Homilía – martes II Semana del Tiempo Ordinario. Lecturas: 1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28
La liturgia de este martes nos coloca ante dos momentos profundamente reveladores: la elección de David como rey de Israel y la respuesta de Jesús ante quienes juzgan a sus discípulos por arrancar espigas en sábado.
Aparentemente, ambas escenas no tienen relación. Pero al mirarlas con los ojos del corazón, descubrimos un hilo profundo que las une: Dios no actúa como nosotros esperaríamos. Él ve el corazón. Él es Señor del tiempo, de la historia… y también del sábado.
a primera lectura narra un momento decisivo en la historia de Israel: el profeta Samuel es enviado a ungir a un nuevo rey. Pasa uno a uno a los hijos de Jesé, y cada vez que ve a uno fuerte, alto, imponente, piensa: “Este debe ser el elegido”. Pero Dios le susurra algo que debería resonar en nosotros cada día:
“Dios no mira como mira el hombre. El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”.
Finalmente, es el más pequeño, el que ni siquiera había sido invitado a la presentación, el pastorcito David, quien es elegido y ungido. Dios se fija en quien los demás han olvidado. No elige al más fuerte, sino al más disponible.
No al más visible, sino al más verdadero.
Y esto sigue ocurriendo: Dios sigue escogiendo lo débil para confundir lo fuerte. Sigue buscando corazones humildes, abiertos, libres. Hoy, también en nuestra comunidad, Dios mira más allá de lo que se ve. Nos invita a cultivar un corazón disponible, no una imagen intachable.
En el Evangelio, vemos a Jesús defendiendo a sus discípulos por arrancar espigas en sábado. No lo hacen por pereza ni por rebeldía, sino porque tienen hambre. Y Jesús no entra en el juego del legalismo que mide todo según la norma. Él va al fondo:
“El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del Hombre es señor también del sábado.”
Esta frase es revolucionaria. Nos recuerda que la fe no consiste en cumplir normas por miedo, sino en vivir en libertad según el corazón de Dios. No estamos llamados a adorar los preceptos, sino a reconocer al Señor de la vida que nos habla en cada necesidad humana.
Cuando alguien tiene hambre, sed, soledad, necesidad… Dios no se escandaliza. Se acerca. Porque para Él, el corazón está siempre por encima del rito. No elimina la ley, pero la lleva a su plenitud: el amor.
Esta Palabra nos invita a revisar cómo miramos a los demás, cómo nos miramos a nosotros mismos, y cómo miramos a Dios.
- ¿Nos dejamos llevar por las apariencias, los prejuicios, los primeros puestos?
- ¿Juzgamos sin conocer la historia del otro?
- ¿Vivimos la fe como libertad o como carga?
- ¿Sabemos que Dios puede elegirnos también a nosotros, incluso si somos “el último de los hijos”, como David?
Dios sigue mirando corazones y no etiquetas. Sigue buscando pastores fieles, mujeres y hombres que vivan el Evangelio desde lo concreto, no desde la apariencia. Nos llama a ser comunidad donde nadie queda fuera, donde el sábado no se impone sobre el amor, donde el débil es respetado y no rechazado.
Ofrenda espiritual
Hoy, al presentar el pan y el vino, ofrezcamos nuestro corazón. Tal como es. No maquillado, no disfrazado, no escondido. Ofrezcamos también nuestras rigideces, nuestros juicios rápidos, nuestras miradas duras. Y pidamos al Señor: enséñame a mirar como Tú, a elegir como Tú, a vivir como Tú.
Oración final
Señor Jesús,
Tú que elegiste a David por su corazón,
y defendiste a tus discípulos frente a quienes juzgaban,
haznos humildes y libres.
Enséñanos a mirar como Tú,
a vivir la fe con verdad,
a no encerrarnos en ritos vacíos,
ni despreciar a nadie por su debilidad.
Haznos comunidad de corazones disponibles,
donde cada uno pueda sentirse llamado, acogido y amado.
Que, como David, sepamos decirte hoy:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
Amén.
