Homilía – VI Domingo de Pascua
Queridos hermanos:
Estamos ya cerca de Pentecostés. La Pascua va avanzando, y la liturgia nos prepara para acoger de nuevo el gran don del Espíritu Santo. Jesús, en el Evangelio, lo promete con palabras muy consoladoras: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros”. Y añade: “No os dejaré huérfanos”.
Esta frase toca algo muy profundo del corazón humano. Todos conocemos, de una forma u otra, el miedo a quedarnos solos: solos ante las decisiones, solos ante el sufrimiento, solos ante la enfermedad, solos ante el futuro, solos ante la fe. Y Jesús nos dice: no estáis solos. La vida cristiana no consiste en aguantar como podamos hasta el final. La vida cristiana es vivir acompañados por Dios, sostenidos por su Espíritu.
En la primera lectura, Felipe predica en Samaría. Anuncia a Cristo, cura, libera, devuelve esperanza. Y el libro de los Hechos dice una frase preciosa: “La ciudad se llenó de alegría”. Donde llega el Evangelio de verdad, llega la alegría. No una alegría superficial, de ruido o distracción, sino una alegría profunda: la de saberse visitado por Dios, perdonado, levantado, amado.
Después llegan Pedro y Juan, imponen las manos, y los creyentes reciben el Espíritu Santo. La Iglesia nos recuerda así que la fe no es solo aceptar unas ideas. La fe es recibir una vida nueva. Es dejar que el Espíritu Santo habite en nosotros, nos transforme y nos haga testigos.
Por eso el salmo nos invita insistentemente a alabar: “Aclamad al Señor, tierra entera”, “tocad en su honor”, “venid a ver las obras del Señor”, “venid a escuchar”, “bendito sea Dios”. El salmo parece decirnos: abrid los ojos, mirad lo que Dios hace; abrid los labios, cantad; abrid el corazón, agradeced.
A veces los cristianos damos la impresión de vivir la fe como una carga: obligaciones, mandatos, costumbres. Pero hoy la Palabra nos habla de alegría, de Espíritu Santo, de consuelo, de esperanza. La fe también tiene exigencia, claro que sí; Jesús mismo dice: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Pero los mandamientos no son una cadena. Son el camino del amor.
Porque amar a Jesús no es solo emocionarse con Él. No es solo decir: “Señor, Señor”. Amar a Jesús es aceptar su forma de vivir. Es guardar su palabra. Es perdonar cuando cuesta. Es servir cuando nadie lo ve. Es decir la verdad con caridad. Es cuidar la conciencia. Es no devolver mal por mal. Es vivir como hijos, no como huérfanos.
San Pedro, en la segunda lectura, nos da una enseñanza muy necesaria hoy: “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza”. El cristiano tiene que saber dar razón de su esperanza. No se trata de imponer, ni de vencer discusiones, ni de mirar a nadie por encima del hombro. San Pedro lo dice claramente: “con mansedumbre y respeto”.
Qué importante es esto. Dar razón de la esperanza, sí; pero con mansedumbre y respeto. Defender la fe, sí; pero sin agresividad. Anunciar a Cristo, sí; pero sin despreciar. La esperanza cristiana no se transmite a gritos, sino con una vida luminosa. No convence tanto quien habla mucho de Dios, sino quien deja ver que Dios vive en él.
Y San Pedro añade algo más: “en buena conciencia”. La conciencia limpia da fuerza al testimonio. Cuando uno intenta vivir con rectitud, aunque sea con caídas y límites, su palabra pesa más. No porque sea perfecto, sino porque busca sinceramente agradar a Dios.
El centro de todo está en Cristo. San Pedro recuerda: “Como era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida”. Esa es nuestra esperanza: Cristo murió, pero vive. El mal no tuvo la última palabra. La cruz no fue el final. El amor de Dios es más fuerte que la muerte.
Por eso Jesús puede decirnos: “No os dejaré huérfanos”. El Resucitado no se ha ido para desentenderse de nosotros. Está presente por su Espíritu. Está presente en la Iglesia, en los sacramentos, en la Palabra, en los pobres, en la comunidad reunida, en el silencio de la oración, en la conciencia que nos llama al bien.
Que esta palabra entre en nuestro corazón. No estamos solos. El Defensor está con nosotros. El Espíritu Santo sostiene a la Iglesia. Cristo vive. Y quien ama a Cristo y guarda su palabra descubre algo inmenso: que el Señor se le revela, que Dios habita en él, y que la ciudad —la familia, la comunidad, el corazón— puede llenarse de alegría. Amén.
