Homilía-miércoles de la XXIX semana del Tiempo Ordinario (año impar) Romanos 6,12-18; Salmo 123; Lucas 12,39-48.
Hay palabras que el Evangelio convierte en espejo del alma. Hoy la liturgia nos entrega tres que se iluminan mutuamente: libertad, responsabilidad y don. No se entienden una sin las otras. La libertad auténtica nace del don recibido; la responsabilidad madura es la forma concreta de administrar ese don. Y todo en la vida del creyente se juega en este equilibrio: ser libres para amar y responsables para servir.
San Pablo, en la carta a los Romanos, habla de la que nos hace libres:“El pecado no dominará sobre vosotros, porque no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rm 6,14).
Con estas palabras, el apóstol defiende una libertad una libertad interior, esa que sólo la gracia de Cristo puede dar. Antes de conocer a Cristo —dice Pablo— éramos esclavos del pecado, del egoísmo, de nuestras propias cadenas interiores. Pero ahora, liberados por la gracia, somos capaces de elegir el bien y de hacerlo por amor. Esta libertad no elimina la obediencia: la transfigura. Obedecer a Dios no es perder autonomía, sino descubrir la verdad del corazón. Solo quien se sabe amado se atreve a obedecer; solo quien se entrega libremente puede amar de verdad.
Por eso, la libertad cristiana no es un grito de independencia, sino un acto de comunión. El Espíritu nos hace libres, no para huir de los demás, sino para servirlos desde dentro.
El Evangelio de Lucas prolonga esta enseñanza con una parábola sencilla y profunda. Jesús habla del administrador fiel y prudente a quien su señor confía la casa durante su ausencia. “¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el Señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta a su tiempo la ración conveniente?” (Lc 12,42).
El mensaje es claro: la libertad que Dios nos da no es propiedad, sino encargo.
El Señor nos hace responsables de los dones recibidos: la fe, la vida, el tiempo, los hermanos. Somos custodios, no dueños. Y cada don conlleva una misión: cuidar, servir, hacer fructificar.
La prudencia del administrador no es cálculo, sino lucidez espiritual: saber discernir qué hacer con lo que Dios ha puesto en nuestras manos. La fidelidad, por su parte, es la perseverancia del amor cotidiano. El discípulo fiel vive para servir incluso cuando el Señor parece tardar. Esa fidelidad discreta, tejida de gestos pequeños, es la verdadera medida de la responsabilidad cristiana.
Y cuando Jesús añade: “A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá”, no lo dice para infundir miedo, sino para despertar conciencia. Cada don lleva consigo una llamada, y cada gracia exige una respuesta. La exigencia del amor no pesa: ennoblece. Dios confía tanto en nosotros que nos hace corresponsables de su propia obra.
Si todo en nosotros es don, entonces la vida entera se convierte en administración. No somos propietarios de nada: ni del tiempo, ni de las personas, ni siquiera de nuestros talentos. Todo nos ha sido confiado para ser compartido.
Administrar la vida, a la luz del Evangelio, significa vivir agradecidos y disponibles, sabiendo que un día daremos cuenta no de lo que poseímos, sino de lo que amamos.
Esta visión cambia radicalmente nuestra forma de vivir. Nos enseña a mirar el tiempo como gracia, no como prisa. El trabajo como vocación, no como carga.
La comunidad como don, no como límite. Cuando comprendemos que todo lo que somos y tenemos procede de Dios, brota la humildad que libera del afán de control y la gratitud que genera esperanza.
El cristiano que vive así no acumula, sino que administra el amor recibido: perdonando, compartiendo, acompañando, sembrando paz. En un mundo que mide el valor por lo que se tiene, el Evangelio nos recuerda que la vida solo vale por lo que se entrega.
La vigilancia que pide Jesús no es miedo al juicio, sino atención amorosa al paso de Dios. El amor vigilante es la mejor forma de responsabilidad; la fidelidad silenciosa, la expresión más profunda de la libertad interior.
El Salmo de hoy nos da la clave para sostener esta actitud: “Nuestro auxilio es el nombre del Señor.” No nos bastamos a nosotros mismos. Nuestra libertad no se apoya en la fuerza de voluntad, sino en la gracia que nos sostiene.
Solo quien se reconoce auxiliado puede ser verdaderamente libre; solo quien se sabe amado puede ser responsable sin miedo.
Al ofrecer el pan y el vino, pongamos también nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Digámosle al Señor: “Haznos servidores fieles, conscientes del don recibido, disponibles para lo que Tú quieras” Que esta Eucaristía nos libere de la tentación de vivir centrados en nosotros mismos y nos devuelva la alegría de servir.
El altar es el lugar donde el amor nos confía una tarea nueva: ser instrumentos de su gracia en medio del mundo.
. Oración conclusiva
Señor Jesús,
tú que nos has liberado del pecado
y nos has hecho servidores de la vida,
enséñanos a vivir nuestra libertad como entrega.
Haznos administradores fieles de tus dones,
vigilantes en el amor,
humildes en el servicio,
alegres en la fidelidad.
Que no olvidemos nunca que todo lo hemos recibido,
y que lo único nuestro es el amor que damos.
Mantén encendida nuestra lámpara
y despierto nuestro corazón,
para que, cuando vengas,
nos encuentres sirviendo con alegría.
“Nuestro auxilio es el nombre del Señor.”
“Ofreceos a Dios como quienes han pasado de la muerte a la vida.”
“A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá.”
Amén.
