Sábado de la XIII semana del Tiempo Ordinario

Queridos hermanos:

La liturgia concluye hoy la lectura del profeta Amós con una palabra llena de esperanza. Después de sus denuncias contra la injusticia y de sus insistentes llamadas a la conversión, el libro termina anunciando que Dios levantará la choza caída de David, reparará sus ruinas y devolverá a su pueblo la fecundidad de la tierra. La última palabra pertenece a la fidelidad de Dios, que sabe abrir un futuro incluso entre los restos de una historia herida.

Amós anuncia una restauración que alcanza toda la vida. Las ciudades serán reconstruidas, las viñas volverán a dar fruto y el pueblo habitará de nuevo su tierra. La salvación aparece como una obra creadora de Dios. Él recoge lo disperso, fortalece lo debilitado y devuelve esperanza a quienes habían experimentado las consecuencias de su infidelidad.

Esta promesa encuentra su plenitud en Jesucristo. Él es el descendiente de David que reconstruye la casa de Dios y reúne a sus hijos. En su Pascua, la humanidad recibe una vida renovada. Cristo entra en nuestras ruinas y comienza desde ellas una historia nueva. El salmo expresa este deseo al pedir que el Señor muestre su misericordia y conceda su salvación. Cuando Dios visita a su pueblo, la justicia y la paz se encuentran y la tierra vuelve a dar su fruto.

En el Evangelio, los discípulos de Juan preguntan a Jesús por el ayuno. La respuesta dirige la mirada hacia su persona: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?». Jesús se presenta como el Esposo anunciado por los profetas. En Él, Dios ha venido a celebrar la alianza con su pueblo. Su presencia inaugura el tiempo de la alegría, porque la salvación esperada ha comenzado.

Jesús habla también del paño nuevo y del vino nuevo. Estas imágenes revelan la fuerza renovadora del Evangelio. El encuentro con Cristo alcanza el centro de la persona y ensancha su capacidad para acoger la gracia. El vino nuevo pide odres nuevos: un corazón disponible, una mirada renovada y una existencia capaz de dejarse conducir por el Espíritu.

A veces deseamos incorporar el Evangelio a nuestra vida manteniendo intactas nuestras costumbres, nuestros criterios y nuestras seguridades. Cristo viene a hacer nuevas todas las cosas. Su Palabra transforma nuestra manera de amar, de afrontar las dificultades y de relacionarnos con los demás. La conversión consiste en permitir que esta novedad llegue a cada rincón de nuestra existencia.

La Eucaristía que celebramos es el banquete del Esposo. Cristo reúne a su Iglesia, le entrega su Cuerpo y renueva con ella la alianza. Aquí recibimos el vino nuevo de su gracia y la fuerza necesaria para caminar con una vida pascual. Cada comunión nos dispone a vivir desde la alegría de sabernos acompañados por el Señor.

Al terminar esta semana, pidamos un corazón capaz de acoger la novedad de Dios. Que el Señor reconstruya aquello que se ha debilitado en nosotros y haga fecunda nuestra vida. Que María, mujer plenamente disponible a la acción divina, nos enseñe a recibir a Cristo con fe y a compartir con los demás la alegría de su presencia.

Amén.