Jueves de la III Semana de Cuaresma.
La Palabra de hoy nos sitúa ante una decisión radical: escuchar o endurecer el corazón. No hay término medio.
El profeta Jeremías transmite una queja dolorosa de parte de Dios: «Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor». No se trata simplemente de desobediencia exterior. Es algo más profundo: una resistencia interior. Dios habla, pero el corazón se cierra. Dios llama, pero el hombre prefiere su propio camino.
La raíz del pecado nos dice Jeremías, no está en la ignorancia, sino en la negativa a escuchar. «No escucharon ni prestaron oído, caminaron según sus planes». Cuando el hombre absolutiza sus propios criterios, termina alejándose de la vida.
El salmo retoma esta misma advertencia: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón». La palabra clave es hoy. La voz de Dios no pertenece al pasado. Resuena ahora. La Cuaresma es este hoy de Dios. No es recuerdo, es llamada presente.
Endurecer el corazón significa cerrarse a la conversión. Es mantener la propia postura aun cuando la verdad interpela. Es justificar lo que necesita ser transformado. Es refugiarse en la autosuficiencia.
En el Evangelio, Jesús expulsa un demonio y, en lugar de abrirse a la evidencia del bien, algunos lo acusan de actuar con poder maligno. El corazón endurecido es capaz de reinterpretar incluso la acción de Dios para no cambiar. La resistencia interior llega a tal punto que el bien se percibe como amenaza.
Entonces Jesús pronuncia una afirmación que no deja espacio para ambigüedades: «El que no está conmigo está contra mí». La vida espiritual no es neutral. No se puede vivir indefinidamente en la indecisión. O se escucha y se camina con Él, o se permanece en la dispersión.
Escuchar a Dios no es solo oír palabras. Es permitir que su voluntad reoriente la propia vida. Es aceptar que su verdad ilumine nuestras zonas oscuras. Es dejar que su Espíritu reordene nuestros criterios.
La Cuaresma es precisamente este tiempo de escucha profunda. No basta cumplir ritos externos si el corazón permanece cerrado. Dios no busca formalismos; busca obediencia interior, que significa disponibilidad, apertura, docilidad.
El corazón que escucha se unifica. El que se endurece se divide. Jesús lo expresa con claridad: «El que no recoge conmigo desparrama». La falta de decisión termina dispersando la vida.
Hoy el Señor nos llama a una escucha concreta. ¿En qué aspecto me resisto a su voz? ¿Qué cambio sigo postergando? ¿Qué palabra escucho pero no aplico?
La fidelidad comienza en la escucha humilde. El pecado comienza en la autosuficiencia.
Pidamos en esta Eucaristía un corazón sensible. Que no relativice la voz de Dios. Que no endurezca la conciencia. Que sepamos reconocer su acción y adherirnos a Él con decisión.
Que este hoy de Cuaresma no pase en vano. Que podamos escuchar y responder. Porque solo el corazón que escucha puede vivir en comunión con Dios.
