¿QUIÉN DIJO MIEDO?

HOMILÍA – Misa del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C
Vivir el tiempo como oportunidad: el horno que purifica, la tienda que se construye, la esperanza que no se rinde.

Estamos llegando al final del año litúrgico. Y como cada año, la Palabra de Dios nos sitúa frente a la línea del horizonte: no para asustarnos, sino para despertarnos. Las lecturas de hoy no son anuncios de catástrofes, sino llamados a comenzar de nuevo. No se trata de contar los días que faltan, sino de contar con Dios en cada día. El Evangelio no es un mensaje de final, sino una provocación para comenzar, con responsabilidad y esperanza.

El profeta Malaquías nos presenta una imagen fuerte: un “día que arde como un horno”. Un fuego que no destruye, sino que limpia, que revela la diferencia entre quienes viven en soberbia y egoísmo, y quienes temen al Señor y caminan en su presencia. Porque el mismo fuego que abrasa a los arrogantes es el que ilumina con justicia a los que honran el Nombre de Dios. Es el fuego que revela el oro auténtico, no el que lo consume.

El salmo, por su parte, nos hace cantar la belleza de ese día: “Tocad la cítara… retumbe el mar… porque el Señor llega.” No llega con destrucción, sino con justicia. No como amenaza, sino como presencia salvadora. El universo entero vibra con esta llegada. Y quien tiene fe, no teme: celebra.

En el Evangelio, Jesús rompe con toda expectativa sensacionalista: no entrega fechas ni señales apocalípticas. Dice con claridad que el Reino no viene espectacularmente. Lo importante no es “cuándo será”, sino “cómo estás tú viviendo hoy”. Y para eso, nos da una consigna clara: perseverad. Perseverar, en la Biblia, no significa aguantar sin más. Es caminar con fidelidad, sostener la esperanza, no dejarse robar el alma por el miedo ni por la confusión.

San Pablo, en su carta, baja esta espiritualidad al nivel del suelo. Habla de quienes “viven desordenadamente, sin trabajar, y metiéndose en todo.” Pablo responde con el ejemplo de su vida: él, apóstol, trabajaba con sus manos. Montaba tiendas. No por necesidad, sino por testimonio. La tienda es imagen de provisionalidad, sí… pero también de esperanza activa. Aunque el templo caiga, siempre podemos “montar una tienda”: una obra de amor, un gesto de justicia, una fidelidad diaria.

La liturgia de hoy nos sitúa entre dos tentaciones peligrosas:

  • El alarmismo religioso que busca en cada crisis una señal del fin, y que vive atrapado en el miedo o el juicio.
  • La apatía espiritual, que se instala en la indiferencia, como si nada estuviera en juego.

Pero Jesús nos invita a otra cosa. Nos pide responsabilidad, lucidez y esperanza.
No que adivinemos el futuro, sino que vivamos el presente con sentido.
No que leamos el Apocalipsis con miedo, sino que descubramos la historia como lugar del Reino.

¿Estamos construyendo algo sólido cada día? ¿O esperamos que el mundo cambie sin comprometernos? ¿Nos escondemos en discursos fatalistas? ¿O nos ponemos a “montar tiendas”? El final, nos dice Jesús, será para los que perseveran. No para los que lo adivinan.

Y aquí está el contraste que ilumina todo: El orgulloso y el desordenado, que busca brillar o esconderse. Y el que teme al Señor, que reconoce su fragilidad, pero camina con la luz de la fe.

Señor, en esta mañana, al presentar el pan y el vino, queremos traerte algo muy sencillo: Nuestro tiempo, nuestras rutinas, nuestros temores, nuestros silencios…Queremos que todo esto arda en el horno de tu amor. No para ser consumido, sino purificado. Haz de nuestras debilidades, materia para tu gloria. Haz de nuestros días, tierra buena para tu Reino. Haz de nuestras manos, constructoras de tiendas donde tú puedas habitar.

Conclusión orante

Señor Jesús,
tú no vienes a destruir, sino a despertar.
No vienes a asustar, sino a encender el fuego de tu justicia y de tu amor.

Enséñanos a mirar el mundo con ojos limpios,
a vivir el presente como lugar de tu Reino,
a comenzar cada día como si fuera el primero,
y a construir contigo, aun en medio del caos,
una tienda que hable de paz, de verdad y de esperanza.

Y cuando suene el fin,
que no nos encuentre dormidos,
sino en pie, trabajando, amando, perseverando…

Porque ese día no será el último,
sino el gran comienzo que nunca terminará. Amén.