¿SIN CRUZ?

VIERNES SANTO

En el Viernes Santo nos ponemos ante el acontecimiento en el que Dios ha querido cargar sobre sí el peso del mundo para salvarlo. Por eso esta liturgia tiene algo único. Estamos ante Cristo crucificado. Estamos ante el Siervo desfigurado. Estamos ante el Inocente herido. Estamos ante el Hijo que, en el momento de mayor humillación, revela la gloria más pura del amor de Dios.

La primera lectura de Isaías nos presenta una figura que desconcierta y conmueve: un hombre tan desfigurado que casi no parece hombre, despreciado, evitado, familiarizado con el dolor, triturado por el sufrimiento, atravesado por nuestras rebeliones. El profeta pone delante de nosotros un rostro herido. Y, sin embargo, nos dice que precisamente ahí está actuando Dios. El Siervo lleva sobre sí nuestros sufrimientos, carga nuestros dolores, toma el pecado de muchos, intercede por los pecadores. Ésta es la gran verdad del Viernes Santo: Cristo sufre por nosotros.

Esto cuesta aceptarlo. Nosotros querríamos una salvación sin cruz, sin noche, sin herida. Pero el Dios de Jesucristo ha querido descender hasta la hondura de nuestra condición humana, cargar con ella y abrir en medio de ella un camino nuevo. Ahí está la lógica santa de este día.

Y cuando escuchamos la Pasión según san Juan, todo se vuelve todavía más impresionante. Jesús no aparece aplastado por los acontecimientos. Sale al encuentro. Pregunta: “¿A quién buscáis?”. Y cuando responde: “Yo soy”, los que vienen a prenderlo retroceden y caen a tierra. En medio de la noche, en medio de la traición, en medio de las armas y de las antorchas, sigue brillando en Él una soberanía serena. Es el Cordero entregado, y al mismo tiempo el Señor de la historia. A Jesús lo apresan los hombres, pero Él entrega su vida. Lo humillan, pero en esa humillación resplandece una dignidad que nadie puede arrebatarle.

Ésta es una de las notas más hondas del Viernes Santo: la libertad interior de Cristo. Lo atan, lo golpean, lo interrogan, lo juzgan, lo cargan con la cruz, lo levantan en el madero; y, sin embargo, permanece intacto lo esencial: su amor obediente al Padre y su misericordia hacia los hombres. Todo alrededor es mentira, violencia, miedo, manipulación y cobardía. Y en el centro permanece una verdad viva: Jesús sigue amando. Y eso lo cambia todo. El sufrimiento puede convertirse en ofrenda. La humillación puede convertirse en obediencia. La muerte puede convertirse en entrega fecunda.

La carta a los Hebreos nos deja entrar todavía más en el alma de Cristo. Nos dice que presentó oraciones y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y que aprendió sufriendo a obedecer. Oró. Suplicó. Lloró. Sintió el peso de la prueba. Conoció el temblor de la agonía. Experimentó la dureza de obedecer cuando obedecer costaba sangre. Y, sin embargo, siguió adelante. Quiso pronunciar su “sí” desde la hondura misma del sufrimiento humano. Y así se convirtió en autor de salvación eterna.

Qué consuelo tan grande brota de aquí para nosotros. Él sabe lo que es llorar. Sabe lo que es sentir miedo. Sabe lo que es atravesar la oscuridad. Ahí resuena el salmo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Ésa es la entrega suprema del Hijo. Jesús muere confiando. Muere creyendo. Muere entregándose. Muere amando.

Y quizá eso sea lo más impresionante del Viernes Santo. La cruz muestra toda la gravedad del pecado humano: somos capaces de rechazar al Justo, de preferir la mentira, de condenar al inocente, de crucificar al Hijo. Y al mismo tiempo la cruz revela algo todavía mayor: el pecado no es más grande que el amor de Dios. Donde abundó la herida, sobreabundó la misericordia. Donde el hombre levantó una cruz, Dios levantó un altar de salvación.

Por eso hoy no estamos aquí sólo para compadecernos de Jesús. Estamos aquí para reconocer que su cruz nos implica. “Fue traspasado por nuestras rebeliones”. Esa palabra llega hasta nosotros. Cada soberbia, cada mentira, cada dureza, cada injusticia, cada indiferencia participa de ese drama. Y, al mismo tiempo, esta liturgia abre delante de nosotros el camino de la esperanza. Cristo va a la cruz para abrir un camino de reconciliación. Es una cruz que atrae. Es una cruz que abre.

Y así comprendemos el sentido de lo que hoy vamos a celebrar. Escuchamos la Palabra para que el misterio de la cruz ilumine nuestro corazón. Elevamos la oración universal porque de la cruz brota una intercesión para el mundo entero. Adoramos la cruz porque besamos el signo extremo de la entrega de Cristo. Y comulgamos del Pan consagrado ayer porque la cruz y la Eucaristía pertenecen al mismo amor: el Cuerpo entregado en la Cena es el mismo Cuerpo ofrecido en la Pasión.

Todos llegamos hoy con alguna cruz: una enfermedad, una pérdida, un miedo callado, un cansancio interior, una herida familiar, un pecado que pesa, una pregunta sin respuesta. Y el Viernes Santo ilumina esas cruces. Nos dice que ninguna tiene por qué ser estéril si se une a la de Cristo. Nos dice que incluso cuando nos sentimos olvidados “como un muerto”, todavía podemos decir: “Pero yo confío en ti, Señor”.

Por eso, al acercarnos a besar la cruz, cada uno podría decir interiormente: Señor, aquí está mi vida. Aquí está mi pecado. Aquí está mi herida. Aquí está mi miedo. Aquí está mi cansancio. Aquí está mi pobreza. Todo esto lo pongo junto a tu cruz. No quiero quedarme fuera de tu amor. Quiero dejar que tu cruz transforme mi corazón.

El Viernes Santo termina en el silencio del sepulcro, en el cuerpo entregado, en la aparente ausencia. Y, sin embargo, la cruz ya ha sembrado la Pascua. El amor ya ha vencido, aunque todavía no lo veamos del todo. Por eso hoy lloramos, sí, pero con esperanza. Adoramos conmovidos, sí, pero con confianza. El Crucificado es también el que abrirá el sepulcro.

Hoy, al pie de la cruz, sólo cabe pedir una gracia: que no nos acostumbremos nunca a este amor. Que la contemplación de Cristo herido nos haga más humildes, más agradecidos, más obedientes, más compasivos. Que cure nuestra dureza. Que convierta nuestras cruces en ofrenda. Que nos haga comprender que la verdadera salvación ha venido por el camino del amor obediente.

Porque al final, el Viernes Santo es esto: el día en que Dios se entregó por nosotros. El día en que el Hijo permaneció en la cruz para rescatarnos. El día en que la violencia humana dijo su peor palabra y el amor divino respondió con su palabra definitiva.