HOMILÍA – Viernes de la I Semana de Adviento
En este cuarto paso del Adviento, después de despertar, discernir y comenzar a construir sobre roca, la Palabra nos conduce hoy a una acción interior decisiva: confiar.
El Adviento no se sostiene solo con los ojos abiertos: necesita un corazón que crea que Dios puede hacer lo que a nosotros nos parece imposible.
Isaías nos lo recuerda con una imagen sorprendente: “Los cojos saltarán como ciervos y la lengua de los mudos cantará”. Lo que parecía imposible se vuelve posible cuando Dios toca la realidad. Pero no actúa como quien mueve una varita mágica: lo hace despertando en nosotros un corazón nuevo, un corazón de carne que siente, se conmueve y se abre a lo inesperado. Esa es su manera de entrar en nuestra historia: transformar lo endurecido en algo vivo y sensible.
Porque hay momentos en la vida en que no sabemos explicar por qué se ha abierto una puerta, por qué una herida ha empezado a sanar, por qué alguien se acerca cuando menos lo esperábamos, por qué aparece una alegría pequeña en medio de un día gris. Muchos lo llamarían casualidad. La fe ve otra cosa: la mano discreta de Dios que mueve, inspira, despierta y hace posible lo que para nosotros era impensable.
Y esa mano no actúa sin nosotros. Como quien compra un décimo para aspirar a la lotería, la fe necesita nuestro “sí”, nuestro deseo, nuestra colaboración interior. Las cosas buenas no aparecen sin que sembremos. La confianza es tierra fértil donde Dios hace brotar vida.
El Evangelio nos ofrece el rostro más humano y hermoso de esta confianza. Dos ciegos siguen a Jesús unidos por una misma súplica: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Caminan a tientas, pero caminan. No ven a Jesús, pero le siguen. No tienen pruebas, pero tienen una esperanza que los empuja. Son un icono precioso de este Adviento: buscan juntos, oran juntos, creen juntos.
Y entonces Jesús les hace la pregunta que resuena hoy dentro de cada uno de nosotros:
«¿Creéis que puedo hacerlo?»
Es la pregunta de Jesús a nuestra vida concreta:
¿Crees que puedo sanarte por dentro?
¿Crees que puedo cambiar lo que tú ya diste por imposible?
¿Crees que puedo abrir una puerta donde tú solo ves un muro?
¿Crees que puedo darte paz en ese lugar donde hoy hay miedo?
¿Crees que puedo traer luz a esa relación que se ha ido apagando?
¿Crees que puedo despertar tu alegría adormecida?
Los dos ciegos responden con la fe más simple y grande: «Sí, Señor».
Y Jesús hace el milagro porque antes había ocurrido otro: ya veían con los ojos del corazón.
Creer es ver con la profundidad que no depende de los ojos externos, sino de un corazón que se decide a confiar.
El salmo de hoy nos ayuda a comprenderlo aún mejor: “El Señor es mi luz y mi salvación… espero en el Señor, sé valiente, ten ánimo”. La fe no consiste en no tener miedo, sino en levantar la mirada a pesar del miedo. A veces no vemos a Dios porque llevamos puestas las gafas equivocadas: las del cansancio, del prejuicio, de la desconfianza, de viejos rencores o de heridas sin curar. Hoy la Palabra nos invita a quitarlas y mirar la vida con una transparencia nueva.
Todos necesitamos escuchar esta pregunta: “¿Crees que puedo hacerlo?” No para examinarnos, sino para despertarnos. Para convertir nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Para recuperar esa confianza limpia que teníamos de niños, cuando todo parecía posible porque alguien nos sostenía. Dios sigue sosteniéndonos. Pero a veces nuestro corazón se ha vuelto estrecho y deja poco espacio para el milagro.
Por eso este viernes de Adviento es una llamada a abrir los ojos de dentro: a creer que lo imposible puede comenzar si ponemos nuestra parte, si damos un paso, si nos acercamos, si suplicamos, si confiamos. El Adviento es tiempo de esperanza activa: no de esperar sentados, sino de caminar como los ciegos, sabiendo que cada paso hacia Jesús es ya un acto de fe.
Termino con una pregunta para cada uno: ¿En qué punto de mi vida me pregunta hoy Jesús: “¿Crees que puedo hacerlo?” Y también: ¿Qué pasos puedo dar yo para que lo imposible comience a ser posible?
Señor Jesús, Luz que abre los ojos del corazón, enséñanos a confiar. Toca nuestras cegueras, sana nuestros miedos, despierta nuestra fe. Que este Adviento sea para nosotros un camino de confianza humilde y valiente. Virgen María, mujer que creyó contra toda esperanza, sostén nuestro “sí” para que lo imposible de Dios pueda hacerse posible en nosotros. Amén.
