Homilía — Viernes de la V Semana de Pascua.
Queridos hermanos:
Acudamos a la Palabra de Dios:
En la primera lectura, la Iglesia de Jerusalén escribe a los cristianos venidos del paganismo. Había habido confusión. Algunos los habían alborotado y habían desconcertado su ánimo imponiendo cargas que el Evangelio no pedía. Entonces los apóstoles, reunidos en comunión, envían una carta preciosa: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”.
Esta frase muestra una Iglesia que busca ayudar a los hermanos a caminar hacia Cristo con paz, sin angustiar la conciencia ni apagar la alegría de la fe.
Qué importante es esto también para nosotros. La comunidad cristiana está llamada a hacer el camino más claro, más fraterno, más evangélico; a sostener la fe de los débiles, a cuidar la paz de los corazones.
Y lo esencial nos lo dice Jesús en el Evangelio: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Todo queda medido por este amor. No cualquier amor, sino el amor de Cristo: un amor que se entrega, que perdona, que sirve, que permanece, que busca el bien del otro, que no se queda en palabras bonitas.
Jesús añade: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Dar la vida no siempre significa un gesto heroico y extraordinario. Muchas veces se da la vida poco a poco, en el quehacer de cada día
Ese amor hace que la Iglesia sea creíble. La fe se reconoce cuando una comunidad se quiere, se cuida, se perdona y se alegra del bien de los demás. Donde hay amor verdadero, allí se nota la presencia del Resucitado.
Jesús nos llama amigos. “A vosotros os llamo amigos”. No somos extraños para Él. Nos abre su corazón, nos confía su Palabra, nos elige para dar fruto. Y el fruto que espera de nosotros es el amor.
Que esta Eucaristía nos devuelva a lo esencial. Que el Espíritu Santo nos enseñe a no imponer cargas innecesarias, a vivir con un corazón más fraterno y a cumplir el mandato de Jesús: “que os améis unos a otros”.
Amén.
