¿MI NOMBRE EN EL CIELO? !QUÉ ALEGRIA¡

Homilía – sábado XXVI del Tiempo Ordinario, año impar. Memoria de San Francisco de Asís

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia nos invita a levantar los ojos al cielo y a la vez a bajar el corazón a lo esencial, celebrando la memoria de San Francisco de Asís, el hombre que, configurado con Cristo pobre y crucificado, supo descubrir la dulzura de Dios allí donde antes solo veía amargura. Su conversión no fue fruto de un plan calculado, sino de una experiencia de gracia: “El Señor me condujo entre los leprosos y lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura”. Desde ese encuentro, Francisco comprendió que la verdadera alegría no está en poseer, sino en despojarse; no en dominar, sino en servir; no en la comodidad, sino en la fraternidad que nace del amor a Dios.

La primera lectura, tomada del libro de Baruc, pone en nuestros labios un grito de súplica: “Ánimo, hijos, gritad a Dios”. El pueblo, humillado por el destierro y la desolación, no tiene otra fuerza que la de clamar al Señor. Y ahí, en el reconocimiento de la propia debilidad, comienza la salvación. El salmo prolonga este mismo canto de esperanza: “Buscad al Señor y revivirá vuestro corazón”. No se trata de negar las dificultades, sino de elegir cómo vivirlas: con Dios o sin Él.

En el Evangelio, los discípulos regresan contentos de la misión: han visto la fuerza del nombre de Jesús expulsando demonios y sanando. Pero el Señor les recuerda que la verdadera alegría no está en los éxitos visibles, sino en una verdad más honda: “Alegraos de que vuestros nombres están escritos en el cielo”. Jesús nos enseña a situar el centro de nuestra vida, no en los resultados inmediatos, sino en la certeza de que somos amados y esperados por Dios.

San Francisco entendió esta enseñanza a la perfección: su vida se convirtió en un cántico de gratitud. Dejó atrás la gloria humana, las riquezas y los sueños de grandeza, para alegrarse solo en la certeza de pertenecer a Cristo. Y por eso pudo cantar al sol, a la luna, al hermano lobo, a la hermana pobreza, porque todo lo contemplaba como don del Padre.

Hoy, al celebrar su memoria, la liturgia nos recuerda que:

  • La conversión comienza cuando reconocemos que necesitamos a Dios y nos dejamos conducir por Él. Así lo experimentó Francisco entre los leprosos.
  • La alegría cristiana no depende de que las cosas vayan bien, sino de que nuestros nombres están inscritos en el cielo, es decir, en el corazón de Dios.
  • La gratitud es la actitud central del discípulo: reconocer los dones recibidos y devolverlos en alabanza y servicio. Como decía san Agustín: “Nada hay mejor que decir gracias a Dios”.

Queridos hermanos:

  • En un mundo que mide la vida por el éxito y la apariencia, San Francisco nos enseña que lo importante es vivir en verdad y sencillez.
  • En nuestras familias y comunidades, podemos hacer presente la conversión de Francisco cuando nos acercamos a los “leprosos” de hoy: los pobres, los enfermos, los descartados, los que viven en soledad.
  • En nuestra vida personal, estamos llamados a cultivar la gratitud: por la vida, por la fe, por la comunidad, por los pequeños signos de bondad que Dios nos regala cada día.

Al presentar el pan y el vino en esta Eucaristía, ofrezcamos también nuestras propias pobrezas, nuestras luchas y sufrimientos. Que, al igual que Francisco, podamos descubrir que lo que parecía amargo se convierte en dulzura cuando se vive unido a Cristo.

Conclusión orante

Señor Jesús,
te damos gracias por el don de San Francisco de Asís,
que supo reconocer tu rostro en los pobres y en la creación.
Concédenos un corazón agradecido,
capaz de descubrir tu amor en lo pequeño,
y danos la alegría de saber que nuestros nombres
están escritos en el cielo.

Santa María, Madre de los pobres,
enséñanos, como a Francisco,
a vivir con sencillez y a cantar siempre tus maravillas.
Amén