Homilía. Solemnidad de la Santísima Trinidad
La Trinidad revelada en Cristo, Redentor del mundo
Queridos hermanos:
Después de Pentecostés, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio más hondo de nuestra fe: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Trinidad no es un problema que resolver, sino un misterio que acoger. No es una idea abstracta, sino la revelación de quién es Dios y, al mismo tiempo, de quiénes estamos llamados a ser nosotros.
Dios, en su intimidad eterna, no es soledad cerrada, sino comunión viva de amor. El Padre ama, el Hijo recibe y responde en entrega, y el Espíritu Santo es el Amor que une, comunica y vivifica. A esto llamamos la Trinidad inmanente: el misterio de Dios en sí mismo, su vida eterna, su comunión perfecta, su amor sin origen ni fin. Pero este misterio, que supera nuestra inteligencia, no ha permanecido escondido en una lejanía inaccesible. Se nos ha revelado en Cristo, Redentor del mundo.
El Evangelio de hoy nos conduce al centro de esta revelación: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.” En Cristo descubrimos que Dios no se guarda para sí, sino que se entrega. El Hijo enviado al mundo manifiesta el amor del Padre, y por el Espíritu somos introducidos en esa vida divina. La Trinidad se revela, por tanto, como un movimiento de amor hacia nosotros: el Padre ama, el Hijo se entrega, el Espíritu nos comunica la salvación.
Por eso, el Dios cristiano no es un poder frío ni una divinidad distante. Es el Dios que se acerca, que se compadece, que salva. Ya en el Éxodo, ante Moisés, Dios se revela como “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. No se define desde la fuerza que domina, sino desde el amor que se inclina. Moisés, consciente de la fragilidad de su pueblo, suplica: “Que mi Señor vaya con nosotros.” Esa es también nuestra oración: Señor, camina con nosotros, porque sin ti el corazón se pierde y la vida se vacía.
San Pablo resume esta experiencia cristiana con una bendición luminosa: “La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros.” La gracia del Hijo nos redime, el amor del Padre nos sostiene, la comunión del Espíritu nos une y nos transforma.
Creer en la Trinidad es dejarnos envolver por este misterio de amor. Si Dios es comunión, no hemos sido creados para vivir encerrados en nosotros mismos. Si Dios es entrega, nuestra vida solo se realiza cuando se hace don. Si Dios es amor que salva, la fe verdadera nos mueve a mirar el mundo no con condena, sino con misericordia.
Cada vez que hacemos la señal de la cruz entramos en este misterio: pertenecemos al Padre que nos ama, al Hijo que nos redime y al Espíritu que habita en nosotros. A este Dios uno y trino, gloria y alabanza por los siglos. Amén.
