LECTIO DIVINA – Martes XXXIII T.O. (Año impar)
1. LECTIO — ¿Qué dice hoy la Palabra?
Hoy la liturgia nos hace caminar dos veces por Jericó. Ayer contemplábamos al ciego al borde del camino, incapaz de ver, pero capaz de gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ¡ten compasión de mí!” Hoy, vemos a Zaqueo, jefe de publicanos, rico pero pequeño, que tampoco logra ver a Jesús y corre para subirse a un sicómoro.
Ambos están en situaciones distintas, pero comparten lo esencial: la incapacidad de ver y el deseo de encontrar a Cristo. Ayer el ciego estaba excluido; hoy Zaqueo está integrado, pero también perdido. Dos pobrezas diferentes, un mismo anhelo.
La primera lectura presenta a Eleazar, anciano fiel que prefiere morir antes que traicionar la Ley. A su lado aparecen israelitas que se acomodan a las costumbres paganas para vivir tranquilos. El salmo responde con una súplica: “Tú eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.”
En el Evangelio, Jesús pasa por Jericó. Ayer se detuvo para escuchar un grito; hoy levanta la mirada hacia un hombre escondido en un árbol. Ayer preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Hoy declara: “Zaqueo, baja pronto; hoy tengo que alojarme en tu casa.” Y al final llega la salvación: el ciego recupera la vista y sigue a Jesús; Zaqueo abre su casa y su corazón, y Jesús proclama: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa.”
2. MEDITATIO — ¿Qué me dice hoy la Palabra?
¿Dónde estoy yo en esta doble escena de Jericó? —¿Al borde del camino, ciego, acostumbrado a la mediocridad espiritual y sin fuerzas para levantarme… pero con un deseo que grita? —¿O escondido como Zaqueo, atrapado en mis propios miedos, mis heridas, mis hábitos… pero deseando ver a Jesús aunque me falte el valor?
Jesús pasa también hoy junto a mi vida. Espera deseo. La salvación comienza cuando, como el ciego, me atrevo a gritar, o como Zaqueo, me decido a correr.
La primera lectura me interpela directamente: ¿Me parezco más a Eleazar, fiel hasta el extremo, o a esos israelitas sin conciencia que ceden por comodidad y se adaptan al ambiente? La fidelidad no es rigidez, sino amor probado. La conversión no es estallido emocional, sino una decisión de permitir que Cristo entre hoy en mi casa interior.
El Evangelio me pregunta: —¿Dejo que Jesús se detenga? —¿Le permito mirar mi verdad sin esconderme? —¿Me atrevo a bajar de mis árboles, de mis excusas, de mis miedos? —¿Estoy dispuesto a que Él ordene mi vida por dentro?
3. ORATIO — ¿Qué le digo yo al Señor?
Señor Jesús,
tú que escuchaste el grito del ciego
y levantaste los ojos hacia Zaqueo,
pasa hoy por mi Jericó interior
y no permitas que me quede escondido.
Llama por mi nombre,
hazme bajar de todo lo que me aleja,
abre mis ojos como al ciego,
entra en mi casa como en la de Zaqueo.
Toma lo que está roto,
cura lo que me avergüenza,
ordena lo que está desajustado,
enciende lo que está dormido.
Regálame la valentía de la conversión
y la alegría de recibirte sin reservas.
Amén.
4. CONTEMPLATIO — ¿Qué se queda grabado en mi corazón?
Quédate unos instantes en silencio y deja resonar esta frase:
“Hoy tengo que alojarme en tu casa.”
No mañana.
No cuando te sientas digno.
Hoy.
Deja que esa palabra penetre, que se haga hogar en ti.
La contemplación consiste en permitir que Jesús entre en tus habitaciones más íntimas sin miedo, sin excusas, sin esconder nada.
Míralo entrar.
Míralo poner en pie lo que está caído.
Míralo devolver la vista, la paz, la alegría.
Déjate mirar por Él.
5. ACTIO — ¿Qué voy a hacer hoy con esta Palabra?
- Hoy bajaré de algún “sicómoro” concreto: una excusa, un miedo, un hábito que me aleja de Dios.
- Buscaré un momento serio de oración para dejar entrar a Jesús en mi verdad sin máscaras.
- Haré un gesto de restitución o de generosidad —como Zaqueo— que exprese un deseo real de conversión.
- Rezaré por alguien que está “al borde del camino”, alguien que se siente ciego o perdido.
La conversión siempre empieza hoy. La salvación llega a la casa que se atreve a abrir.
