Homilía – III Domingo de Adviento (Gaudete)
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia nos invita explícitamente a la alegría. No es una alegría superficial ni un descanso sentimental en medio del Adviento. Es una alegría con fundamento, una alegría que nace de una certeza profunda de fe. Por eso hoy cambia el color litúrgico, por eso encendemos la tercera vela de la corona: porque la luz ya se deja ver, porque el Señor está cerca.
La razón de esta alegría la escuchamos claramente en el prefacio de este tiempo: Cristo vino ya, en la humildad de nuestra carne, para realizar el plan de salvación; y vendrá de nuevo, en la gloria, para llevar esa obra a su plenitud. Entre esas dos venidas se sitúa nuestra vida cristiana. Vivimos sostenidos por una salvación que ya ha comenzado y que aún esperamos ver consumada. Y esta certeza —no las emociones— es la raíz de la alegría cristiana.
El profeta Isaías nos lo anuncia con palabras llenas de fuerza: «Sed fuertes, no temáis. He aquí vuestro Dios: viene en persona y os salvará.» Esta frase es el corazón del Adviento. Dios no se queda lejos. No delega la salvación. No la aplaza indefinidamente. Viene Él mismo. Entra en nuestra historia. Se implica. Por eso el desierto florece, por eso los rescatados vuelven cantando, por eso el gozo y la alegría vencen al dolor. No es una ilusión poética: es la consecuencia de la presencia real de Dios.
El salmo continúa esta proclamación mostrándonos cómo actúa el Señor: mantiene su fidelidad, hace justicia, da pan, libera, abre los ojos, endereza, sostiene, guarda. No es un Dios abstracto, sino un Dios que reina actuando, que gobierna salvando. Por eso podemos decir con confianza: «El Señor reina eternamente.» La historia no está abandonada. Nuestra vida no está a la deriva. La fidelidad de Dios es más fuerte que cualquier fragilidad humana.
La segunda lectura nos ayuda a comprender cómo vivir esta certeza. Santiago nos dice: «Esperad con paciencia hasta la venida del Señor… fortaleced vuestros corazones.»
La paciencia cristiana no es pasividad ni resignación. Es la actitud de quien sabe que Dios cumple sus promesas, aunque no siempre al ritmo que nosotros quisiéramos. Es la paciencia de los profetas, que vivieron entre la promesa y su cumplimiento sin abandonar la fidelidad. Por eso la alegría cristiana no elimina la espera, sino que la sostiene.
En el Evangelio aparece una pregunta decisiva: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Es la pregunta de Juan el Bautista, pero también la pregunta de todo creyente cuando la realidad no coincide con lo que esperaba. Jesús responde no con teorías, sino con hechos: los ciegos ven, los cojos andan, los pobres reciben la buena noticia. Es decir, las señales anunciadas por los profetas están ya en marcha. El Reino ha comenzado, aunque no siempre como lo imaginamos.
Y Jesús añade una palabra clave: «Bienaventurado el que no se escandalice de mí.»
La alegría de Adviento exige una fe purificada, capaz de reconocer a Dios tal como Él viene, no como nosotros lo diseñamos. No viene imponiéndose, sino salvando. No viene deslumbrando, sino transformando desde dentro.
Por eso, Adviento no es solo recordar que Cristo vino ni solo esperar que vuelva al final de los tiempos. Es aprender a reconocer que viene ahora, que su presencia ya está actuando, que la salvación está en marcha. Y cuando se vive desde esta certeza, nace una alegría serena y firme, que no depende de que todo vaya bien, sino de saber que Dios no abandona su obra.
Hoy la Iglesia se alegra porque el Señor está cerca. Cerca en la historia, cerca en la Iglesia, cerca en nuestra vida. Y esta es la alegría que nadie puede robarnos.
Oración conclusiva
Señor Jesús,
Tú que viniste en la humildad de nuestra carne
y vendrás en la gloria de tu Reino,
afirma hoy nuestra alegría y fortalece nuestra espera.
Enséñanos a vivir con paciencia creyente,
a discernir tus signos con un corazón sencillo
y a confiar en tu fidelidad que no defrauda.
Ven, Señor Jesús.
Nuestra alegría eres Tú.
Amén.
