Martes de la 5.ª Semana de Cuaresma
La Palabra de hoy nos conduce a un punto central del camino cuaresmal: la salvación llega cuando el hombre deja de mirarse solo a sí mismo y aprende a levantar los ojos hacia Dios. En medio del cansancio, del pecado y de la herida, la Escritura nos enseña que hay una mirada que salva.
En el libro de los Números encontramos al pueblo atravesando el desierto. Una vez más aparece la queja, el cansancio, la impaciencia. El corazón se endurece, la palabra se vuelve amarga, y la relación con Dios se resiente. Entonces llegan las serpientes venenosas, y el pueblo comienza a morir. Es una escena fuerte, pero profundamente simbólica. El veneno no está solo en las serpientes; ya estaba antes en el interior: en la murmuración, en la ingratitud, en la ruptura de confianza.
Cuando el pueblo reconoce su pecado, Dios no elimina mágicamente la prueba, pero ofrece un camino de curación: una serpiente de bronce levantada en alto. Quien la mire, vivirá. La sanación comienza cuando el hombre deja de girar sobre su herida y se atreve a mirar hacia el signo que Dios le ofrece.
Esto ya anticipa de manera luminosa el misterio de Cristo. Por eso el Evangelio recoge una palabra decisiva de Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, sabréis que “Yo Soy”.»
Aquí Jesús está hablando de la cruz. El “ser levantado” no es primero una exaltación gloriosa según los criterios del mundo, sino su elevación en la cruz, su entrega, su humillación aceptada por amor. Y precisamente allí, en ese lugar donde parece solo haber fracaso, se revela quién es Él: “Yo Soy”. La expresión remite al nombre mismo de Dios, al misterio del Dios vivo que se revela a Moisés. Jesús está diciendo que en su cruz se manifestará plenamente la identidad de Dios.
Esto es inmenso. Porque el hombre suele buscar a Dios en lo brillante, en lo poderoso, en lo incontestable. Y, sin embargo, Jesús afirma que Dios se revelará de modo supremo en el Crucificado. La cruz no es un accidente vergonzoso de la historia, sino el lugar donde se desvela el corazón de Dios: un amor que no retrocede, una fidelidad que no se rompe, una misericordia que entra en nuestra muerte para rescatarnos desde dentro.
El salmo pone en nuestros labios la actitud del hombre que necesita ser salvado: «Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti.» No es la voz del que se siente fuerte, sino la del que sabe que necesita ayuda. La salvación comienza cuando el grito deja de convertirse en queja estéril y se transforma en súplica verdadera.
La liturgia de hoy nos invita, por tanto, a revisar la dirección de nuestra mirada. Muchas veces vivimos fijados en nuestras heridas, en nuestros miedos, en nuestros pecados, en nuestras frustraciones. Otras veces nos quedamos atrapados en el veneno interior del resentimiento, de la crítica o de la desesperanza. Y la Palabra nos dice: mira más alto. Mira al que ha sido levantado por ti. Mira a Cristo.
Mirarlo no significa un gesto exterior sin más. Significa creer. Significa reconocer que la salvación no nace de nuestras fuerzas, sino de su entrega. Significa aceptar que la cruz no es solo el signo del sufrimiento, sino el lugar donde Dios ha puesto su amor redentor.
Hay una paradoja muy profunda en todo esto: el pueblo del desierto sana mirando precisamente el signo que representa aquello que lo ha herido. Del mismo modo, nosotros somos salvados mirando la cruz, el lugar donde se concentra todo el peso del pecado del mundo y, al mismo tiempo, toda la fuerza del amor de Dios. Lo que parecía solo muerte se convierte en camino de vida.
En esta quinta semana de Cuaresma, cuando ya nos acercamos al umbral de la Pasión, la Iglesia nos invita a levantar los ojos. A no quedarnos encerrados en nuestras propias oscuridades. A mirar a Cristo crucificado con fe. Porque solo cuando miramos al Crucificado comprendemos de verdad quién es Dios y quiénes somos nosotros: pecadores amados, heridos salvados, hombres y mujeres llamados a la vida.
Quizá hoy el Señor nos esté pidiendo justamente eso: dejar de alimentar el veneno interior y empezar a mirar la cruz. Dejar de confiar exclusivamente en nuestras estrategias y apoyarnos en su gracia. Dejar que el “Yo Soy” de Cristo ilumine nuestra identidad, nuestras caídas, nuestras luchas.
Pidamos en esta Eucaristía la gracia de una mirada nueva. Una mirada que no huya de la cruz, sino que descubra en ella la presencia del Dios que salva. Y que, al contemplar al Hijo del Hombre levantado en alto, aprendamos a creer que allí, precisamente allí, está nuestra vida.
