MIRAR AL CIELO CON ESPERANZA

Homilía para el lunes de la XXX Semana del Tiempo Ordinario (año impar), basada en Romanos 8,12-17 y Lucas 13,10-17.

Las lecturas de hoy nos conducen al corazón mismo del Evangelio: la libertad de los hijos de Dios y la gracia que endereza lo que el pecado ha doblado.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos ofrece una descripciones muy bella de la vida cristiana: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo.” (Rm 8,14.17)

Y el Evangelio nos muestra a Jesús devolviendo la verticalidad a una mujer encorvada desde hacía dieciocho años. La mirada del Señor la alcanza, su palabra la toca, y ella vuelve a erguirse, libre y agradecida, mirando al cielo.

Estas dos imágenes —el hijo que ha recibido el Espíritu y la mujer que vuelve a mirar hacia lo alto— son dos caras de una misma verdad: cuando el Espíritu de Dios habita en nosotros, el alma se levanta, la vida recobra su forma, y el hombre puede mirar de nuevo al cielo con esperanza.

San Pablo comienza diciendo que no hemos recibido “un espíritu de esclavitud para recaer en el temor”, sino “el Espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar: ¡Abbá, Padre!” El Espíritu Santo, en el corazón del creyente libera y transforma. Nos hace pasar del miedo a la confianza, de la rigidez a la ternura.

Quien se sabe hijo de Dios vive la vida
como un don que hay que agradecer. Esa es la diferencia radical entre la religión del miedo y la fe del amor. El Espíritu nos enseña a mirar a Dios como a un Padre que nos levanta cuando caemos y nos acompaña cuando dudamos.

Esta es la gran noticia de Pablo: ya no estamos bajo el peso de la ley, sino bajo la fuerza de la gracia. Y esa gracia, cuando la dejamos actuar, nos endereza por dentro: nos hace vivir de pie ante Dios, con la frente alta y el corazón humilde.

El Evangelio de Lucas pone rostro a esta verdad interior. Jesús enseña en la sinagoga, y allí ve a una mujer que desde hacía dieciocho años vivía encorvada, incapaz de mirar al cielo. No pidió ayuda. Simplemente estaba allí, quizás resignada, quizás olvidada. Pero Jesús la ve. Esa mirada (como tantas miradas) es el comienzo de toda salvación.

Le dice: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad.” Y al instante se endereza y alaba a Dios.

Esa escena es un icono de lo que el pecado hace y de lo que la gracia repara.
El mal —sea físico, moral o espiritual— nos encorva, nos cierra sobre nosotros mismos, nos roba la esperanza. La gracia, en cambio, nos levanta, nos abre, nos devuelve la mirada al cielo.

Cuando Jesús endereza a aquella mujer, está restaurando algo más que una postura física: está devolviendo al ser humano su dignidad perdida.
Ella vuelve a mirar hacia arriba porque ha descubierto en Cristo el rostro del amor que libera.

La imagen de la mujer erguida y la palabra de Pablo se iluminan mutuamente:
el Espíritu que clama “Abbá, Padre” es el mismo que, en Cristo, levanta lo encorvado y devuelve al hombre su dignidad.

Podemos decir, con verdad, que la historia de la salvación es la historia de un Dios que enseña a su criatura a mirar al cielo. Desde Adán, que baja la mirada avergonzado, (incluso se esconde) hasta la mujer de hoy, que la eleva de nuevo, todo el itinerario bíblico es un camino de redención de la mirada: el paso de la vergüenza a la confianza, del miedo a la filiación, de la esclavitud a la libertad.

Ser hijo de Dios es vivir en esa verticalidad interior: con los pies en la tierra y los ojos en el cielo, con el corazón abierto y las manos extendidas, agradeciendo el don recibido y compartiendo lo que somos.

Cada vez que el Evangelio toca nuestra vida, algo en nosotros se levanta y comienza a mirar de nuevo hacia arriba. Porque el que ha sido mirado por Jesús, ya no puede vivir mirando al suelo. ¡Cuánta veces hemos escuchado de Jesús, levántate ¡

La Palabra de hoy nos invita a recuperar la mirada filial.

  1. Mirar a Dios como Padre. No con miedo, sino con confianza.
    La oración del hijo se apoya en la confía. Repite desde lo hondo: “Abbá, Padre.”
  2. Mirar la vida desde la gracia. No desde la culpa, sino desde la certeza de saberse amado. La gracia no elimina la lucha, pero cambia el tono del combate: del miedo a la esperanza.
  3. Mirar a los demás con misericordia. Quien ha sido enderezado por Cristo no mira por encima del hombro, sino desde el corazón. La libertad de los hijos se traduce en compasión. No en miradas que matan

Al presentar el pan y el vino, ofrezcamos a Dios todo aquello que aún nos encorva: las cargas, las heridas que nos hacen mirar al suelo. Pidámosle que su Espíritu nos enderece de nuevo y nos dé ojos capaces de mirar al cielo, de reconocer el don, de agradecer la vida. Que cada Eucaristía sea un gesto de libertad: el momento en que el Padre nos levanta y el Espíritu nos recuerda que somos hijos, herederos y coherederos con Cristo.

Conclusión orante

Señor Jesús,
Tú que miraste a la mujer encorvada y la liberaste de su enfermedad,
míranos también a nosotros cuando el peso de la vida nos inclina hacia el suelo.
Libera nuestro corazón de todo mal y levanta nuestra mirada hacia Ti.

Espíritu Santo,
haznos sentir dentro la voz que dice: “Eres hijo, eres amado.”
Endereza nuestra fe cuando se debilita,
y enséñanos a mirar la vida con esperanza.

Padre bueno,
gracias por hacernos tus hijos.
Gracias por el don de tu Espíritu que nos levanta y nos hace mirar al cielo.
Haz que vivamos de pie ante Ti,
libres, agradecidos y llenos de amor.

Ponemos nuestras vidas al amparo de la Santísima Virgen María.

Amén.