Homilía — viernes de la VII Semana de Pascua.
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este viernes nos sitúa ante dos escenas muy distintas, pero profundamente unidas: Pablo compareciendo ante las autoridades, y Pedro dialogando con Jesús resucitado a orillas del lago. En ambas aparece una misma verdad: la misión cristiana nace del amor a Cristo y se sostiene en la fidelidad, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En la primera lectura, Festo expone al rey Agripa el caso de Pablo. Los acusadores no presentan grandes crímenes, sino discusiones religiosas y una cuestión central: un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo. Ahí está el núcleo de todo. Pablo no está preso por una idea cualquiera; está encadenado por confesar que Jesús vive.
La resurrección de Cristo no es un detalle piadoso. Es el centro de la fe. Si Jesús vive, entonces todo cambia: el sufrimiento no tiene la última palabra, el pecado puede ser perdonado, la muerte ha sido vencida, y la vida del discípulo queda llamada a convertirse en testimonio. Pablo, incluso en medio de procesos, acusaciones y viajes impuestos, sigue siendo testigo. Dios va conduciendo su misión por caminos inesperados, hasta Roma.
El salmo nos invita a bendecir al Señor: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre”. Bendecir a Dios en todo momento es reconocer que su misericordia sostiene la vida. A veces bendecimos cuando todo va bien; la fe madura aprende también a bendecir en la incertidumbre, como Pablo, porque sabe que Dios reina y que su amor alcanza de cielo a tierra.
Y el Evangelio nos lleva a una escena de una belleza inmensa. Pedro, que había negado tres veces a Jesús, escucha ahora tres veces la pregunta del Resucitado: “¿Me amas?”. Jesús no le pregunta por sus méritos, ni por sus fuerzas, ni por su pasado. Le pregunta por el amor.
Esta es la gran restauración de Pedro. Donde hubo negación, Jesús hace brotar una confesión humilde: “Señor, tú sabes que te quiero”. Pedro ya no presume de fidelidad. Ya no dice: “aunque todos te abandonen, yo no”. Ahora habla desde la verdad de su pobreza. Sabe que ha fallado, pero también sabe que ama. Y Jesús acoge ese amor herido y lo convierte en misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas”.
Qué consuelo para nosotros. Cristo no descarta a quien ha caído. No reduce nuestra vida a nuestras heridas ni a nuestros fracasos. Si hay amor humilde, Él vuelve a confiar. Nos levanta, nos perdona y nos entrega de nuevo una tarea.
Pero la misión que Jesús confía a Pedro nace de una pregunta esencial: ¿me amas? Antes de pastorear, antes de servir, antes de anunciar, antes de organizar, está el amor a Cristo. Sin amor, el servicio se vuelve carga, rutina o protagonismo. Con amor, incluso lo pequeño se vuelve fecundo.
Jesús anuncia a Pedro que su camino terminará en entrega: “Cuando seas viejo, extenderás las manos…”. Amar a Cristo conduce a dar la vida. Cada uno según su vocación: en la familia, en la comunidad, en el ministerio, en el cuidado de los enfermos, en la fidelidad cotidiana, en el perdón, en el servicio escondido.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos pregunta también a nosotros: “¿Me amas?” No nos lo pregunta para humillarnos, sino para sanarnos. No nos lo pregunta para exigir una perfección imposible, sino para despertar en nosotros una respuesta sincera.
Que esta Eucaristía nos ayude a decir con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Y que, desde ese amor, podamos bendecir al Señor, cuidar a los hermanos y ser testigos de que Jesús está vivo.
Amén.
