ENTRE ALEGRÍAS Y SOMBRAS

HOMILÍA – martes de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Hay días en los que la Palabra nos muestra, con una intensidad especial, la hondura del corazón humano y la grandeza del corazón de Dios. Hoy escuchamos tres historias que parecen muy distintas, pero que convergen en una misma verdad: el Señor se acerca a nuestra fragilidad y la levanta desde dentro.

La primera lectura nos presenta a David atravesado por un dolor que no sabe expresar. Su hijo Absalón muere, y David queda desgarrado entre el amor de padre y la dureza de la historia. Este llanto revela la vulnerabilidad profunda que todos llevamos. Incluso los grandes personajes bíblicos están marcados por heridas que sobrepasan su fuerza. David, que tantas veces fue valiente, hoy se derrumba, y su grito atraviesa los siglos recordándonos que la vida pone en nuestras manos alegrías inmensas y sombras que a veces nos superan.

El salmo responde con un tono distinto. Es un salmo humilde: «Inclina tu oído, Señor, escucha mi palabra… Tú eres bueno y clemente, rico en misericordia».
Cuando la vida golpea, la oración se hace más simple, más sincera, más verdadera. No buscamos explicaciones, buscamos presencia. Pedimos que Dios no esté lejos, que atienda nuestro clamor, que cure el corazón que se ha quedado sin aire. En esa súplica nace una confianza nueva: el Señor escucha, el Señor atiende, el Señor sostiene.

Y en el Evangelio aparece la respuesta más plena: Jesús entra en el corazón del sufrimiento humano y lo transforma. Dos escenas se entrelazan con una delicadeza sorprendente. Primero, un padre angustiado: Jairo. Después, una mujer enferma desde hacía años. Los dos se acercan porque intuyen que Jesús es la única posibilidad de vida. Jesús no se apresura ni se impacienta. Se detiene, mira, escucha, toca, levanta. Su modo de actuar revela una verdad luminosa: la fe es un encuentro que devuelve dignidad, paz y vida.

La mujer enferma se acerca con miedo. Piensa que basta tocar el manto de Jesús para sanar. Jesús percibe su gesto, la busca entre la multitud y le dirige palabras que sostienen el alma: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz.»
La fe, vivida con sinceridad, abre caminos que parecían cerrados. Jesús confirma, fortalece y devuelve paz.

Después llega la otra escena: una niña que todos consideran muerta. Jesús entra en la casa, toma su mano y dice: «Contigo hablo, levántate.»
Esta frase define el corazón del Evangelio. Jesús entra donde otros se detienen. Pronuncia palabras que generan vida. Toma de la mano aquello que parecía perdido y lo pone en pie.

La liturgia de hoy nos deja un mensaje claro para nuestro camino espiritual: Dios se acerca donde la vida se quiebra. Allí donde una relación se pierde, donde la salud se desgasta, donde el ánimo se nubla, donde la esperanza se debilita, Jesús se acerca con su palabra creadora. No todo se resuelve de inmediato; no todo se entiende desde fuera. Pero la presencia del Señor sostiene, aligera y da una luz que no se apaga.

También nos invita a un gesto interior importante: presentar nuestra fragilidad sin miedo, como Jairo, como la mujer del Evangelio. La fe madura cuando dejamos de esconder lo que nos duele y lo ponemos en manos del Señor con confianza humilde. La fe crece cuando permitimos que la Palabra llegue a nuestra herida profunda y despierte algo que estaba dormido.

Hoy podemos guardar en el corazón tres frases de la liturgia: – «Inclina tu oído, Señor.» – «Hija, tu fe te ha curado.» – «Levántate.»

Cada una de ellas puede acompañar nuestra oración diaria, nuestras decisiones, nuestros cansancios. El Señor inclina su oído hacia nosotros; la fe nos sana y nos pacifica; la voz de Jesús nos vuelve a poner en pie.

Que esta Eucaristía nos ayude a acoger la presencia viva de Cristo en nuestra fragilidad. Él se acerca, toma nuestra mano y nos dice también hoy: «Contigo hablo. Levántate.»