Homilía – Sábado de la Octava de Pascua
Con este día se cierra la Octava de Pascua, como si la Iglesia hubiera querido prolongar durante ocho días un único Domingo, una sola gran alegría, una misma proclamación: Cristo ha resucitado.
El Evangelio de hoy nos presenta una escena que recoge muy bien todo el itinerario pascual. Los once discípulos van a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Van allí porque han escuchado una promesa. Van con fe, pero también con fragilidad. Y el Evangelio lo dice con una sinceridad conmovedora: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.”
Qué verdad tan profunda hay en esa frase. Los discípulos han oído el anuncio, han recibido testimonios, se han encontrado ya con signos del Resucitado, y sin embargo todavía hay en ellos temblor, mezcla, vacilación. La Pascua no borra en un instante toda debilidad humana. La fe sigue creciendo paso a paso. Y eso nos consuela mucho. Porque también nosotros creemos y vacilamos. Adoramos y, al mismo tiempo, arrastramos dudas, cansancios, miedos o resistencias. Y el Señor no se aleja por eso. No retira su llamada. No espera a que seamos perfectos para confiarnos una misión. Se acerca precisamente así, a discípulos que adoran y vacilan al mismo tiempo.
Y entonces Jesús pronuncia unas palabras inmensas: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.” Ésta es la gran afirmación pascual. El Crucificado es el Señor. El que fue humillado y condenado vive ahora investido de toda autoridad. La resurrección ha revelado su verdadera gloria. Cristo no es sólo un maestro admirable del pasado; es el Señor vivo del cielo y de la tierra. Todo le pertenece. Todo está bajo su señorío. Todo encuentra en Él su centro y su destino.
Desde esa soberanía gloriosa nace el envío: “Id y haced discípulos de todos los pueblos.” Éste es el fruto maduro de la Pascua. Los discípulos no son reunidos para encerrarse en el consuelo de una experiencia hermosa. Son reunidos para ser enviados. No reciben al Resucitado sólo para gozar de su presencia, sino para llevar su nombre, su Evangelio y su vida a todos los pueblos. La Pascua abre siempre hacia la misión.
El que se ha encontrado con Cristo vivo queda enviado. Queda convertido en testigo. Queda responsable de que esta noticia llegue a otros. La Iglesia existe para eso: para anunciar a Cristo, para bautizar, para enseñar a guardar lo que Él ha mandado, para hacer presente en el mundo la vida nueva del Evangelio.
La primera lectura nos muestra a los apóstoles precisamente en ese momento de paso. Después de haber sido perseguidos y reprendidos, regresan llenos de alegría por haber merecido sufrir por el nombre de Jesús. Y cada día, en el templo y por las casas, no dejan de enseñar y anunciar que Jesús es el Mesías.
Qué transformación tan grande. Los mismos discípulos que en la Pasión se dispersaron, ahora perseveran. Los que tuvieron miedo, ahora se llenan de gozo incluso en medio de la persecución.
Y aquí esta Palabra nos toca directamente. Hemos escuchado los relatos del sepulcro vacío. Hemos contemplado al Resucitado saliendo al encuentro de las mujeres, acompañando a los discípulos de Emaús, mostrando sus llagas, compartiendo el pan, preparando el fuego en la orilla del lago. Hemos cantado el Aleluya. Hemos renovado nuestra fe. Pero ahora la Iglesia nos pregunta con suavidad y firmeza: ¿qué vais a hacer con esta Pascua?
Y, además, el Evangelio nos regala una promesa maravillosa: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.” Ésta es quizá una de las palabras más consoladoras de toda la Escritura. El Señor que envía no abandona. El cristiano vive de esta certeza. No caminamos solos. No anunciamos solos. No amamos solos. No sufrimos solos. Él está con nosotros todos los días.
Por eso esta homilía del Sábado de Pascua podría dejarnos tres palabras en el corazón. La primera: adorar. Como los discípulos en el monte, también nosotros estamos llamados a reconocer a Cristo como Señor. La segunda: ir. La Pascua no nos deja quietos; nos envía. Y la tercera: confiar. Porque el Resucitado está con nosotros todos los días.
Que éste sea el fruto de esta semana santa de Pascua: que adoremos más profundamente a Cristo, que salgamos de nosotros mismos para anunciarlo, y que vivamos con la certeza de que Él está con nosotros todos los días. Porque si Cristo vive, entonces la esperanza tiene fundamento, la misión tiene sentido y la vida entera puede convertirse en testimonio.
Amén.
