SI COMPRENDIERAS¡

Homilía – jueves XXXIII T.O. Año Impar

La Palabra que hoy se nos entrega es de una delicadeza singular. Hemos venido caminando con Jesús estos días finales del año litúrgico: desde la cuneta de Jericó; pasando por la casa de Zaqueo; hasta llegar hoy a la llanura desde la que se contempla Jerusalén… desde donde el Evangelio nos muestre a Jesús llorando. Llora no por sí mismo, sino por su pueblo; no por lo que le espera, sino por lo que los demás están a punto de perder. “¡Si comprendieras tú también lo que conduce a la paz!”

Jesús contempla una ciudad privilegiada, visitada por profetas, colmada de promesas, objeto de una fidelidad infinita… y aun así incapaz de reconocer “el tiempo de su visita”. Esa ceguera del corazón es la que provoca sus lágrimas. Porque la paz no es una circunstancia exterior, sino una gracia interior que solo brota cuando el corazón se abre al Señor.

La primera lectura, del libro de los Macabeos, nos presenta el contraste que sigue siendo el drama de todos los tiempos: algunos israelitas se acomodan a las costumbres paganas, pero hay un grupo pequeño, pobre, tenaz, capaz de proclamar: “Viviremos según la alianza de nuestros padres.”

 Vosotros sois también ese pequeño resto que, con vuestra vida escondida en Dios, sostenéis la alianza cuando tantos se rinden al cansancio espiritual del mundo. Pero esta misma palabra interpela hoy a todos, incluso a los más fieles: la tentación del acomodo nunca descansa, y siempre insinúa una falsa tranquilidad que vacía el alma.

El salmo nos da la brújula decisiva: “Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios” Seguir el buen camino significa permitir que la verdad nos incomode, abandonar justificaciones, dejar que la gracia reordene los afectos, vivir en acción de gracias y no en murmuración permanente. La paz nace cuando dejamos de negociar con Dios y comenzamos a obedecer su amor. La paz no es un premio: es un camino. Y ese camino tiene nombre: la voluntad de Dios. No es la paz del que evita conflictos a cualquier precio, ni la paz del que se anestesia para no sentir, ni la paz del que se encierra para no sufrir. Es la paz del que camina rectamente, del que ordena su vida según Dios, del que vive la justicia, del que cumple sus votos ante el Altísimo.

Y así llegamos a la escena sobrecogedora: Jesús contempla Jerusalén –la ciudad del templo, de los sacrificios, del pueblo elegido– y llora. No llora por sí mismo; llora por ella. Llora porque Jerusalén no ha sabido descubrir a Dios cuando pasaba por sus calles.  Llora porque la ciudad que debería ser madre se convierte en lugar de rechazo. Llora porque ha confundido seguridad con autosuficiencia, tradición con cerrazón, religión con apariencia. Jesús llora por la ciudad que ha perdido el rumbo.
Y en ese llanto está también nuestro nombre. Porque cada uno de nosotros tiene dentro su Jerusalén: esa parte de la vida donde preferimos nuestras ideas a la Palabra, nuestros planes a su voluntad, nuestra prisa a su tiempo, nuestra seguridad a su paz. “No reconociste el tiempo de tu visita”, dice Jesús. No reconociste que Dios te buscaba, que Dios te hablaba, que Dios te ofrecía otra manera de vivir. Hoy, este Evangelio es una llamada a despertar.

En este altar traemos hoy nuestra Jerusalén interior: las zonas donde resistimos, las puertas que aún no abrimos, las heridas que ocultamos, las fidelidades sin fuerza. Ponemos todo en tus manos, Señor, para que esta Eucaristía sea una visita que sane, ordene, ilumine y transforme. Que este pan y este vino se conviertan en nuestro “sí” a tu paso, en nuestra paz ofrecida y recibida.

Oración final

Señor Jesús,
tú que lloraste sobre Jerusalén
porque no comprendió lo que conduce a la paz,
mira hoy nuestra fragilidad y entra en ella sin que nada te lo impida.

Abre nuestros ojos para reconocer tu visita,
abre nuestro corazón para acoger tu paz,
abre nuestras manos para vivir la fidelidad que sostiene tu Reino.

Haznos morada disponible,
casa donde tu presencia repose,
ciudad donde tus lágrimas se transformen en gozo.

Y que María, Mujer de la alianza y de la paz,
nos enseñe a guardar tu Palabra,
a obedecer tu amor,
y a abrir cada día las puertas por donde Tú quieres entrar.

Amén.