¿QUÉ SIGNIFICA TODO ESTO?

HOMILÍA – SÁBADO XXXIV T.O. (Año impar) “Velad y orad: vivir despiertos en un mundo que se duerme”

En este último día del Tiempo Ordinario, la liturgia nos conduce a un territorio donde se abrazan la lucidez y la esperanza, el realismo y la confianza, la historia exterior y la interior. Y quien primero se sitúa ahí es el profeta Daniel, un hombre que —como tantos de nosotros— mira lo que sucede a su alrededor y no termina de comprenderlo. Él también necesita una palabra que le ilumine, alguien que le explique el sentido profundo de unos acontecimientos que parecen desbordarle. Y su súplica, escrita hace siglos, podría ser pronunciada hoy por cualquiera de nosotros: “Señor, ¿qué significa todo esto?”

Nuestro mundo cambia con una velocidad que vertiginosamente nos alcanza. Surgen tensiones nuevas, ideologías que prometen libertad pero dejan vacío, violencias que parecen multiplicarse, temores que invaden la vida cotidiana. Muchas veces también nosotros pedimos una explicación, porque sentimos que nuestra mirada se nubla, que los valores se desplazan a los márgenes, que la fe se vuelve casi invisible en la plaza pública. Y así como Daniel contemplaba bestias que surgían del mar —símbolo del caos y de las fuerzas que deshumanizan— también nosotros vemos emerger realidades que inquietan el alma.

Pero la respuesta que ofrece la Palabra no es miedo sino esperanza. No un optimismo superficial, incapaz de sostener en las noches difíciles, sino la esperanza verdadera: esa confianza obstinada en Alguien que guía la historia incluso cuando la historia parece perder el rumbo. Esperanza pequeña como el grano de mostaza, silenciosa como la levadura en la masa, pero capaz de sostener el corazón cuando se tambalea. La esperanza cristiana no nace de mirar el caos del mundo; nace de mirar a Dios en medio del caos.

Jesús, en su Evangelio, nos invita precisamente a esta mirada nueva. No la mirada asustada que huye, ni la distraída que se deja llevar, sino una mirada despierta, profunda, vigilante. Él nos pide vivir con el alma alerta, sobrios en los afectos, atentos a su paso, centrados en lo esencial. En un tiempo saturado de noticias rápidas, emociones instantáneas y estímulos dispersos, el Señor pronuncia palabras que hoy suenan más actuales que nunca: “Poned atención… que vuestro corazón no se entorpezca… velad… orad en todo tiempo.”

Porque vivimos en una sociedad que corre, pero no siempre sabe hacia dónde; una sociedad ruidosa que impide escuchar a Dios y luminosa de artificios que no dejan ver su luz. Y quizá la mayor tentación no sea el mal en sí mismo, sino la dispersión interior, ese modo de vivir anestesiados, en automático, sin conciencia de la presencia de Dios. Jesús llama a este estado “corazón pesado”: pesado por las preocupaciones, pesado por los miedos, pesado por un presente que quiere ocuparlo todo sin dejar espacio a la eternidad. Por eso nos advierte que el último día llega “de repente” para quien vive dormido, igual que la vida entera se escapa sin darnos cuenta cuando la pasamos distraídos. La liturgia nos invita entonces a hacer un gesto espiritual imprescindible: despertar. Y ese despertar tiene tres movimientos.

El primero es avivar la esperanza en medio de las dificultades. No es fácil esperar cuando los signos externos no acompañan, pero la esperanza cristiana no depende de las circunstancias, sino del Dios que sostiene la historia. Esperar es decirle a Dios: “Tú eres más verdadero que mis miedos; más estable que este mundo que pasa.”

El segundo movimiento es potenciar la confianza para entregar la vida. Dios no nos pide certezas perfectas; nos pide confianza humilde. La fe crece cuando dejamos de controlar todo y empezamos a dejarnos conducir. Cada vez que oramos, aunque no sintamos nada, abrimos una puerta para que Dios pueda actuar en nosotros.

El tercer movimiento es desenmascarar los afanes que nos distraen. Cada uno debe preguntarse: ¿qué está robando hoy mi atención a Dios? ¿Qué banalidad me dispersa? ¿Qué prisa me separa de lo esencial? La oración constante es el antídoto que transforma la vista, afina el oído y despierta el corazón. Por eso Evagrio Póntico podía decir con tanta verdad: “La oración es la más divina de las virtudes, porque es la que nos hace mirar con los ojos de Dios.”

Al terminar este año litúrgico, la Palabra nos invita a renovarnos en esta vigilancia amorosa, y a disponernos con un corazón más despierto a comenzar un nuevo Adviento. Porque el Señor sigue viniendo, y sólo quien está vigilante reconoce su paso.

Ofrenda del pan y del vino

Señor Jesús, en este último día del Tiempo Ordinario, traemos ante tu altar nuestro cansancio, nuestras preguntas, nuestras dudas y nuestras pequeñas esperanzas. Toma nuestra dispersión y conviértela en vigilancia; toma nuestros miedos y transfórmalos en confianza; toma nuestro corazón pesado y hazlo ligero para Ti. Que este pan y este vino nos devuelvan un alma alerta, un corazón despierto y una esperanza firme para comenzar contigo un nuevo Adviento.

Conclusión orante

Señor,
tú conoces mis desconciertos.

Hoy te pido la gracia del corazón despierto.
Rompe mis rutinas vacías,
Que tu Espíritu mantenga mi alma alerta,
mi corazón ligero
y mi oración viva.

Que no me acostumbre a la tibieza,
ni me rinda a la resignación,
ni viva la fe como un hábito inconsciente.

Enséñame a velar.
Enséñame a orar.
Enséñame a esperarte.