NACIDOS DE LA ORACIÓN

Homilía para la Fiesta de los santos apóstoles Simón y Judas. Lecturas: Ef 2,19-22; Sal 18,2-5; Lc 6,12-19

Hoy la Iglesia celebra con gratitud y alegría la fiesta de los apóstoles Simón y Judas, dos nombres discretos, casi ocultos, pero profundamente grabados en los cimientos del Evangelio. Su vida no aparece llena de milagros espectaculares ni de grandes discursos, pero su silencio es elocuente: pertenece al lenguaje humilde de los que sostienen la fe desde la fidelidad callada. Su testimonio nos recuerda que en la Iglesia no cuentan las apariencias, sino la comunión con Cristo y la fidelidad al envío recibido.

Las lecturas de este día nos ayudan a mirar más allá de la biografía para descubrir la vocación apostólica que todos compartimos. San Pablo, en la carta a los Efesios, nos recuerda que la Iglesia no es una construcción humana, sino un edificio espiritual “edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús mismo.” (Ef 2,20) El Evangelio de Lucas, por su parte, nos muestra el origen de esa vocación: Jesús pasa la noche orando al Padre y, al amanecer, llama a sus discípulos y elige a doce. (Lc 6,12-13)

En esta doble perspectiva —la llamada y la edificación— encontramos el corazón de la fiesta de hoy: una Iglesia nacida de la oración y sostenida por el testimonio.

Lucas nos dice que Jesús, antes de elegir a los Doce, “pasó la noche en oración.”
Este detalle, que podría parecer menor, revela el misterio de toda vocación: nadie se elige a sí mismo para seguir a Cristo; es Cristo quien llama. La llamada nace del diálogo entre el Hijo y el Padre; es fruto de la comunión trinitaria que se derrama sobre el mundo.

Así también Simón y Judas fueron elegidos en esa noche de oración, mirados por Jesús con ternura y confianza. Y esa mirada los transformó para siempre.
Fueron llamados no por sus méritos, sino por el amor gratuito del Maestro.
Su vida se convirtió en prolongación de la suya: testigos de su resurrección, mensajeros de su paz, piedras vivas de la Iglesia naciente.

La vocación apostólica es, por tanto, una misión: llevar la presencia de Cristo donde Él quiere llegar. Y eso vale también para nosotros: en cada cristiano hay un eco de esa noche de oración en la montaña, una llamada que sigue resonando: “Ven, y sígueme.”

Ambos, después de Pentecostés, fueron enviados a anunciar el Evangelio hasta los confines del mundo. La tradición los asocia con Siria, Persia y Mesopotamia, donde sellaron su fe con el martirio. Su vida, silenciosa y escondida, es símbolo de todos los discípulos que trabajan en lo oculto, sosteniendo la Iglesia con la fidelidad más que con las palabras.

En ellos reconocemos que el Evangelio no avanza solo con grandes gestos, sino con la constancia de quienes perseveran, con la esperanza de los que no se cansan, con la entrega de los que aman sin ruido.

San Pablo, en la primera lectura, nos recuerda que la Iglesia es una casa donde Dios habita. Cada creyente es piedra viva en ese edificio espiritual.
Pero no cualquier piedra: una que se une a otras, que se sostiene en la piedra angular que es Cristo.

“Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.” (Ef 2,19)

La fe nos hace pasar de la soledad a la comunión. El cristiano no vive aislado; forma parte de un cuerpo, de una historia, de una comunión que atraviesa los siglos.
Por eso hoy, al celebrar a Simón y Judas, celebramos también la comunión apostólica de toda la Iglesia. Ellos nos recuerdan que no se puede ser apóstol sin vivir en comunión, ni se puede anunciar el Evangelio sin edificar la unidad.

El testimonio de los apóstoles sigue sosteniendo a la Iglesia de hoy, y nos invita a revisar nuestra vida: ¿somos piedras que construyen o piedras que separan?
¿Vivimos nuestra fe como una tarea personal o como parte de un cuerpo que necesita de todos?

Cada uno de nosotros, en su lugar y su vocación, está llamado a ser apóstol en el sentido más profundo: testigo de Cristo Resucitado, constructor de comunión, sembrador de esperanza.

  • Cuando rezas por tu comunidad, estás edificando la Iglesia.
  • Cuando perdonas, cuando ayudas, cuando escuchas, cuando anuncias con tu vida, eres un apóstol del amor.
  • Cuando permaneces fiel en lo pequeño, estás sosteniendo el edificio invisible del Reino.

Los apóstoles Simón y Judas nos enseñan que la santidad no siempre brilla a los ojos del mundo. A veces se confunde con la vida cotidiana, con la paciencia, con la fidelidad silenciosa. Pero en esa fidelidad escondida se edifica la casa de Dios.

Al presentar el pan y el vino, ofrezcamos también nuestro lugar en la Iglesia.
Pidamos ser piedras vivas, unidas por el amor, firmes en la fe, abiertas a la acción del Espíritu. Que esta Eucaristía nos haga conscientes de que todos somos parte de una historia mayor: la historia de un Dios que sigue construyendo su casa sobre el testimonio de sus apóstoles.

 Conclusión orante

Señor Jesús,
que elegiste a Simón y a Judas como testigos de tu Evangelio,
te damos gracias por el don de su fe y de su fidelidad.

Haz que nosotros también,
tocados por tu mirada y fortalecidos por tu Espíritu,
vivamos nuestra vocación con alegría y con amor.

Que seamos piedras vivas de tu Iglesia,
mensajeros de tu paz,
apóstoles del amor en medio del mundo.

Y que, unidos a todos los santos y apóstoles,
podamos un día contemplarte cara a cara,
en la casa donde Tú eres la piedra angular
y nosotros, tus hijos amados.

Amén.