RECONOCE TU FRAGILIDAD

Homilía – miércoles de la 25ª Semana del Tiempo Ordinario, Año Impar, 24/09/2025. Lecturas: Esd 9, 5-9; Sal 1; Lc 9, 1-6

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de hoy nos sitúa en un doble movimiento: reconocer nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, dejarnos enviar por el Señor como testigos de su gracia.

En la primera lectura vemos a Esdras, sacerdote y guía del pueblo, que se presenta ante Dios con un gesto muy humano y muy profundo: rasga sus vestiduras, se arrodilla, extiende las manos y ora confesando los pecados de su pueblo. No se pone por encima, sino que se reconoce solidario: “nuestros delitos se han multiplicado”. Sin embargo, al mismo tiempo, confiesa la misericordia de Dios: Él no los abandona, sino que les da “un refugio en su lugar santo”.
Esto es muy actual: también nosotros podemos sentirnos débiles, a veces perdidos, incluso avergonzados de nuestras infidelidades personales o de las sombras de la Iglesia. Pero la oración de Esdras nos recuerda que Dios no abandona a su pueblo. Su fidelidad es más grande que nuestras infidelidades.

El salmo nos ofrece una imagen preciosa: el justo es “como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da fruto en su sazón”. El secreto no está en la fuerza del árbol, sino en dónde hunde sus raíces. Cuando nuestra vida se arraiga en la Palabra y en la misericordia de Dios, podemos resistir sequías, tormentas y pruebas, porque la savia de la gracia no falta.

El Evangelio nos lleva un paso más allá: Jesús envía a sus discípulos a proclamar el Reino y a sanar. Pero los envía con pobreza: “no toméis nada para el camino”. No se trata de ir armados de seguridades humanas, sino con la confianza absoluta en Dios. Su fuerza no está en el oro ni en la elocuencia, sino en el poder de la Palabra y en la autoridad del Señor que los envía.

Es interesante: primero Esdras nos enseña a reconocer nuestra pobreza; después el salmo nos recuerda que la raíz está en Dios; y finalmente Jesús nos envía precisamente desde esa pobreza confiada. La misión no es éxito humano, es transparencia de Dios.

Hermanos, este mensaje toca nuestra vida concreta:

  • En la vida personal, se nos invita a no esconder nuestras fragilidades, sino presentarlas con humildad a Dios. Él las transforma en gracia.
  • En la vida comunitaria, la Iglesia no puede apoyarse en prestigio o poder, sino en la fuerza del Evangelio vivido con sencillez. Cuando la comunidad es pobre y confiada, se convierte en signo creíble del Reino.
  • En la vida misionera, estamos llamados a ser testigos sin acumular seguridades. El discípulo que confía en Dios se convierte en árbol fecundo, que da fruto, aunque la tierra parezca seca.

En esta Eucaristía, traemos nuestras fragilidades y pobrezas, como Esdras. Las ponemos junto al pan y al vino para que Cristo las transforme en fuerza y en vida para el mundo. Que nuestra debilidad, unida a la suya en la cruz, sea fecunda para los demás.

Conclusión orante

Virgen María,
mujer humilde y disponible,
tú que supiste confiar en la fidelidad de Dios
y viviste como pobre del Señor,
enséñanos a reconocer nuestras fragilidades
y a confiar solo en la gracia.
Haznos discípulos sencillos y fecundos,
para que, enviados por tu Hijo,
podamos anunciar con alegría el Evangelio.
Amén.