PERSEVERA

Homilía para el miércoles de la XXXIV Semana del Tiempo Ordinario (Año impar), Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28 – Salmo: Dan 3,62-67 – Evangelio: Lc 21,12-19.

Las lecturas de hoy nos recuerdan dos verdades esenciales: el mal no es eterno, y la fidelidad sostenida en Dios nunca es inútil.

La primera lectura es tan actual como antigua. El rey Belsasar celebra un banquete desbordado de autosuficiencia y de arrogancia. Entre copas y risas manda traer los vasos sagrados del Templo de Jerusalén —los vasos de Dios— para brindar con ellos en honor a ídolos de oro, plata y piedra. Es la imagen perfecta del corazón humano cuando, creyéndose dueño del mundo, juega con lo más sagrado y reduce a objeto aquello que es don.

Y mientras los hombres celebran, una mano escribe en la pared. Un gesto silencioso, casi imperceptible, pero suficiente para que el rey se quede sin color en el rostro, para que sus rodillas choquen, para que su orgullo se deshinche en un instante. La Escritura dice: “Contado, pesado, dividido.” Es decir: tu poder tiene fin; tus obras han sido medidas; tu reino, dividido. El mensaje es claro: Dios no permanece indiferente ante la soberbia. Los imperios caen, las máscaras se caen, las obras sin Dios se desmoronan.

Frente a la escena del banquete pagano, el salmo tomado de Daniel nos invita a otra actitud: “Bendecid al Señor, todas sus obras.” Frente a la voz de los ídolos, la alabanza humilde. Frente al ruido del poder, la adoración silenciosa. Frente al orgullo que se eleva, el corazón que se arrodilla. Es un contrapeso espiritual: lo que el mundo considera grande, Dios lo hace pequeño; lo que el mundo considera pequeño —una actitud humilde, una fidelidad perseverante— Dios lo engrandece.

El Evangelio completa el cuadro. Jesús no solo advierte que llegarán persecuciones y pruebas, sino que sitúa la fidelidad en el terreno del testimonio. Su mensaje no tiene la dureza del castigo, sino la claridad de quien ama: “Os perseguirán… os llevarán ante reyes… y esto os servirá de ocasión para dar testimonio.”

No es un anuncio para asustar, sino para despertar. Jesús dice que habrá momentos en que no sabremos qué hacer o qué decir, y sin embargo promete: “Yo os daré palabras y sabiduría.” En esos momentos —cuando desaparezcan nuestras falsas seguridades— quedará a la vista lo único que salva: la fidelidad confiada.

La frase final del Evangelio es: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.” No dice “con vuestras fuerzas”, ni “con vuestros éxitos”, ni “con la ausencia de problemas”. Dice con vuestra perseverancia, esa fidelidad pequeña, silenciosa, constante, que sostiene la fe cuando el entorno la sacude.

Hoy, la Palabra nos dibuja un camino muy concreto:

No vivir como Belsasar, creyendo que podemos mezclar lo sagrado con lo superficial sin consecuencias. – No dejarnos confundir por los ídolos modernos: poder, control, éxito, apariencia. – No temer si todo se tambalea, porque Dios escribe en nuestras paredes interiores una palabra que no amenaza, sino que despierta. – Vivir en fidelidad, aunque el mundo se vuelva hostil. – Crecer en perseverancia, porque la salvación no se conquista en un día, sino en un camino. – Confiar en que Dios sostiene a quienes se mantienen de pie ante la presión y de rodillas ante Él.

Quizá hoy la mano de Dios no escriba en una pared visible, pero sí escribe en nuestras conciencias. Escribe en cada prueba, en cada sacudida, en cada crisis que deja al descubierto lo que no era roca. Y esa escritura interior nos dice:
“Cuenta conmigo. No estás solo. Tu fidelidad no es en vano.”

Ofrenda del pan y del vino

Señor Jesús, hoy presentamos en tu altar nuestras paredes escritas,
las zonas de nuestra vida donde resuena tu advertencia, y también los espacios donde tu luz comienza a entrar.

Colocamos ante Ti nuestras falsas seguridades, nuestros miedos a perder,
nuestras fidelidades frágiles, nuestro deseo sincero de permanecer en Ti.

Que este pan y este vino sean signo de nuestra perseverancia. Purifica lo que debe caer, fortalece lo que debe quedar, y haz de nuestra vida un lugar donde tú reines con tu verdad.

Oración conclusiva

Señor,
cuando el mundo presume de grandeza
y nuestra fe parece pequeña,
sostén nuestro corazón.

Cuando otros levantan ídolos
y nosotros solo tenemos tu Palabra,
mantennos fieles.

Cuando temamos la prueba,
pon en nuestra boca la sabiduría prometida.

Escribe en nuestro interior tu llamada,
borra nuestros engaños,
y guíanos hacia la perseverancia que salva.

Y que María, mujer fiel en tiempos oscuros,
nos enseñe a confiar incluso cuando la hostilidad se presente,
para que tú seas siempre nuestra roca y nuestro descanso. Amén.