HOMILÍA – jueves de la III Semana del T.O.
La Palabra de hoy nos sitúa en el corazón mismo de la fe: un Dios que quiere habitar entre nosotros, y una vida llamada a hacerse transparencia de esa luz.
La primera lectura nos muestra a David en un momento de intensa verdad interior. Después de escuchar la promesa de Dios —una promesa desbordante, inmerecida, inesperada— David entra en oración y se pregunta: «¿Quién soy yo, Señor, para que me hayas traído hasta aquí?» No es una pregunta de falsa humildad, es la expresión de quien reconoce que lo esencial en su vida no viene de sus méritos, sino de la fidelidad de Dios. David descubre que el centro de la historia no es lo que él hace para Dios, sino lo que Dios está haciendo en él. Por eso termina suplicando:
«Confirma para siempre la palabra que has pronunciado y bendice la casa de tu siervo.» Es decir: “Señor, permanece. No te vayas. Quédate en mí.”
El salmo responde a esta oración con un eco hermoso: «El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: ‘Éste es mi reposo para siempre, aquí habitaré, porque lo he deseado’.» La fe no es el esfuerzo del hombre que sube, sino el deseo de Dios que baja. Dios quiere hacer de nuestra vida su casa. No habitamos a un Dios lejano: habitamos a un Dios que desea reposar donde nosotros somos pobres, frágiles, limitados.
Y esto cambia la imagen que a veces tenemos de la fe: no es construir un edificio perfecto para que Dios se sienta cómodo; es dejar que Él transforme nuestra vida en un lugar donde su presencia pueda respirar.
En este contexto, el Evangelio aparece con toda su fuerza: «¿Acaso se trae la lámpara para meterla debajo del celemín?… El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Jesús nos dice que la vida creyente no está hecha para ocultarse. Si Dios ha querido habitar en nosotros, no es para que su luz se quede encerrada, sino para que ilumine.
El problema no es que falte luz, sino que muchas veces la cubrimos: — con el miedo,
— con la tibieza,
— con la comodidad,
— con el descuido interior,
— con la falta de coherencia.
Jesús continúa: «Con la medida que midáis se os medirá.»
Es una enseñanza directa: la fecundidad espiritual depende de la apertura del corazón. Quien ofrece poco, recibe poco; quien se entrega, descubre que Dios multiplica. La luz crece en quien la comparte. La fe madura en quien la ejercita. La gracia se expande en quien no se reserva para sí.
La liturgia nos propone hoy un itinerario muy claro:
- Reconocer, como David, que todo en la vida es gracia.
- Acoger, como Sión, el deseo de Dios de habitar en nosotros.
- Iluminar, como la lámpara, compartiendo lo que hemos recibido.
Si vivimos así, nuestra fe deja de ser un conjunto de gestos aislados y se convierte en una presencia viva: la del Dios que habita y la del discípulo que refleja.
En este jueves, la pregunta es sencilla y profunda: ¿Qué luz de Dios estoy ocultando? ¿Qué parte de mi vida necesita dejar de esconderse? ¿Dónde me está pidiendo el Señor que me convierta en lámpara puesta en alto para iluminar a otros?
Que el Señor renueve en nosotros su promesa, habite en nuestra casa interior y mantenga encendida la luz que nos ha confiado.
Amén.
