HOMILÍA – JUEVES XXXIV T.O. (Año impar)
El Evangelio de hoy nos abre un horizonte que, en tiempos de noticias inquietantes, puede parecer casi escandaloso: “Cuando todo esto comience a suceder, levantad la cabeza, porque vuestra liberación ya está cerca.” Es sorprendente la audacia de Jesús. No niega las crisis, no minimiza los dolores del mundo, no edulcora el sufrimiento; pero tampoco permite que el miedo dicte la postura del corazón. El Hijo del Hombre habla con la serenidad de quien sabe que la historia no camina hacia el caos, sino hacia un encuentro. Quienes escuchaban sus palabras se sentían rodeados por signos confusos: la caída de Jerusalén era inminente y las tensiones políticas y religiosas crecían. Y, sin embargo, Jesús proclama que ese escenario convulso no es el fin del amor de Dios, sino el comienzo de una liberación más profunda.
Jesús fue un creador incansable de esperanza. En un mundo donde muchos solo veían amenaza, Él veía promesa; donde otros anunciaban destrucción, Él vislumbraba nacimiento; donde todo parecía derrumbarse, Él invitaba a levantar la cabeza. Esta exhortación nos alcanza con fuerza. Basta contemplar nuestro presente: sociedades quebradas por el odio, pueblos desplazados por la guerra, heridas ecológicas que claman, corrupciones que sofocan la confianza, miedos que atenazan. A simple vista, son tiempos en que uno tendería a encogerse, a bajar la mirada, a sobrevivir como pueda. Pero Jesús nos propone el gesto contrario: levantar la cabeza.
Levantar la cabeza no es un acto teatral ni un rasgo de ingenuidad espiritual. Es la actitud del creyente que se niega a vivir como rehén del miedo. Es mirar la realidad sin negarla, pero desde una esperanza que no defrauda. Es aprender a ver los signos de Dios en medio del tumulto, a discernir su paso silencioso entre los estremecimientos de la historia. No olvidemos que Jesús no dice simplemente: “mostrad fortaleza”, sino: “porque vuestra liberación está cerca”. La esperanza cristiana no nace de un temperamento optimista, sino de la certeza de que Dios está viniendo hacia nosotros, de que no abandonará la obra de sus manos, de que la última palabra no la tienen ni las guerras ni el pecado ni la muerte.
La lectura de Daniel acompaña este Evangelio con una escena decisiva. Daniel es arrojado a una crisis extrema, amenazado por estructuras injustas, manipulado por poderes que quieren silenciar su fe. Y, sin embargo, permanece en pie gracias a una fidelidad que atraviesa la noche. La liberación que Dios le concede no es un acto mágico, sino la respuesta a una vida sostenida en la oración, en la coherencia y en la confianza. El Dios que cerró la boca de los leones es el mismo Dios que hoy mantiene abierta nuestra esperanza cuando la historia parece cerrarse sobre sí misma.
Quizá el mayor desafío para los creyentes de hoy no es lo que ocurre fuera, sino cómo lo interpretamos dentro. A veces nos paraliza una lectura fatalista de la realidad; otras, nos adormece una resignación encubierta; y, en no pocos casos, nos incapacita un descreimiento suave que no niega a Dios, pero tampoco espera nada grande de Él. El Evangelio de hoy es una invitación a despertar, a hacernos responsables de la esperanza que se nos ha confiado. No es cuestión de cerrar los ojos ante el sufrimiento del mundo, sino de abrirlos con una lucidez más profunda y más compasiva. Levantar la cabeza es atrevernos a mirar más allá del miedo.
Jesús nos llama a una espiritualidad que no huye del mundo, sino que se implica en él. Una espiritualidad vigilante, capaz de leer los signos de los tiempos, de no dejarse arrastrar por la corriente de indiferencia que anestesia el alma. Cuando oramos por la paz, la justicia o las víctimas del dolor, no le estamos recordando nada a Dios; nos lo recordamos a nosotros mismos para no dejar de trabajar por aquello que pedimos. La oración insistente es el modo en que Dios forma nuestros ojos y nuestras manos para colaborar con Él. Pedir, lejos de excusarnos, nos implica.
Por eso, cuando Jesús anuncia convulsiones cósmicas y humanas, no quiere provocar pánico, sino impulsar una vigilancia amorosa. La creación gime con dolores de parto; el mundo está en una tensión fecunda; la historia avanza hacia un alumbramiento. Y la pregunta que Jesús hace —tan simple como decisiva— no es: “¿tendrás miedo?”, sino: “¿estarás despierto?” La venida del Señor no es catástrofe, es encuentro. No es amenaza, es plenitud. No es ruina, es consumación. Y ante ella, no cabe el miedo: como se preguntaba san Agustín, “¿cómo puede la esposa temer a su Esposo?”.
Ofrenda del pan y del vino
Señor Jesús, te presentamos hoy nuestro cansancio, nuestras sombras y nuestras inquietudes, pero también nuestro deseo sincero de vivir con esperanza.
Ponemos sobre el altar los miedos que bajan nuestra cabeza
y la fe que la levanta, aunque tiemble. Recibe este pan y este vino, signo de nuestra disponibilidad, y haznos colaboradores de tu Reino, atentos a los signos de tu paso,
comprometidos con la justicia que pedimos y vigilantes en tu espera. Que esta Eucaristía renueve en nosotros el aliento y nos haga vivir como quienes saben que su liberación está cerca.
Oración conclusiva
Señor Jesús,
Tú que vienes siempre, incluso cuando no te reconocemos,
enséñanos a levantar la cabeza y a sostener la esperanza.
Despierta nuestros sentidos para ver tu luz en medio de las sombras,
haznos lúcidos ante el dolor del mundo
y perseverantes en la confianza que nace de Ti.
Que nuestra oración no sea evasión,
sino impulso para construir la paz que pedimos.
Que nuestra espera no sea miedo,
sino deseo ardiente de tu presencia.
Y que María, mujer vigilante y Madre de la esperanza,
nos acompañe en este tiempo final del año litúrgico,
para que toda nuestra vida sea un “sí” abierto a tu venida.
Amén.
