PRESENCIA

HOMILÍA – martes III del Tiempo Ordinario (Año Par)

La Palabra de hoy nos conduce a una pregunta importante para la vida cristiana: ¿Qué significa dejar que Dios habite verdaderamente en nosotros?

Las lecturas nos ofrecen dos escenas muy distintas, pero profundamente unidas: la entrada del Arca en Jerusalén con David danzando de alegría, y Jesús señalando en el Evangelio quiénes son su verdadera familia. Ambas escenas iluminan un mismo misterio: Dios quiere estar cerca, quiere entrar, quiere hacer de nuestra vida su morada. La cuestión es si lo dejamos.

En la primera lectura, vemos a David llevando el Arca del Señor —el signo de la presencia de Dios— hacia Jerusalén. No lo hace con frialdad ni con protocolos vacíos. Lo hace danzando, con todo su ser, con alegría desbordante. David sabe que la única verdadera grandeza de Israel no está en su ejército, ni en sus conquistas, ni en su poder… sino en la presencia del Señor en medio del pueblo.

Por eso organiza la procesión, ofrece sacrificios, reparte pan y bendición: cuando Dios entra, la vida se transforma en celebración, en comunión, en alegría compartida.

El salmo lo expresa con una belleza inmensa: «¡Portones!, alzad los dinteles… que va a entrar el Rey de la gloria.» Es como si la liturgia nos dijera hoy: “Abre las puertas de tu interior; deja que Dios entre” Porque el Rey de la gloria no viene a imponerse, viene a salvar, a sanar, a llenar de luz lo que estaba oscuro.

Y en el Evangelio Jesús nos lleva aún más adentro. Su familia viene a buscarlo y la gente piensa que va a interrumpir la misión. Pero Jesús mira a quienes están sentados a su alrededor —es decir, a quienes escuchan su Palabra— y pronuncia una de esta frase:

«Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

No está despreciando a María ni a su familia. Está proclamando algo nuevo y decisivo: la verdadera relación con Él no nace de la sangre, sino del corazón. No nace de un título, sino de la escucha. No nace de un rito exterior, sino de una vida que se deja moldear por la voluntad de Dios.

Jesús nos está diciendo: “Dios quiere entrar, pero solo entra en un corazón disponible.
La verdadera familia de Dios son los que dejan que su Palabra haga espacio dentro de ellos.”

Hoy, por tanto, la Palabra vuelve a proponernos un camino:

1. Abrir las puertas como David

Con gozo, sin miedo, sin reservas. Dejar entrar al Señor en la vida cotidiana, en lo que pesa y en lo que alegra, en lo que duele y en lo que está por construir. Un corazón cerrado se convierte en un lugar de soledad. Un corazón abierto se convierte en templo.

2. Escuchar y cumplir la voluntad de Dios

No como imposición, sino como camino de familia. Jesús no pide perfección, pide disponibilidad. La voluntad de Dios no es un freno, es un hogar. La obediencia evangélica no es sumisión: es parentesco.  Es reconocer que la vida se vuelve más humana cuando se une a la vida de Dios.

3. Construir relaciones nuevas

Jesús redefine la familia: su casa es la comunidad de los que escuchan la Palabra.
Nuestra parroquia, nuestras comunidades, nuestras casas… están llamadas a ser lugares donde la presencia de Dios une, pacifica, sostiene. Cuando cumplimos la voluntad de Dios, nuestra vida se vuelve vínculo, bendición, pan compartido, como hizo David con el pueblo.

Conclusión espiritual

Hoy es un día para preguntarnos con sencillez: ¿Qué puerta interior quiere Dios que abra?
¿A qué lugar de mi vida quiere entrar el Rey de la gloria? ¿Dónde necesito dejar de resistir y empezar a escuchar? ¿Dónde puedo vivir hoy como hermano, hermana, madre de Jesús?

Dios no busca un lugar perfecto. Busca un corazón que, como David, se atreva a alegrarse por su presencia; y que, como los oyentes del Evangelio, se siente a escuchar con un deseo sincero: hacer de la vida un hogar donde Dios pueda habitar. Amén.