NO PASARÁN

LECTIO DIVINA – VIERNES XXXIV T.O. (Año impar)

1. LECTIO – ¿Qué dice hoy la Palabra?

La liturgia nos ofrece dos imágenes que dialogan entre sí desde extremos opuestos:

Daniel 7,2-14 nos sitúa ante un océano agitado del que surgen cuatro bestias. Son símbolos del mal que se organiza, de imperios que se levantan con violencia y que dominan por el miedo. Pero, sobre este escenario, irrumpe una visión consoladora:
“Uno semejante a un Hijo de hombre venía en las nubes del cielo”, a quien el Anciano entrega poder, gloria y reino, un reino que no pasará.

En el Evangelio (Lc 21,29-33) Jesús no habla de bestias, sino de una higuera. Invita a mirar el brote pequeño, silencioso, frágil, que anuncia el verano: “Cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca” Y culmina con una declaración definitiva: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

El Reino avanza, aunque el mundo tiemble. La Palabra permanece, aunque todo cambie.


2. MEDITATIO – ¿Qué me dice? ¿Qué nos dice?

La pregunta es inevitable: ¿Dónde miro? ¿A las bestias del caos o a la higuera que brota?

La vida cotidiana —como la historia— está llena de ruidos, amenazas, turbulencias. A veces parece que el mal tiene más fuerza que el bien; que todo brote se seca; que Dios tarda. Pero la Palabra hoy reordena nuestra mirada:

  • El mal puede rugir, pero no tiene la eternidad.
  • El Hijo del hombre avanza, aunque muchos no lo perciban.
  • El Reino crece, incluso en tierra hostil.
  • La Palabra sostiene cuando todo se desmorona.

Si aprendemos a mirar con ojos de discípulo, descubriremos que la higuera brota incluso en invierno: un gesto de caridad, un perdón que se atreve, un silencio que reza, un corazón que vuelve a Dios.

Esta Palabra llega también a nuestras crisis personales: ¿Qué bestias me asustan hoy?
¿Qué brotes ignoro por falta de esperanza?¿En qué promesas estoy apoyando mi vida?


3. ORATIO – ¿Qué le digo al Señor?

“Señor Jesús,
en medio de mis vientos y mareas,
haz que no olvide que Tú eres el Hijo del Hombre
al que el Padre entregó poder y reino.

Enséñame a ver tus brotes,
los pequeños signos del Reino que siembras en mi vida.
Dame un corazón vigilante,
capaz de leer tu paso silencioso.

Que tu Palabra sea mi roca
cuando todo a mi alrededor pase.
Que tu Reino sea mi esperanza
cuando mi fe se debilita.

Toma mis miedos,
ordena mi historia
y hazme confiar en tu eternidad.
Amén.”


4. CONTEMPLATIO – ¿Qué movimiento despierta en mí el Espíritu?

En silencio, deja que se imprima una verdad:

“Su reino no será destruido jamás.”

Repite despacio, como respiración orante:

“El cielo y la tierra pasarán…”“…pero tu Palabra no pasará.”

Mira interiormente esas dos escenas: el mar agitado y la higuera que brota. Permanece contemplando… hasta que el corazón se incline serenamente hacia la higuera. Allí te espera Dios.


5. ACTIO – ¿A qué me compromete hoy la Palabra?

La Palabra invita a un gesto concreto, sencillo y fecundo:

  • Renunciar a la mirada fatalista: no permitir que las noticias apaguen la esperanza.
  • Elegir un brote y cuidarlo: un acto de servicio, una reconciliación pendiente, una oración que retomar.
  • Aferrarte a la Palabra: leerla cada día, aunque sea una sola frase.
  • Transmitir esperanza a alguien que esté agobiado por “sus bestias”.

Hoy, haz algo que anuncie verano. Algo que diga: “El Reino está cerca.”