Homilía. Viernes de la IX semana del Tiempo Ordinario. Año par
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios nos está conduciendo esta semana por un verdadero itinerario espiritual. El miércoles escuchábamos: “Reaviva el don de Dios que hay en ti”, y san Pablo nos dejaba aquella confesión tan honda: “Sé de quién me he fiado.” Ayer se nos invitaba a hacer memoria de Jesucristo resucitado, a reconocer que la Palabra de Dios no está encadenada, y a pedir con el salmo: “Señor, enséñame tus caminos.” Hoy damos un paso más: se nos pide permanecer en lo aprendido, amar la Escritura y escuchar a Cristo con gusto.
Hay, por tanto, una continuidad preciosa. Primero, reavivar el don. Después, hacer memoria de Cristo. Luego, dejar que su Palabra camine libre en nosotros. Y hoy, permanecer en esa Palabra hasta que nos forme por dentro y nos prepare para las buenas obras.
San Pablo habla a Timoteo desde su propia experiencia. Le recuerda su enseñanza, su conducta, su fe, sus sufrimientos y su perseverancia. El Evangelio que anuncia ha marcado toda su vida. Por eso puede decirle: “Permanece en lo que aprendiste y creíste.” Permanecer es una palabra profundamente cristiana. Significa echar raíces, volver a las fuentes, cuidar el don recibido cuando llegan la prueba, la confusión o el cansancio.
Pablo sabe que vivir en Cristo puede traer persecución. La fe, cuando se toma en serio, a veces incomoda. Pero la respuesta del discípulo consiste en seguir unido a aquello que ha recibido: la Palabra, la enseñanza de la Iglesia, la memoria viva de Cristo. Las Escrituras, dice Pablo, pueden darnos “la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús.”
Aquí encontramos el centro de la lectura: la Escritura forma al creyente. Enseña, corrige, educa y prepara para las buenas obras. La Palabra de Dios no queda reducida a conocimiento religioso; se convierte en escuela de vida. Nos ayuda a discernir, a corregir el rumbo, a vivir con más verdad y a obrar según Dios. Por eso canta el salmo: “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Señor.” La paz nace en un corazón que se deja conducir por Dios.
El Evangelio enlaza muy bien con esta llamada. Jesús pregunta cómo puede decirse que el Mesías es hijo de David, y conduce a sus oyentes a una comprensión más profunda de su misterio. Cristo pertenece a la promesa hecha a David, pero su identidad desborda cualquier expectativa humana. Él es el Señor, el Mesías esperado, la Palabra viva que interpreta toda la Escritura.
Por eso el Evangelio termina con una frase sencilla y luminosa: “La gente lo escuchaba con gusto.” Ahí está la respuesta que hoy se nos pide. Permanecer en lo aprendido significa escuchar a Cristo con gusto, con deseo, con disponibilidad interior. La Escritura nos da sabiduría porque nos lleva a Él. Y Cristo nos revela el sentido de la Escritura porque en Él se cumple la promesa de Dios.
Hoy el itinerario de la semana llega a un punto muy concreto: reavivar el don, hacer memoria de Cristo, aprender los caminos del Señor y permanecer en la Palabra. Así la fe madura, la esperanza se sostiene y la vida queda preparada para las buenas obras.
Pidamos al Señor que nos conceda amar su Palabra, escuchar a Cristo con un corazón despierto y permanecer fieles en aquello que hemos aprendido y creído. Que su Escritura nos eduque, nos dé paz y haga fecunda nuestra vida.
Amén.
