Homilía – miércoles de la 32ª Semana del Tiempo Ordinario – Memoria de San Josafat
Hermanos:
Celebramos hoy la memoria de San Josafat, obispo y mártir, testigo valiente de la unidad de la Iglesia, de la fidelidad al Evangelio y de la caridad hasta el extremo.
San Josafat es un testigo incómodo y profético. Amó a la Iglesia hasta dar la vida por su unidad. Nacido en tierra de tensiones, vivió en la frontera entre Oriente y Occidente, y su corazón supo abrazar ambas tradiciones en una fidelidad sin fisuras al Evangelio y al Papa. Hoy, mientras lo recordamos, el Evangelio nos presenta a diez leprosos curados… y a uno solo que vuelve. Es Jesús quien lanza la pregunta: “¿Dónde están los otros nueve?”
La pregunta de Jesús sigue viva. Y no es solo una cuestión de gratitud, sino de presencia, de fidelidad, de relación. ¿Dónde estamos nosotros? ¿Qué hacemos con los dones recibidos? ¿Dónde está nuestra respuesta?
El Evangelio de hoy no habla de los que piden, sino de los que vuelven. Diez gritaron con fe: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros.” Es el grito de diez leprosos. Diez personas marcadas por la exclusión, pero capaces de levantar la voz juntos para pedir ayuda. Lo hacen en comunidad. Jesús los atiende, los cura, los envía… pero solo uno regresa. Y aquí, el Evangelio nos golpea: “¿Los otros nueve dónde están?”
Solo uno, un samaritano —el extranjero, el impuro, el último— volvió glorificando a Dios. Y fue él quien escuchó de labios del Señor: “Tu fe te ha salvado.”
Jesús no se entristece por curar sin recibir gracias; lo que le duele es que, al ser curados, se alejen. Que reciban el don, pero no deseen la relación. Que prefieran la salud sin el Salvador. Que se queden con la vida, pero se olviden del Dador.
Y esta es nuestra tentación: recibir a Dios solo cuando lo necesitamos, pero no volver a Él cuando nos sana. Jesús sigue preguntando hoy por ti y por mí: “¿Dónde estás?”
La primera lectura nos recuerda que “Dios examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones”. No basta hacer lo justo, lo correcto, lo que “hay que hacer” para quedar tranquilos. El Señor mira el corazón, la intención, la verdad interior. No se impresiona por lo exterior, sino por la disponibilidad con la que acogemos sus dones y vivimos desde ellos.
“Los que se dejen instruir en las cosas santas, encontrarán defensa”, leemos en el libro de la Sabiduría. ¿Nos dejamos instruir por el Evangelio? ¿Anhelamos las palabras del Señor como quien busca vida? ¿O vivimos en la queja constante, en la autosuficiencia, en la fe vivida solo por costumbre?
San Josafat vivió todo esto en carne propia. No fue un idealista ingenuo, sino un hombre real, profundamente creyente, profundamente exigido. Su vida fue atravesada por el conflicto, la oposición, el desprestigio… pero no abandonó ni el Evangelio ni a la Iglesia. Fue pastor en medio del lodo, defensor de la unidad en tierra dividida, y sembrador de paz en tiempos agrios. Él entendió que la unidad por la que Jesús rezó en la Última Cena no era una opción bonita, sino un mandato de amor.
Y quizá por eso su figura incomoda, porque nos recuerda que la fe verdadera exige volver, comprometerse, reconciliar, servir, entregar la vida.
Al presentar el pan y el vino sobre el altar, presentemos también nuestra respuesta agradecida. Que el Señor reciba nuestra vuelta. Que no seamos de los que se alejan con los dones, sino de los que se quedan con el Dador. Ofrezcamos nuestro deseo de vivir la fe con coherencia. Que, como San Josafat, seamos instrumentos de comunión, constructores de unidad, creyentes que se dejan tocar por el Evangelio en serio.
Oración conclusiva
Señor Jesús,
Tú que escuchas el grito del que sufre,
enséñanos a volver a ti con corazón agradecido.
No dejes que nuestra fe se quede en la superficie,
ni que se apague la llama de la gratitud.
Tú que examinas nuestras obras y conoces nuestras intenciones,
purifica lo que somos, y haznos humildes y fieles.
Que, como San Josafat, vivamos entregados a la unidad,
a la justicia, al Evangelio.
Y que María, Madre de la Iglesia,
nos ayude a ser discípulos que regresan,
que agradecen, y que sirven.
Amén.
