LECTIO DIVINA domingo II Tiempo Ordinario ciclo A
«Este es el Cordero de Dios»
1. LECTIO – ¿Qué dice el texto?
Leemos despacio el Evangelio proclamado en este domingo (Jn 1,29-34), iluminado por la homilía.
Juan Bautista ve venir a Jesús y lo señala con una afirmación decisiva:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Juan no se pone en el centro. No habla de sí mismo. Reconoce que su misión es preparar, señalar, abrir camino. Confiesa que no conocía plenamente a Jesús hasta que el Espíritu se manifestó sobre Él. Reconoce en Jesús al Hijo de Dios, aquel sobre quien desciende el Espíritu y que bautiza en el Espíritu Santo.
El texto nos presenta tres movimientos claros:
- Preparar el camino: conversión, apertura, disponibilidad.
- Reconocer a Jesús: descubrir quién es realmente.
- Dar testimonio: señalarlo a otros con la propia vida.
La Palabra nos muestra que la fe nace del encuentro y del testimonio, no de la posesión ni del protagonismo.
2. MEDITATIO – ¿Qué me dice a mí?
Esta Palabra me sitúa ante preguntas esenciales:
- ¿Sé reconocer a Jesús en mi vida cotidiana, o lo doy por supuesto?
- ¿Mi fe prepara caminos para que Cristo llegue a otros, o los dificulta?
- ¿Señalo a Cristo con mi manera de vivir, o me coloco yo en el centro?
Juan Bautista me enseña una actitud interior decisiva: saber quién soy y quién es Cristo. Él no se confunde con el Mesías, no se apropia del protagonismo, no busca seguridad en el reconocimiento. Su alegría está en que Cristo crezca.
Reconocer a Jesús como Cordero de Dios me invita a contemplar un rostro concreto de Dios: manso, entregado, cercano, salvador. Un Dios que no aplasta, sino que carga con el pecado del mundo. Un Dios que no excluye, sino que restaura.
Esta Palabra también me recuerda que Jesús siempre es mayor que mis ideas sobre Él. Puedo conocerlo, seguirlo, amarlo, pero nunca poseerlo del todo. La fe permanece siempre en actitud de búsqueda y de asombro.
3. ORATIO – ¿Qué le digo al Señor?
Señor Jesús,
Cordero de Dios,
Tú pasas delante de mí cada día
y tantas veces no te reconozco.
Enséñame a mirarte con ojos nuevos,
a no reducirte a costumbre,
a no domesticar tu presencia.
Limpia mi corazón de todo lo que impide tu paso,
de seguridades falsas,
de una fe cómoda y sin riesgo.
Hazme humilde como Juan,
capaz de señalarte sin apropiarme de tu lugar,
capaz de alegrarme porque Tú creces.
Quita de mí el pecado que me separa de Ti,
restaura mis relaciones,
renueva mi esperanza.
Espíritu Santo,
abre mis ojos para reconocer al Hijo,
y dame la gracia de vivir como testigo fiel.
Amén.
4. CONTEMPLATIO – ¿Qué me invita a vivir?
Me quedo en silencio ante Jesús.
No hago muchas palabras.
Lo contemplo como Cordero, como presencia mansa y fiel.
Dejo que Él me mire.
Dejo que Él ocupe el centro.
Acepto que no todo depende de mí.
Contemplar es aprender a estar,
a dejarse encontrar,
a permitir que Dios actúe.
En este silencio, el corazón aprende a reconocer
que Cristo está vivo, presente, actuando hoy.
5. ACTIO – ¿Qué paso concreto doy?
Esta Palabra me impulsa a un gesto sencillo y concreto para la semana:
- Preparar el camino: revisar una actitud, una relación, una rutina que necesita conversión.
- Señalar a Cristo: vivir un gesto de misericordia, de escucha, de reconciliación.
- No ocupar el centro: dejar espacio a Dios en una decisión concreta.
Que alguien, al verme, pueda intuir —aunque sea en silencio—
que Jesús es el Cordero de Dios.
