27 de diciembre-San Juan Evangelista
Todavía envueltos por la gracia luminosa de la Navidad, cuando la Iglesia proclama con gozo que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, la fiesta de San Juan Evangelista nos conduce al corazón más profundo de la fe. Juan, el discípulo amado, no escribe desde la nostalgia. Habla como testigo. Habla desde lo que ha visto, escuchado y tocado. Por eso su palabra tiene la fuerza de lo verdadero: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca del Verbo de la Vida… eso os anunciamos.”
Esa Vida que se manifestó no es una idea religiosa, no es una inspiración espiritual ni una emoción interior. Es alguien vivo. Es Jesucristo, la Vida eterna que estaba junto al Padre y ha entrado en nuestra historia. Eso es la Navidad: que el Dios invisible ha mostrado su rostro, que el infinito se ha hecho abrazo, que el eterno se ha hecho cercano. En Él el Amor se entregó hasta el extremo, pero el final no fue la derrota. Lo que parecía noche quedó vencido por la aurora de la Resurrección. El silencio del sepulcro se convirtió en Palabra definitiva del Padre. Y así el creyente sabe que el futuro del hombre no está abandonado a la sombra ni a la violencia, sino sostenido por un Amor eterno y fiel.
Juan añade algo esencial: este anuncio no es solo para informar, sino para crear comunión. La misión del Hijo no fue únicamente mostrarnos a Dios, sino hacernos participar de su propia vida. “Os lo anunciamos —dice Juan— para que estéis en comunión con nosotros, y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.” Navidad no es una emoción pasajera; es una invitación permanente a la unidad. En un mundo herido de rupturas, Dios entra para reconciliar. En una sociedad marcada por la soledad, Dios entra para habitar. Donde abundan distancias, Dios siembra cercanía.
Y el Evangelio nos lleva al amanecer decisivo de la fe: la mañana de Pascua. Todavía estaba oscuro cuando María Magdalena corre al sepulcro. Va con el corazón atravesado por la memoria del dolor, por la cruz, por la muerte. Pero va. Porque quien ama, busca. Al ver la piedra removida llama a Pedro y a Juan. Corren. Llegan. El sepulcro está vacío. Las vendas ordenadas. El sudario doblado. No hay espectáculo. Solo signos. Silencio. Amanecer. Y entonces Juan entra, mira… y cree. No ha visto aún al Resucitado, pero ha visto lo suficiente. Donde el corazón ama, los ojos ven más lejos. Desde la oscuridad del sepulcro llega a la luz del Misterio. Y el Misterio se le entrega como Vida. En aquel vacío se revela una plenitud. En aquel silencio resuena la fidelidad de Dios. Y desde aquel instante la humanidad sabe que la muerte ya no tiene la última palabra.
De ahí nace nuestra pregunta inevitable: ¿vemos y creemos? ¿Reconocemos hoy a Cristo como la Vida que se nos ha manifestado? ¿Lo llamamos “Mi Señor” con la confianza de los primeros testigos? Creer no es cerrar los ojos; es abrirlos más. No es huir del mundo; es descubrir su profundidad. No es refugio cómodo; es horizonte amplio. La fe —enseña Juan— no procede de la autosugestión humana, sino del encuentro con Aquel que vive.
Por eso hoy pedimos una fe que busque como María Magdalena, que corra como Pedro, que contemple y crea como Juan. Pedimos no acostumbrarnos nunca al misterio, no reducir la Navidad a costumbre decorativa, no convertir el Evangelio en simple recuerdo. Pedimos conservar el asombro que nos permite decir con verdad: “hemos contemplado su gloria.”
San Juan Evangelista nos recuerda que el cristianismo no es una idea brillante, sino un encuentro vivo; no es un sistema moral, sino una comunión; no es teoría, sino Vida. Y esa Vida está con nosotros. Lo contemplamos niño en Belén, lo reconocemos Resucitado en Pascua, y sabemos que camina con la Iglesia, sosteniendo nuestra esperanza.
Entonces, la pregunta queda abierta —como un don y como una llamada— para cada uno de nosotros: ¿lo ves… y crees?
