GRITAR PARA VER

Lunes de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario – Año Impar

Las Escrituras atraviesan los siglos con una precisión quirúrgica, capaces de revelar el alma de nuestro tiempo con una claridad que desarma. La liturgia de hoy nos sitúa ante uno de sus textos. Entre la escena dramática del libro de los Macabeos, la súplica confiada del salmista y el grito del ciego de Jericó emerge una misma pregunta que resuena en el corazón: ¿qué tipo de creyentes somos cuando la fe se pone a prueba?

El relato de los Macabeos muestra, con una sinceridad nada cómoda, tres respuestas posibles frente a un ambiente hostil a Dios. En primer lugar, aparece Antíoco Epífanes, el “renuevo pecador”, símbolo de todo poder que se endiosa, que desprecia lo sagrado y que intenta moldear la conciencia de un pueblo según sus propios caprichos. Junto a él, vemos un grupo de israelitas que cedieron, que prefirieron acomodarse a las prácticas paganas para “vivir tranquilos”, que pactaron con el mal por ventajas y seguridad. Son los de conciencia adormecida, los que no resisten la presión cultural y terminan diluyendo su fe en las aguas del consenso.

Y, sin embargo, el texto celebra a otros israelitas que prefirieron la muerte antes que contaminarse. Hombres y mujeres comunes que decidieron que la fidelidad a Dios vale más que cualquier tranquilidad inmediata. Son ellos quienes sostienen la historia de la Salvación. Por eso el salmo de hoy se vuelve súplica ardiente: “Dame vida, para que observe tus decretos.” La vida que pide el orante no es mera supervivencia, sino fortaleza para permanecer fiel cuando tantos se arrodillan ante los ídolos del momento.

A este panorama se une el Evangelio: Jesús se acerca a Jericó, esa ciudad frontera donde comienza la subida a Jerusalén. Jericó es el lugar donde se decide si uno entra en el camino o permanece sentado al borde. Allí encontramos a un hombre ciego, imagen de tantos creyentes que conocen el nombre de Jesús: El Nazareno, pero no han entrado decididamente en el discipulado. Están al borde del camino: no han abandonado del todo, pero tampoco se han puesto en marcha. Viven esperando sin moverse.

Al ciego de Jericó algo lo despierta: “Jesús el Nazareno pasa por aquí.” Y entonces brota el grito. Es un grito que incomoda, En un ciego, un mendigo, un pecador, Los que van delante quieren silenciarlo —como tantas voces en nuestro tiempo que buscan apagar la fe que inquieta, que cuestiona, que pide un cambio de vida—. Pero él hace lo único verdaderamente decisivo: grita más fuerte. Y su grito se vuelve confesión: no invoca al “Nazareno”, sino al “Hijo de David”, el Mesías esperado. El ciego ve más que todos.

Y Jesús se detiene. El Señor siempre se detiene ante la verdad desnuda que brota del corazón. “¿Qué quieres que haga por ti?” Y el ciego responde: “Señor, que recobre la vista.” No pide dinero, seguridad o salud general; pide luz. Quiere volver a ver. Volver a creer como antes, volver a distinguir lo esencial, volver a reconocer la presencia de Dios donde antes solo había sombra. Jesús le concede la vista, y ese hombre —antes mendigo inmóvil— entra finalmente en el camino como discípulo, dando gloria a Dios

La Palabra nos deja hoy ante una interpelación directa. En un mundo que exalta a los “Antíocos” de turno, que normaliza la tibieza espiritual, y que tantas veces quiere callar la voz de los que buscan a Jesús, ¿qué lugar ocupamos? ¿Nos acomodamos para no complicarnos la vida? ¿O gritamos como el ciego, desde lo hondo, pidiendo la única luz capaz de salvarnos?

La memoria de santa Isabel de Hungría, que hoy celebra la Iglesia, ilumina este itinerario. Mujer noble, joven, rodeada de privilegios, eligió ver con los ojos de Cristo y compartir su vida con los pobres. No se dejó seducir por lo fácil: su vida entera fue un grito silencioso que decía “quiero ver”, “quiero amar”, “quiero ser de Cristo”. Ella también vivió en un mundo lleno de idolatrías… y eligió la fidelidad.

La Palabra de hoy nos invita a examinar nuestra vida cristiana en este tiempo de confusión social y espiritual. ¿Vivimos al borde del camino, viendo pasar la vida, sin ver la presencia del Señor que pasa cada día por mi orilla? ¿O seguimos sosteniendo un grito capaz de atravesar las voces de quienes quieren silenciarnos? Se nos pide perseverancia en la fidelidad cotidiana, valentía para no mimetizarnos con ambientes donde la fe se vuelve insignificante, decisión para no pactar con lo que rebaja nuestra dignidad cristiana. Y, sobre todo, se nos pide claridad: pedir a Cristo la vista interior, para no confundir luces falsas con la luz verdadera. Porque quien ve según Dios, vive según Dios; y quien vive según Dios, permanece firme, aunque todo a su alrededor vacile.

Al presentar hoy el pan y el vino, acerquemos al altar nuestra propia ceguera: las veces en que nos hemos quedado al borde del camino, nuestras fidelidades frágiles, nuestros silencios cobardes, nuestras concesiones. Presentemos también nuestros gritos, los sinceros y los tímidos. Y pidamos que el Señor transforme todo en luz, en fuerza y en fidelidad serena. Que estos dones se conviertan para nosotros en alimento que sostiene la fe cuando el mundo la castiga, y en bebida que enciende el deseo de seguirle con más decisión.

Conclusión orante

Señor Jesús,
párate hoy también ante nosotros
y pregúntanos qué queremos que hagas por nuestra vida.
Concédenos la gracia de volver a ver,
de distinguir tu luz en medio de tantas sombras,
de gritar tu nombre cuando quieran silenciarlo,
de mantenernos fieles cuando otros ceden.

Danos la vida que el salmista implora,
la vida que nos sostiene en tu voluntad.

Y tú, María,
Madre que siempre ve con claridad,
enséñanos a mirar como tu Hijo,
a elegir lo que agrada a Dios
y a caminar detrás de Él sin apartarnos del camino.

Amén.