Dios no abandona la obra de sus manos.
El salmo expresa esta actitud: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. La fe comienza cuando reconocemos nuestra sed: el alma solo descansa cuando encuentra a Dios. Por eso el salmista exclama: “Tu gracia vale más que la vida”. Y de esa experiencia brota la alabanza: “Te alabarán mis labios”, “te bendeciré toda mi vida”, “alzaré las manos invocándote”, “mis labios te alabarán jubilosos”. Quien ha gustado la gracia descubre que la vida entera puede convertirse en oración agradecida.
El Evangelio nos presenta a Jesús interrogado por los sumos sacerdotes, escribas y ancianos: “¿Con qué autoridad haces esto?”. La pregunta nace de un corazón cerrado. Quieren controlar a Jesús, encasillarlo, desautorizarlo. Y Jesús les conduce a una cuestión más profunda: la actitud ante la verdad. Les pregunta por el bautismo de Juan, y ellos calculan, temen, buscan quedar bien. No responden desde la sinceridad, sino desde la conveniencia.
La autoridad de Jesús nace de su plena comunión con el Padre. Su palabra tiene autoridad porque su vida es verdad. También nuestra vida cristiana recupera autoridad cuando hay coherencia, cuando lo que decimos nace de lo que vivimos, cuando nuestra oración se traduce en humildad, servicio y conversión. Solo un corazón verdadero puede alabar de verdad; solo una vida abierta a Dios puede levantar las manos sin doblez.
Pidamos hoy al Señor un corazón sediento, sincero y confiado. Y al terminar este mes de mayo, pongamos este deseo en manos de la Virgen María. Ella se mantuvo siempre en el amor de Dios, vivió sedienta de su voluntad y dejó que toda su existencia fuera transparente a la gracia. En María la alabanza se hizo vida: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Que Santa María nos enseñe a permanecer fieles, a escuchar con humildad, a bendecir al Señor en todo tiempo y a caminar hacia la gloria con un corazón limpio, y lleno de alabanza.
