LA CRUZ, MISTERIO DE SALVACIÓN Y LA CARIDAD, CAMINO DE SANTIDAD

Homilía – sábado de la 25ª semana del Tiempo Ordinario. 27/09/2025. Memoria de san Vicente de Paúl. Lecturas: Zac 2,5-9.14-15; Jer 31 (cántico); Lc 9,43-45

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar dos realidades inseparables en la fe: la cruz de Cristo como misterio de salvación y la caridad como camino de santidad. Lo hacemos a la luz de la Palabra y bajo la inspiración de san Vicente de Paúl, testigo insigne de la misericordia de Dios con los pobres.

El profeta Zacarías nos trae una promesa: “Alégrate, hija de Sión, porque yo vengo a habitar en medio de ti”. No son murallas de piedra las que protegen a Jerusalén, sino la presencia de Dios mismo. Él es el fuego que rodea a su pueblo y la gloria que lo habita. Esta palabra nos recuerda que no estamos solos: Dios camina con nosotros, incluso en medio de las dificultades.

El salmo canta con confianza: “El Señor nos guarda como un pastor a su rebaño”. Dios consuela a los débiles, acompaña a los que sufren, transforma el lamento en alegría.

El Evangelio, sin embargo, nos sorprende con un contraste: mientras la gente admira los milagros de Jesús, Él anuncia su pasión. Todos esperan un Mesías glorioso, y Él les recuerda que la gloria pasa por la cruz. Los discípulos no entienden; tal vez nosotros tampoco entendemos del todo, porque buscamos un cristianismo cómodo, sin sacrificio.

San Vicente de Paúl comprendió que la cruz no es solo un acontecimiento del pasado, sino el estilo de vida de todo discípulo. Su pasión fue el servicio a los pobres, a los olvidados, a los descartados. Él solía decir: “Los pobres son nuestros amos y señores”.

En Vicente, la cruz de Cristo se tradujo en hospitalidad, ternura, compasión activa. Donde otros veían miseria, él descubría el rostro del mismo Cristo. Y su vida nos muestra que la verdadera gloria de la Iglesia no está en el poder ni en las riquezas, sino en la capacidad de hacerse pequeña, humilde y servidora.

  • La cruz como esperanza: no es el final de la vida, sino el inicio de la vida nueva. Lo que parece fracaso, Dios lo convierte en victoria.
  • La cruz como humildad: nos recuerda que el camino de Cristo no es el de imponerse, sino el de entregarse.
  • La cruz como amor: revela la sabiduría de Dios, que vence el mal no con violencia, sino con misericordia.

Seguir a Cristo significa aceptar esta lógica: vivir la cruz no como resignación amarga, sino como entrega amorosa que da fruto en caridad.

Y aquí aparece la llamada concreta de este día: como san Vicente, estamos invitados a vivir la fe en gestos de servicio. La cruz se hace real cuando ayudamos a los enfermos, acompañamos a los ancianos, acogemos a los migrantes, consolamos a los que sufren. La Iglesia es creíble cuando se arrodilla ante el pobre y lo sirve con amor.

Hoy, al presentar el pan y el vino, queremos poner también nuestras cruces: nuestras debilidades, enfermedades, preocupaciones, pero también nuestra disponibilidad para servir. Que Cristo transforme todo en amor fecundo, como transformó la vida de san Vicente de Paúl en una ofrenda al servicio de los más necesitados.

Conclusión orante

Virgen María,
Madre de los pobres y consuelo de los afligidos,
enséñanos a vivir la cruz como Vicente de Paúl,
con humildad, con esperanza y con amor.

Haz de nuestra comunidad un signo vivo de caridad,
una Iglesia que no huye de la cruz,
sino que la abraza para que brille en ella
la gloria de tu Hijo crucificado y resucitado.  Amén.