MUY CARO

Homilía: miércoles de la VIII semana del Tiempo Ordinario

El camino de Jesús hacia Jerusalén tiene hoy una gravedad especial. El Evangelio nos dice que los discípulos iban subiendo con Él, y Jesús caminaba delante. Esa imagen lo dice todo: Cristo avanza primero, decidido, libre, entregado. Sabe que le esperan la pasión, el rechazo, la burla, los azotes y la muerte. Y, aun así, sube. No lo arrastra el destino; lo mueve el amor. No va hacia la cruz como un condenado sin salida, sino como el Hijo que entrega la vida para rescatar a sus hermanos.

San Pedro nos ayuda a contemplar el precio de ese amor: “Os rescataron al precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto”. Nuestra vida no ha sido comprada con cosas pasajeras. No valemos por lo que poseemos, por lo que aparentamos, por lo que rendimos o por lo que otros opinan de nosotros. Valemos la sangre de Cristo. Cada persona humana lleva inscrita esta dignidad inmensa: ha sido amada hasta la sangre del Hijo de Dios. Y quien descubre esto ya no puede vivir de cualquier manera, como si su vida fuera barata, como si su alma pudiera venderse al primer ídolo que promete seguridad, éxito o placer.

Pedro añade algo precioso: “Habéis vuelto a nacer”. La fe cristiana no es solo una mejora moral, ni un barniz religioso para personas educadas. Es un nacimiento nuevo. En Cristo se nos regala una vida que viene de Dios, una palabra viva que permanece, una esperanza que no se marchita. Todo lo humano pasa como hierba; la belleza, la fuerza, el prestigio y los aplausos se secan. La Palabra del Señor permanece para siempre, y sobre esa Palabra podemos construir una existencia firme.

Sin embargo, mientras Jesús habla de entrega, Santiago y Juan piensan en puestos de honor. Mientras el Maestro anuncia la cruz, ellos sueñan con sentarse a su derecha y a su izquierda. Y los otros diez se indignan. Tal vez su indignación no nace de una pureza perfecta, sino de verse adelantados en la carrera por el poder. Así somos muchas veces: podemos caminar cerca de Jesús y seguir midiendo la vida con criterios de competencia, prestigio, comparación y dominio.

Entonces Jesús reúne a los Doce y les revela la lógica del Reino: “El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. En la Iglesia, en la familia, en la comunidad, en el trabajo, la verdadera grandeza no se impone: se entrega. La autoridad cristiana no aplasta: levanta. La madurez espiritual no busca ocupar un trono: aprende a lavar los pies. Jesús no condena el deseo de grandeza; lo purifica. Nos enseña que solo es grande quien ama mucho, quien sirve con humildad, quien entrega la vida sin convertir a los demás en escalones para subir.

Hoy la liturgia nos invita a glorificar al Señor, como canta el salmo, porque ha dado a conocer su Palabra y ha abierto para nosotros un camino de salvación. Miremos a Cristo que sube delante de nosotros. Dejemos que su sangre nos recuerde nuestro valor, que su Palabra nos haga nacer de nuevo y que su ejemplo cure nuestras ambiciones heridas. Y pidamos la gracia de seguirlo por el camino más evangélico y fecundo: el servicio humilde, alegre y cotidiano.

Y en este mes de mayo, mes en el que tantas veces hemos mirado a María con amor de hijos, pongamos también bajo su mirada esta llamada al servicio. Ella, la humilde esclava del Señor nos enseña que la grandeza verdadera comienza cuando uno se pone enteramente en manos de Dios. María no buscó los primeros puestos; ocupó el lugar de la fe, de la escucha, de la disponibilidad y de la entrega silenciosa. Por eso, al mirar a Cristo que sube a Jerusalén para dar la vida, encontramos junto a Él a su Madre, caminando en la misma lógica del amor humilde. Que Santa María nos ayude a nacer de nuevo por la Palabra, a vivir conscientes del precio de la sangre de Cristo y a servir sin buscar honores, para que nuestra vida glorifique al Señor con la sencillez y la alegría de los hijos.