¿ESQUEMAS?

Lunes de la III Semana de Cuaresma.

La Palabra de hoy nos enfrenta a una verdad incómoda: Dios no actúa según nuestros esquemas. Y cuando rompe nuestras expectativas, el corazón puede cerrarse.

En el libro de los Reyes aparece Naamán, un extranjero, un sirio, además leproso. No pertenece al pueblo elegido. No tiene derecho a las promesas. Sin embargo, es él quien queda limpio. Muchos leprosos había en Israel, pero ninguno fue curado sino Naamán. La gracia atraviesa fronteras. La misericordia de Dios no se deja encerrar en privilegios religiosos ni en pertenencias culturales.

Naamán, antes de curarse, tuvo que superar su orgullo. Esperaba algo espectacular. Esperaba un gesto solemne del profeta. Y se le ofrece algo sencillo: bañarse en el Jordán. La humildad abrió la puerta al milagro. Cuando descendió al agua, descendió también de su autosuficiencia. Y allí encontró la salud.

El salmo expresa el fondo espiritual de esta escena: «Mi alma tiene sed del Dios vivo. ¿Cuándo veré el rostro de Dios?». Esa es la verdadera lepra del hombre: la distancia interior respecto a Dios. Esa es la sed más profunda. No solo buscamos soluciones externas; buscamos el rostro del Dios vivo.

En el Evangelio, Jesús recuerda precisamente este episodio en la sinagoga de Nazaret. Y el resultado es sorprendente: la admiración inicial se convierte en rechazo. «Ningún profeta es bien recibido en su tierra». Cuando Jesús afirma que la gracia se manifestó en favor de un extranjero, sus paisanos se llenan de ira.

¿Por qué esa reacción tan violenta? Porque el orgullo religioso es una de las resistencias más profundas del corazón humano. Nos cuesta aceptar que Dios no nos pertenece. Nos cuesta admitir que la gracia es don y no mérito. Nos incomoda que Dios actúe más allá de nuestros límites.

El rechazo de Nazaret revela un corazón endurecido. El mismo problema del desierto. El mismo riesgo permanente: pensar que conocemos a Dios, pero no aceptar su libertad. Querer un Dios que confirme nuestras seguridades, no un Dios que nos convierta.

La Cuaresma nos coloca ante esta decisión interior. ¿Somos capaces de aceptar un Dios que no cabe en nuestros cálculos? ¿Estamos dispuestos a dejarnos purificar en la humildad, como Naamán? ¿O preferimos aferrarnos a nuestra imagen de Dios, aunque eso nos cierre a su gracia?

Naamán fue curado cuando descendió al agua. Los habitantes de Nazaret permanecieron enfermos porque se negaron a descender de su orgullo.

La sed del salmo es la clave: «Mi alma tiene sed del Dios vivo». No del Dios que yo fabrico. No del Dios que confirma mis prejuicios. Del Dios vivo, libre, misericordioso, que salva a quien se abre con humildad.

En esta tercera semana de Cuaresma, el Señor nos invita a una purificación interior muy concreta: dejar que Él actúe como quiera actuar. Aceptar que su gracia es don. Hay que reconocer que también nosotros necesitamos descender al Jordán de la humildad.

Si superamos el orgullo, si abandonamos la dureza del corazón, si dejamos de exigir que Dios actúe según nuestro guion, entonces veremos su rostro. Y nuestra sed comenzará a saciarse.

Pidamos hoy la gracia de un corazón humilde. Un corazón que no se escandalice de la libertad de Dios. Un corazón que, como Naamán, esté dispuesto a descender para poder ser levantado.