ORDENAR EL CORAZÓN

Homilía – lunes de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario (Año Impar) Creer contra toda esperanza. Vivir para lo que permanece.

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos invita a creer en Dios, aunque todo parezca imposible, y a replantear las prioridades que dan sentido a nuestra vida.

San Pablo nos habla de Abraham, el hombre que “creyó en esperanza contra toda esperanza” Y Jesús, en el Evangelio, nos advierte con fuerza: “¡Necio! Esta noche te van a reclamar el alma. ¿De quién será todo lo que has acumulado?”

Ambas lecturas son un espejo: ¿dónde está puesta nuestra seguridad? ¿En lo que poseemos o en quien nos sostiene? ¿Vivimos acumulando cosas o confiando en las promesas de Dios?

a) Abraham: la fe que confía más allá de lo visible (Rm 4,20-25) San Pablo presenta a Abraham como modelo del creyente: creyó en un Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. Aunque su cuerpo era anciano y su esposa estéril, no dudó de la promesa, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios.

Pablo nos recuerda que esa misma fe se nos pide a nosotros: confiar en Dios incluso cuando no vemos resultados, creer en su fidelidad cuando todo parece perdido. Esa es la fe que salva: no la fe del cálculo, sino la fe del abandono confiado.

b) El Evangelio: el rico insensato (Lc 12,13-21) Jesús cuenta una parábola provocadora: un hombre acumula bienes, graneros y seguridades, pero Dios le dice: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma.”

El problema no es tener bienes, sino vivir como si todo dependiera de ellos. El rico no aparece como malvado, sino como alguien que ha olvidado lo esencial. Vive encerrado en su “yo”: – “Mis graneros” – “Mi cosecha” Y en su monólogo no hay espacio para Dios ni para los demás.

Jesús lo llama “necio” porque ha perdido la sabiduría del corazón: ha confundido vivir bien con vivir para sí. Y concluye con una sentencia clara: “Así será el que amontona para sí, y no es rico ante Dios.”

El contraste entre Abraham y el rico es profundo: Abraham confía en Dios y se abre a la vida. El rico confía solo en sus bienes y termina solo en la muerte.

La fe, hermanos, es una manera de vivir: es dejar que Dios ocupe el centro, es creer que su promesa vale más que cualquier seguridad material.

“Creer contra toda esperanza” no significa resignarse, sino esperar en el Dios que cumple su palabra. Y “ser rico ante Dios” significa llenar la vida de lo que no pasa: fe, amor, generosidad, misericordia.

Cuando la fe crece, el miedo retrocede. Cuando confiamos, el corazón se abre.
Cuando damos, la vida se multiplica.  La verdadera riqueza no está en el tener, sino en el dar; no en el poseer, sino en compartir.

Hermanos: Esta Palabra es muy actual en nuestro mundo, donde el éxito y la acumulación parecen el sentido de la vida. Pero el Evangelio nos dice: “Ten cuidado, no pongas tu esperanza en lo que perece.” En nuestra comunidad también estamos llamados a ser “ricos ante Dios”:

– Los padres, cuando transmiten la fe a sus hijos, están sembrando un tesoro que no se pierde.  – Los ancianos y enfermos, cuando ofrecen su vida con paciencia, son graneros de esperanza. – Los jóvenes, cuando optan por la verdad y la justicia, son testigos de un Reino que no pasa. La fe no nos pide dejarlo todo, sino ordenar el corazón, vivir libres del apego, confiando en Dios que provee.

Al presentar el pan y el vino, ofrezcamos también nuestra fe. Pidamos al Señor que nos libre del miedo a perder y nos conceda la confianza de Abraham.
Que sepamos vivir con las manos abiertas, sin acumular, sabiendo que todo lo que damos por amor permanece para siempre.

Conclusión orante

Señor Jesús,
Tú que fuiste pobre y libre,
enséñanos a poner nuestra seguridad en el Padre,
no en las cosas que se acaban.

Danos la fe de Abraham,
la esperanza que no se rinde,
y el corazón sencillo que confía en tu promesa.

Líbranos de la necedad del egoísmo,
y haznos ricos en compasión,
sabios en generosidad,
y libres para amar.

“Mi alma espera en el Señor,
más que el centinela la aurora.”
“El Señor es mi herencia y mi riqueza.” Amén.