QUE NO TE ATRAPE EL MIEDO

Viernes de la 5.ª Semana de Cuaresma

La liturgia de hoy nos introduce en un clima cada vez más cercano a la Pasión. La oposición contra Jeremías se intensifica, la tensión en torno a Jesús crece, y la Palabra nos deja ver una verdad que atraviesa toda la historia de la salvación: la fidelidad a Dios no siempre evita la prueba, pero sí asegura una presencia que sostiene en medio de ella.

Jeremías habla hoy con una sinceridad conmovedora: «Mis amigos acechaban mi traspié.»
No se trata solo de enemigos declarados. Lo que duele más es sentir la amenaza cerca, experimentar que incluso el entorno habitual puede volverse un lugar de sospecha, de juicio o de traición. El profeta vive el peso de la incomprensión, el aislamiento y la persecución. Sin embargo, en medio de esa oscuridad, pronuncia una confesión de fe que es luminosa: «El Señor está conmigo como fuerte defensor.»

Aquí está el núcleo espiritual de esta lectura. Jeremías no niega el dolor, no maquilla el conflicto, no finge una serenidad artificial. Reconoce la dureza de la situación, pero no permite que esa dureza defina el sentido último de su vida. Su seguridad no está en que todo vaya bien, sino en que Dios está con él.

El salmo prolonga esa misma certeza con palabras de experiencia: «En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó.» La fe bíblica no nace en laboratorios tranquilos, sino en medio del combate real. El creyente clama porque necesita ayuda. Y desde esa pobreza descubre que Dios escucha, sostiene, rescata. No siempre aparta inmediatamente el peligro, pero nunca deja solo al que se refugia en Él.

El Evangelio nos muestra a Jesús en una situación semejante. La hostilidad ha llegado a un punto extremo. «Intentaron detenerlo.» La violencia contra Él ya no es solo verbal; se convierte en voluntad de captura. Quieren reducirlo, controlarlo, hacerlo callar. Pero el texto dice: «Se les escabulló de las manos.»
No es simplemente un detalle narrativo. Es una afirmación teológica: la vida de Jesús no está en manos de quienes lo persiguen, sino en las manos del Padre. Nadie puede apoderarse de Él antes de la hora establecida. Su camino no lo determina el odio de los hombres, sino la obediencia al designio de Dios.

Esto es decisivo también para nosotros. Muchas veces vivimos con la sensación de que las fuerzas contrarias dominan la escena: la incomprensión, el conflicto, el desgaste, la oposición, los miedos interiores. Y la liturgia de hoy nos recuerda que la historia profunda de nuestra vida no está en manos del azar ni de la hostilidad, sino en manos de Dios.

Jeremías, el salmista y Jesús nos enseñan hoy tres movimientos espirituales muy concretos.

Primero, no negar la prueba. La fe no consiste en fingir que no pasa nada. Hay momentos de tensión, de injusticia, de soledad, de traición, de cansancio interior. Y es importante nombrarlos con verdad.

Segundo, refugiarse en Dios. No como evasión, sino como fundamento. «El Señor está conmigo como fuerte defensor.» La fe madura cuando aprende a apoyarse en la presencia de Dios más que en las circunstancias favorables.

Tercero, seguir adelante sin dejarse atrapar por el miedo. Jesús no se deja paralizar por la hostilidad. Continúa su camino. También nosotros estamos llamados a no vivir definidos por lo que nos amenaza, sino por la fidelidad a la misión recibida.

En esta última etapa de la Cuaresma, la Palabra nos prepara para comprender mejor el misterio de la Pasión. Cristo no será entregado porque el mal haya vencido, sino porque el amor llevará su obediencia hasta el extremo. Nada escapa a las manos del Padre. Y esa certeza puede sostener también nuestro propio camino.

Quizá hoy la pregunta para nosotros sea sencilla: ¿Dónde estoy sintiendo presión, oposición o cansancio? ¿Dónde temo tropezar? ¿En qué aspecto necesito repetir con Jeremías: “El Señor está conmigo”?

La respuesta no consiste solo en esperar que desaparezca la dificultad, sino en volver a poner el corazón en Dios. Porque cuando Él es nuestro refugio, incluso la prueba se convierte en un lugar de purificación y de confianza.

Pidamos en esta Eucaristía la fe del profeta, la confianza del salmista y la libertad interior de Jesús. Que no vivamos atrapados por el temor, ni definidos por la hostilidad, ni encerrados en el desgaste. Y que, en medio de cualquier peligro, sepamos decir con verdad: El Señor es mi fuerte defensor. En el peligro lo invoqué, y Él me escuchó.

Ahí comienza la paz del corazón que ya se sabe sostenido por Dios.