PARA QUE DEIS FRUTO

Homilía — 14 de mayo. Fiesta de San Matías, apóstol. “Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto”

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la fiesta de San Matías, apóstol, aquel discípulo elegido para ocupar el lugar de Judas y completar de nuevo el grupo de los Doce. Su fiesta nos habla de elección, de fidelidad, de misión y de fruto. Nos recuerda que la Iglesia no se sostiene sobre protagonismos humanos, sino sobre la iniciativa fiel de Dios, que llama, cura las heridas de la comunidad y vuelve a enviar.

La primera lectura nos sitúa en un momento delicado para la Iglesia naciente. Judas ha abandonado el camino. Hay una herida abierta en el grupo de los apóstoles. Y, sin embargo, la comunidad no queda paralizada por el fracaso. Reza, discierne, mira la Escritura, busca la voluntad de Dios. Pedro se pone en pie en medio de los hermanos y comprende que es necesario elegir a uno que haya acompañado a Jesús desde el principio, desde el bautismo de Juan hasta la ascensión, para que sea testigo de la resurrección.

Esto es muy importante: el apóstol no es ante todo un organizador, un funcionario o una persona con cualidades humanas brillantes. El apóstol es testigo. Testigo de Cristo vivo. Testigo de su camino, de su cruz, de su resurrección. Matías es elegido porque ha estado con Jesús, porque ha caminado con Él, porque puede anunciar desde la experiencia que el Señor vive.

También nosotros, cada uno según su vocación, estamos llamados a ser testigos. La fe cristiana no se transmite sólo con ideas, sino con una vida que ha sido tocada por Cristo. Nadie puede anunciar de verdad a Jesús si antes no ha permanecido con Él. La misión nace de la intimidad, de la escucha, de la oración, de una vida acompañada por el Señor.

El salmo nos hace cantar: “El Señor lo sentó con los príncipes de su pueblo”. Dios levanta al humilde. Matías no aparece buscando puestos ni reclamando honores. Permanece disponible, oculto, fiel. Y cuando llega la hora, la Iglesia reconoce en él un don de Dios. Cuántas veces el Señor actúa así: prepara en lo escondido, madura en el silencio, llama en el momento oportuno. La verdadera grandeza evangélica nace de la disponibilidad humilde.

En el Evangelio, Jesús nos lleva al corazón de toda vocación apostólica: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. Antes de enviarnos, Cristo nos ama. Antes de pedir fruto, nos invita a permanecer en su amor. Antes de la misión está la comunión. Esta es la raíz de todo apostolado: saberse amado por Cristo con el mismo amor que Él recibe del Padre.

Por eso Jesús añade: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto”. La vocación cristiana no nace de una ocurrencia personal ni de un simple gusto religioso. Nace de una elección de amor. Dios nos ha mirado, nos ha llamado, nos ha confiado una misión. Y esa misión tiene un fin: dar fruto.

¿Y cuál es el fruto que Jesús espera? El fruto del amor. Lo dice claramente: “Esto os mando: que os améis unos a otros”. El fruto de un discípulo se reconoce en la caridad, en la comunión, en el servicio, en la fidelidad, en la alegría, en la capacidad de perdonar, en el deseo de llevar a otros hacia Cristo.

San Matías nos enseña que ningún lugar en la Iglesia es pequeño cuando se vive desde la fidelidad. Quizá no sabemos mucho de su vida después de ser elegido, pero eso también es una enseñanza. No importa tanto aparecer, como permanecer. No importa tanto destacar, como dar fruto. No importa tanto ocupar un puesto, como vivir unidos a Cristo y servir a su Iglesia.

Hoy podemos preguntarnos: ¿me siento elegido por Cristo o vivo la fe sólo como costumbre? ¿Permanezco en su amor o me desgasto lejos de la fuente? ¿Qué fruto está dando mi vida para Dios y para los hermanos?

Que esta Eucaristía nos ayude a renovar la gracia de nuestra elección bautismal. Como San Matías, dejémonos mirar, llamar y enviar por el Señor. Permanezcamos en su amor, y nuestra vida dará fruto abundante para la Iglesia y para el mundo.

Amén.