HOMILÍA – martes de la III Semana de Adviento
El Adviento vuelve hoy a tocar el centro de nuestra vida espiritual: la conversión del corazón. Pero la conversión nace de la esperanza, nace al saber que Dios está cerca y que su deseo es hacer nuevas todas las cosas: recrear.
La primera lectura, tomada de Sofonías, es como un espejo que nos muestra dos realidades muy distintas. Por un lado, una ciudad rebelde, manchada, que “no escucha la voz del Señor” y “no acepta la corrección”. Es la imagen de un corazón cerrado, endurecido, autorreferencial. Pero enseguida el profeta abre una puerta luminosa: «Entonces purificaré los labios de los pueblos para que invoquen todo el nombre del Señor». Dios, purifica, reúnes, hace germinar un pueblo humilde y pobre “que confiará en el nombre del Señor”.
Esta es la música profunda del Adviento: Dios quiere transformarnos. Él sueña para nosotros un corazón que escuche, que confíe, que vuelva a su camino.
El salmo 33 responde con unas oraciones muy bellas: «El Señor está cerca de los atribulados… salva a los abatidos». Los ojos del Señor miran a quienes buscan el bien, y su oído escucha el grito de quienes lo invocan. En Adviento aprendemos que la conversión comienza cuando nos dejamos mirar y sostener por Dios en nuestra fragilidad.
Y el Evangelio nos ofrece hoy una parábola de enorme finura espiritual: los dos hijos enviados a trabajar en la viña. Uno dice “no quiero”, pero al final va; el otro dice “voy”, pero no va. Y Jesús sentencia con claridad que el primer hijo hizo la voluntad del Padre.
No importa tanto lo que se dice, sino lo que se hace. No impresiona la apariencia, sino la verdad del corazón. No salva el discurso, sino la obediencia concreta.
Y, sin embargo, el punto más desconcertante aparece al final, cuando Jesús afirma que publicanos y prostitutas —los que parecían más lejos— se convierten antes que los jefes religiosos. ¿Por qué? Porque dejaron entrar la luz en su vida, porque fueron capaces de reconocer su necesidad de Dios.
Aquí se abre un mensaje precioso para nuestro Adviento: La conversión no es un esfuerzo moralista, sino un acto de humildad y verdad. Consiste en dejar de justificarnos y empezar a escuchar. En dejar de aparentar y comenzar a caminar. En pasar de las palabras a los hechos.
La conversión que Dios sueña es la de Sofonías: un corazón que ya no confía en sí mismo, sino en Dios; un pueblo humilde que busca refugio en el Señor; una vida que deja espacio a lo nuevo.
Hermanos, quizá nosotros también hemos dicho alguna vez: “No quiero”, por cansancio, por miedo, por falta de claridad. Pero si después “vamos”, si caminamos hacia Dios, aunque sea despacio, aunque sea con torpeza, Él se alegra inmensamente.
Porque Dios mira las obras y la verdad del corazón.
Quizá otras veces hemos dicho demasiado rápido “sí”, pero luego la vida no acompañó ese sí. Hoy el Señor no nos acusa: nos invita a comenzar de nuevo. No importa la incoherencia pasada. Él quiere un corazón que vuelva, que escuche, que acepte su corrección, que confíe.
Este Evangelio es profundamente consolador: no importa lo que fuimos ayer, lo importante es el paso que damos hoy hacia la viña del Señor.
El Adviento es ese tiempo: un tiempo para regresar, para rehacer el camino, para decir un “sí” verdadero con la vida y no solo con los labios.
Que el Señor, que está cerca, nos dé un corazón humilde para escuchar; un corazón confiado para convertirnos; un corazón fiel para caminar hacia Él. Amén.
